
El régimen tiene miedo. Lo de Miami es tan contundente que no podrán eludir la toma de decisiones sobre qué hacer con los jerarcas del régimen venezolano. Por lo que se ve, ya está más claro que representan grave peligro para la seguridad de los demás países. Esto va más allá de la agresión de micrófono. Resulta inconcebible recavar tanta información, tantos testimonios, tanta evidencia de una conspiración de la corrupción internacional financiada con petrodólares venezolanos y no hacer nada. Lo saben los de allá, pero también los de aquí. El miedo es libre. Hay que armar rápidamente una conspiración criolla, montar una olla y meter allí a todo el que no sea cómodo. El palo a la lámpara, pues.
El miedo al próximo paso está movilizando allanamientos, acumulando falsos testigos, alterando grabaciones. Todo, con tal de colgarle a la disidencia el cartelito de conspiradores y de magnicidas. ¡Tantos magnicidios denunciados! Uno por crisis, uno por cada consulta popular que se sabe perdida, uno por cada opositor que no se vende, uno por cada medio que no entrega su línea editorial, uno por cada militar al que le resta un ápice de dignidad, uno por cada protesta que comienza a contar en regresivo.
El país no les ha comprado la violencia, se niega a pagarles el ticket de la anarquía que les llevaría en bandeja el salvoconducto hacia la abierta represión; ni siquiera un simulacro de atentado que haga pensar que esa vida vale la embarrada, ni un pasito en falso que ponga en duda el masivo repudio cuya fuerza radica en el blindaje monolítico que lo identifica.
Tienen miedo a lo desconocido, a la justicia que anda a zancadas por primera vez y que viene de fuera porque se nutre de la libertad que aquí falta para saber y conocer. Cuando van a dar un paso se tropiezan con todo, como borrachos en casa ajena. Se aturden. Se les ve ambas orejas. Esas mismas que se tapan para no escuchar la condena popular. Se tapan también los ojos y lanzan acusaciones como quien coloca a tientas el rabo a la burra. Las listas de víctimas retratan a los victimarios, cada uno de los “imputados” va desnudando cada uno de los miedos. Están al descubierto y lo que vemos no gusta.
Anotarles el saldo deudor no es odio, es justicia. No es retaliación, es de sano escarmiento para la sociedad hacer que paguen. No se le causa tanto daño a un país impunemente. Nos vamos a merecer cada delito que no castiguemos. Hay páginas que no se pueden pasar, ofensas que no tenemos licencia para olvidar. Tienen miedo a lo que viene. Tengamos los venezolanos miedo a lo que dejemos pasar.-
Macky Arenas
mackyar@gmail.com
Periodista y socióloga
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