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Israel Elejalde: "Broadway está lleno de enormes mierdas"

miércoles 17 de enero de 2018, 08:58h
Israel Elejalde: 'Broadway está lleno de enormes mierdas'
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(Foto: Vanessa Rabade)
El teatro, más que responder a viejas preguntas, replantea esas mismas cuestiones para que sigamos buscando nuevas respuestas. El teatro es vida, y la vida es teatro. Por eso hay dramaturgos que saben expresar de forma sublime las tensiones del poder, el sentimiento que a uno le invade cuando ve la muerte de cerca, la indefensión que atraviesa al niño o al joven cuando se ve solo en el mundo, dibujar el perfil de un santo, de un asesino, de un intelectual, de un iletrado, o reflejar la impotencia que provoca tener que seguir conviviendo con la injusticia, después de siglos y siglos de teórica “civilización”. Pero son solo los actores -y las actrices- de la talla de Israel Elejalde ¬(Madrid, 1973), quienes son capaces de poner cuerpo y voz a todo eso, de atrapar el alma de uno y mil personajes para hacerla suya sobre un escenario y compartirla con el público.

Siendo estudiante, Israel siguió los consejos de un amigo y un verano se apuntó a un curso en el laboratorio de William Layton y, a partir de ahí, se quedó absolutamente enganchado al teatro. Aunque eso no le valió para dejar la carrera de Ciencias Políticas porque su padre le obligó a terminarla si quería que le siguiera pagando los estudios de teatro. A eso, probablemente, hoy el actor lo llamaría chantaje positivo.

La formación de Israel Elejalde se consolidó durante varios años en la Escuela del Teatro de la Abadía, a las órdenes de José Luis Gómez, a quien el actor reconoce como uno de sus maestros. A mediados de los noventa, Elejalde coincidió con Miguel del Arco en el reparto de la última obra que dirigió Pilar Miró con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, El anzuelo de Fenisa, y ese encuentro acabó siendo providencial a juzgar por los resultados que ha dado con el transcurso de los años. Desde entonces, se han hecho inseparables (“Miguel, más que un amigo, es mi hermano”, nos dice Israel).

Junto a Del Arco, Elejalde se ha enfrentado a personajes límite dentro de la compañía Kamikaze Producciones. Fue La función por hacer el montaje mágico que supuso, hace ya casi un decenio, el despegue triunfal de la compañía, con la que el tándem Del Arco-Elejalde inició el viaje que ha llevado al actor a protagonizar Veraneantes, Misántropo o Hamlet. Pero Elejalde ha marcado también al público a través de La fiebre, Doña Perfecta, Maridos y mujeres, Gente en sitios, Magical Girl (el celebrado filme de Carlos Vermut por el que Elejalde estuvo nominado al Goya como mejor actor revelación en 2015, una de sus escasas incursiones en el cine), Carlos, rey emperador, o La clausura del amor y Ensayo -estas dos últimas bajo la dirección del dramaturgo y director de escena francés Pascal Rambert-.

Elejalde es fundamentalmente actor, pero también dirige y escribe. Desde hace poco más de un año es, junto a Miguel del Arco, codirector artístico del Pavón Teatro Kamikaze y, con Aitor Tejada y Jordi Buxó, que se ocupan más específicamente de la gerencia y la producción del teatro, han conseguido levantar una programación envidiable, que les ha valido el apoyo de centenares de espectadores, que también se sienten “kamikazes”, y el reconocimiento oficial del titánico esfuerzo por parte del Ministerio de Cultura, que les concedió el Premio Nacional de Teatro en 2017, y que ha supuesto un gran espaldarazo -moral, sobre todo- para que el proyecto siga adelante con firmeza y determinación.

Teatro, política y filosofía

Para el actor madrileño, el teatro en sí mismo es un acto político y en él hay mucha filosofía, “aunque al mismo tiempo contiene cosas mucho más livianas, como es el juego -afirma resuelto Israel-. Todos esos aspectos son los que en su día me llamaron la atención y consiguieron que decidiera hacerme actor. Estudié Ciencias Políticas y, en un momento dado, me di cuenta de que afrontar la actividad política de forma directa no era mi camino y me pareció mucho más apropiado seguir la vía artística…”. “… Me gusta mucho reflexionar sobre cuánto de político hay en el hecho teatral y cada vez estoy más convencido -afirma vehemente Israel-, de que el camino adecuado (y esta es una idea muy personal, con la que se puede o no estar de acuerdo), es que la política no invada el teatro. Por el contrario, creo que es el teatro quién debería influenciar más a la política”.

Es difícil desviar el discurso de Israel cuando circula por asuntos politológicos, más que políticos. Por eso el actor continúa cerrando su argumento: “cualquier manifestación teatral ya es una manifestación política. No hay que poner más el dedo sobre la herida para decir al espectador ‘esto es lo que debes pensar’. No creo para nada en el teatro dogmático, sino en esa otra concepción del teatro como espejo donde podemos mirarnos para reflexionar, e intentar respondernos a las preguntas que surgen de él, y eso relaciona al teatro directamente con la filosofía, con el pensamiento…”.

