
El otro día escuché a un amigo que discutía con otro sobre el tema electoral. Insistía en que había que realizar elecciones sin importar bajo qué condiciones porque, “del ahogado, aunque sea el sombrero”. Se le podría tildar de derrotista. Pero también podría expresar esa actitud una resuelta determinación que no tiene por qué descartar una victoria contundente. Oponer a la genuflexión institucional una resuelta resistencia casi agónica no es mala táctica, siempre y cuando se tenga muy claro que ese esfuerzo debe incluir un objetivo más allá de la simple elección de unos cuantos cargos de representación popular.
Un proceso electoral, en medio de la realidad política que hoy se vive en Venezuela, no se puede agotar en la mecánica de acudir a las urnas y regresar a las casas a esperar que los resultados sean anunciados y, aún menos, que reflejen lo que allí se consignó. Eso pasaba en la Venezuela democrática. No ha ocurrido a lo largo y ancho de la tutela del CNE chavista, ni siquiera el 2-D donde, como sospechamos muchos más de lo que las encuestas reflejan, aún se nos debe una sustanciosa diferencia a favor del NO. Inscribir esta enésima presencia ante las urnas dentro de un cronograma orientado a provocar un cambio en el destino de este país, es imperativo para que el hecho electoral recobre un poco de la dignidad perdida.
No se trata de preservar espacios, ni de atornillar a unos cuántos en las posiciones en las que están a través de interpuestas personas, ni mucho menos el juego suma cero de sacar a unos para poner a otros. Parece evidente que ese ejercicio no ha impedido el avance de la destrucción del país, ni tampoco que crezca la vergüenza nacional. Se aprecia claramente el papel de convidados de piedra que, chillidos aparte mientras se disponga de cajas de resonancia en los medios independientes, hace lo que queda de resistencia en la Asamblea Nacional; un escenario donde, tanto oficialismo como disidencia –que no hay oposición en la Asamblea-, ofrecen jabón para lavar la cara a la autocracia, dentro y fuera del país. Necesitamos incidir, de verdad, en la toma de decisiones que nos afectan. Eso no depende de un líder electo o por elegir. Ni siquiera de varios. Depende del curso que nosotros, venezolanos sufrientes y dolientes, queramos imprimirle a los acontecimientos.
Se trata de que una contundente, proactiva y valiente mayoría haga acto de presencia, aprovechando la circunstancia electoral – antes, en y después-, para mostrar el repudio popular a un gobierno cuya ilegitimidad está fuera de discusión, al menos, desde el paquetazo. Eso no basta suponerlo, hay que proclamarlo, aderezarlo con las demostraciones de rechazo que toda sociedad tiene derecho a protagonizar y apuntalarlo con una firme disposición ciudadana a ejercer los derechos civiles en defensa del voto y del cambio que él procura. El acto electoral en medio de una dictadura no tiene mayor sentido si no se asume como pieza de una maquinaria insurgente. Eso de que tenemos que seguir coleccionando elecciones como barajitas para el álbum electoral, de que debemos vivir la comparecencia a las urnas como si fuera una penosa procesión de frustraciones, ya no encaja dentro del cuadro de emergencia que presenta Venezuela.
Direccionar los cañones de la moralidad y del civismo contra el personalismo, contra la egomanía y contra la política forajida del militarismo mediocre que acaba con Venezuela, para rescatar la libertad, la solidaridad, el orgullo y el futuro, es la interpretación más honorable y profunda que encontramos de la urgencia de retener el sombrero del ahogado.
Macky Arenas
mackyar@gmail.com
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