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Los segundos son los últimos

Los segundos son los últimos

Solo los primeros ganan. Los segundos, igual que los últimos, se quedan sin Juegos Olímpicos. A Gallardón, con sus cabezonadas más que corazonadas, hay que reconocerle que hizo sin duda un buen trabajo. Pero perdió. Gastando mucho dinero de una ciudad superendeudada. Un poco faraónico nuestro alcalde (y digo ‘nuestro’, aunque no vivamos en Madrid, porque a Madrid hay que padecerla entre todos). No le vimos felicitar a los ganadores, Río. La decepción es lógica. Revisar las cuentas, también. Pedir alguna responsabilidad, siento decirlo, lo mismo.

En este viaje que de partida nos parecía imposible a muchos a los que nos llamaron agoreros –y hay que reconocer que a punto estuvieron de quebrarse los pronósticos pesimistas—nos hemos dejado casi todas las alforjas. Madrid es, en estos momentos, una ciudad desilusionada, carcomida por las zanjas que son promesa de futuro y tortura en el presente, agobiada por las deudas y por los impuestos imprevistos –pero ¿no había dicho el PP que había que bajar los impuestos? Y ¿no es Gallardón del PP?--, atascada en el tráfico y de imposible paseo por las zonas que antes eran las más agradables para el peatón.

Esa es la verdad que nos queda tras los fastos, las fiestas y las corazonadas. Lo sentimos, Gallardón, pero es la verdad desnuda: el faraonismo, la megalomanía, pudieron haberse visto justificados…si hubiésemos ganado. Pero hemos quedado los segundos, y en esta carrera no hay medalla de plata. Personalmente, siento que los madrileños no nos hayamos llevado los Juegos –ya digo: yo no lo soy, pero supongo que todos los españoles se sentían  madrileños, excepto a la hora de caminar por la plaza de Colón, claro--.

No hacemos leña del árbol caído: a Alberto Ruiz-Gallardón le hemos criticado mucho en este periódico, y él nos ha correspondido con sus pequeñas vendettas en forma de exclusión. No buscamos, a nuestra vez, venganza, sino asunción de responsabilidades. Es el momento de preguntarse: ¿mereció la pena el esfuerzo, los seiscientos millones de euros gastados en el sueño? Puede que sí –Madrid ha estado en los titulares de todo el mundo, en una gigantesca campaña de imagen--. Puede que no: el nacionalpesimismo se va a ver ahora exacerbado, como la nacional euforia de esa veleta que es la opinión pública hubiese estallado si en lugar de Río hubiera sido Madrid la sede elegida para albergar las Olimpiadas de 2016.

En medio queda todo ese folclore, los chamanes y brujos en la Plaza de Oriente, el puesto del COI hereditario, el vídeo sobre Madrid en el que no aparecía un solo madrileño, lo cual es mucho más significativo de lo que parece a primera vista: los ciudadanos, para sus responsables, cuentan poco. Si no, véanse las obras, tan perfectamente innecesarias, emprendidas por el alcalde gastador (por favor, no me justifique el faraonismo con el Plan E, ni con el dar de comer a treinta mil personas que cultivan la zanja. No me diga que no había obras mucho más sociales, más urgentes, más imprescindibles): el madrileño de a pie, nunca mejor dicho, no ha contado para nada y sí el propósito de presentar unas aceras brillantes en el año electoral de 2011.

Otra vez será. Espero que sea sin Gallardón, siento mucho tener que decirlo.
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