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La historia de los albañiles malagueños

    Hay escenas de la vida nacional que nos recuerdan a películas de Luis García Berlanga, con guión de Rafael Azcona. En el barrio malagueño de Dos Hermanas, varios trabajadores que realizan tareas de rehabilitación de la zona tienen que ser escoltados por la policía. Había una empresa anterior a la que se le retiró la tarea, por problemas de solvencia económica, y los nuevos albañiles, que pertenecen a otra contrata, son amenazados por sus antiguos colegas que, además, son del barrio, y cuentan con el apoyo de sus vecinos.

    Esto es algo más que una anécdota. Es el reflejo de la España de los cuatro millones y pico de parados, en la que lograr un puesto de trabajo, por precario y provisional que sea, es como si te tocase la lotería.

   Lo llamativo es que los trabajadores que han perdido su puesto no exijan responsabilidades a su empresa, sino que amenacen y presionen a quienes son, en el fondo y en la forma, sus compañeros. Está claro, por desgracia, que el trabajo es un bien escaso, y que los famosos “brotes verdes” no se ven, por mucho que haya llovido y que estemos a las puertas de la primavera. Pero la desesperación a que lleva el paro es tan grande que ni siquiera se cumple aquel viejo pacto de que “entre bomberos no vamos a pisarnos la manguera…”.

    Aquel castigo bíblico de “ganarás el pan con el sudor de tu frente” se ha convertido, en estos momentos, en una bendición. Hay 800.000 familias españolas en las que todos sus miembros están en el paro, y en muchos casos habiendo agotado los subsidios, y sobreviviendo gracias a las ayudas de sus familiares o de instituciones tan meritorias como Cáritas, que es el mejor rostro de la Iglesia española.

     Y mientras los políticos se enzarzan en debates parlamentarios sobre si los perros que vienen por el horizonte son galgos o son podencos, en Málaga una cuadrilla de albañiles tiene que ser escoltada por la policía, por orden de la subdelegación del Gobierno y de la Junta de Andalucía,  para poder trabajar y llevarse a casa el exiguo jornal. Son nuevos episodios nacionales, o renovadas historias de la vieja España. Y, pese a todo ello, vamos a salir adelante, y hay que perderle el miedo al propio miedo, y hay que aguantar el temporal como sea. Ahora se está cumpliendo, en sentido contrario, aquello que anunció un político en la Transición: “A este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió”. Que se lo pregunten a los albañiles malagueños...


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