
Lo que la existencia de Israel ha significado para el mundo político, ideológico, religioso, intelectual y artístico del siglo 20 y lo que va del actual tiene testimonio universalmente registrado en archivos escritos y audiovisuales.
Pero por su venerable edad, este milagroso aniversario 60, conviene que cada persona consciente y de cualquier tradición pero en especial todo judío diaspórico, sus aliados y adversarios, realicen lo que el hebreo moderno llama Jeshvón Hanefesh y es un mirar limpio hacia su alma, con ojo sincero, introspectivo, para analizar de qué manera este suceso lo marca.
Escribo en primera persona porque este difícil análisis que propongo en principio es una autoconfesión que hago pública para propiciar la del lector.
En primer lugar, pertenezco a una generación privilegiada que pudo presenciar virtual pero nítidamente, la llegada del género humano a la luna, hecho que transformó el curso de la historia humana, global y personal, en dimensiones todavía no lo suficientemente evaluadas. Sin dudas, en lo inmediato, los medios radioeléctricos dieron su vuelta de tuerca maestra y través del medio fílmico y televisivo hemos visto impotentes, desde la infancia misma, los horrores de dos guerras mundiales ,el genocidio de gran parte de la población judía europea y ahora presenciamos en gran escala numérica la destrucción genocida de pueblos asiáticos y africanos, hambrunas, desastres terroristas y ecológicos, masivos asesinatos en nombre de diferentes dioses, y todo eso a la vista, nos son cuentos de abuelita.
Como judíos en especial somos más que privilegiados. Ese leit-motiv ya sin edad, repleto de sufrimiento, añoranza, sueños, lutos y redención, presente en cada una de nuestras festividades y momentos felices, ese infaltable “el año próximo en Jerusalem” es ahora una posibilidad para todos , un deber ineludible para algunos.
Y así, partiendo de certezas que cada quien puede y debería percibir a su manera, se puede calibrar la huella profunda, imprescindible, de lo que este Tercer Israel -que ya no es reino, ni colonia, ni protectorado, ni súbdito- significa para el judío contemporáneo.
Debo admitir que en mi caso y al principio, Israel fue una fiesta casera y colegial envuelta en canciones y espectáculos .Luego, durante la adolescencia, una espina dramática y dolorosa que aún a larga distancia, sentía clavada y sangrienta en la propia carne pues cada guerra entre Israel y sus enemigos, era y sigue siendo, una señal inequívoca de hasta dónde esa división artificial entre judío y sionista que tanto manipula todavía la izquierda , era y es, el odio pagano y medieval con nuevo ropaje.
Pero fue un instante preciso, por paradoja en el Museo del Holocausto, al centro mismo del universo judío, en Jerusalem, cuando pude captar con absoluta conciencia que el respeto memorioso hacia las víctimas de la violencia asesina contra el diferente ,contra el distinto, contra el otro que no me obedece, y la lucha incansable para rechazarla , es en esencia, el ser judío. Y las manos que con agresiva piedad tallaron ese monumento del horror para denunciar el silencio complicitado del mundo, son las mismas que siembran verde y rosas en cada trozo de ese corredor de arena, concedido al fin, como hogar nacional.
Sí, porque el judaísmo no es proselitista y excluyendo a las sectas fanáticas que por desgracia algunas veces lo han empañado, en su más pura y ancestral médula , es un regocijo neto por el milagro de la existencia , un canto a la vida misma como privilegio sagrado.
Ahora, este Israel moderno, en el mapa-mundi físico desde hace sesenta años, asume la plena vigencia espiritual de un pueblo milenario que durante dos mil años tuvo historia sin geografía.
Hay que celebrarlo con el también eterno Le Haim, quiere decir ¡Por la vida!
Alicia Freilich
alifrei@cantv.net
Periodista y escritora venezolana
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