Pero al teatro también le corresponde una función personal, que atañe no solo a cada dramaturgo, director o intérprete, sino a todo espectador que acude a una sala: la de intentar adentrarse en el fondo de la naturaleza humana. “Strindberg decía que el artista es aquel ser que mira allá donde los demás retiran la mirada -cita Elejalde-, y estoy absolutamente de acuerdo con esa óptica sobre el arte. También decía Ramón Gaya, el pintor y escritor valenciano, que el artista es igual a cualquier otra persona, pero al que la realidad hiere de una manera más profunda. Y hablaba también Gaya de que el artista debía traspasar esa realidad que deja todo como igualado, para intentar ver qué hay detrás de esa realidad. Este creo que es el objetivo de cualquier artista y que es también la función del arte, buscar aquello que no se percibe a primera vista, de indagar en las zonas oscuras del ser humano, en aquellas cosas que nos provocan zozobra porque son difíciles de mirar, y esto se puede hacer de muchas maneras: haciendo comedia, y provocando la risa, o en forma de drama o de tragedia, y todas esas miradas pueden ser igualmente reveladoras”.

Reconoce la etapa de la Transición en España como un verdadero ejemplo de gran pacto político, después de 40 años de dictadura, aunque hoy no hay verdadera cultura de pactos entre los partidos. “A mí me gusta mucho la historia de España y, cuando uno mira a los grandes autores de finales del XIX y principios del XX -Larra, Galdós, Valle-Inclán, etc.-, uno se da cuenta de que las cosas no han cambiado casi nada”, apunta Elejalde. “Si uno coge el discurso de Pérez Galdós que pronunció hace más de un siglo -continúa diciendo-, en el que decía que debían pasar cien años para encontrar en nuestro país políticos responsables, de que había que acabar con el sistema de bipartidismo en el cual uno y otro partido, izquierdas y derechas, se van alternando en el poder, para crear una apariencia de democracia, cuando por detrás lo que se mueven son las cloacas del estado. El discurso lo pronunció en 1912 y, si cambias unos cuantos nombres, podría describir también perfectamente la situación de nuestro tiempo…”.

Sin pelos en la lengua, y con un discurso muy bien articulado y fundamentado, a Israel no le duelen prendas al afirmar que “aunque suene mal, yo creo que efectivamente en nuestro país hay dos o tres Españas y nunca nos hemos parado a pensar suficientemente qué idea de España queremos tener. Es cierto que el nuestro es un país muy complejo, pero también lo es Alemania, y sin embargo ha conseguido rehacerse, mediando incluso el periodo nazi. En Alemania hay diferentes sensibilidades políticas, pero ha conseguido ir a una sola en cuestiones como la cultura, tanto por parte de socialdemócratas como por democristianos, liberales o de los demás partidos”.

No es oro todo lo que reluce

Nuestra entrevista tiene lugar en el piso alto del Pavón Kamikaze, en una zona simétrica al Ambigú, donde puedes encontrarte a los artistas calentando la voz antes de las representaciones, o interrumpir alguna de las largas reuniones previas a cualquier nuevo montaje. Un lugar que, por cierto, trae viejos recuerdos al actor: “empecé mi carrera con una pequeña obrita en la Sala Cuarta Pared. Allí me descubrió Roberto Alonso, que me mandó a hacer una prueba con Pilar Miró, y allí conocí también a Miguel del Arco. Nuestra gran amistad ha desembocado en la creación del Teatro Pavón Kamikaze”. Un lugar, por cierto, que no le resultaba ajeno a Israel porque “de las primeras obras de teatro que yo recuerdo haber visto, con 13 años, precisamente fue en este teatro. Desde el segundo piso del anfiteatro, veía a mi tío, que era cantante de zarzuela, y después he actuado muchísimo en él con la Compañía Nacional de Teatro Clásico que, como sabes, tuvo aquí su sede durante muchos años, mientras se remozaba el Teatro de La Comedia, su sede oficial”.

“El Pavón, aún con todas sus dificultades para la supervivencia como teatro, ha hecho una carrera irreprochable en la que quieren mirarse muchos compañeros pero, para no variar, las cosas no pintan nada bien en la profesión -sentencia serio Elejalde-. Aquí, en Francia y en todas partes. Siempre ha habido mucha más gente que quiere ser actor o actriz que huecos hay para poder ocuparlos. La gran diferencia de lo que ha ocurrido estos últimos años es que, cuando yo empecé a trabajar, al menos cobrabas un salario decente. Si, por ejemplo, conseguías meterte en una serie, o meterte en una compañía -como fue mi caso en la CNTC-, donde podías estar un año, podías permitirte, incluso, vivir otro año sin encontrar papel alguno. Ahora, sin embargo, incluso teniendo tres, cuatro trabajos, no llegas a final de mes con todos ellos”.

Pero todo tiene también un lado menos malo, sigue comentando Israel: “por el contrario, lo que sí ha provocado toda esta precarización que ha traído la crisis, es que se ha abierto una especie de democratización, de un más fácil acceso al público y a determinadas salas, de un montón de gente joven, y esto ha sacado a la luz diez o quince dramaturgos interesantes, que son menores de 40 años y que han llegado al público habitual de teatro con sus nuevos montajes”. Lo mismo pasa con jóvenes actores, que andan por la veintena o la treintena, que han podido acceder a papeles protagonistas en salas públicas o privadas… Pero hay que arreglar esta precarización porque -esta es la cruz del problema-, alguna de esta gente ha conseguido esto sin cobrar, sin estar asegurado, y con esto hay que acabar cuanto antes… Aquí es necesaria la intervención del estado y alcanzar un pacto cultural para conseguir que los movimientos culturales tengan un apoyo de la administración. La buena cultura no está bien relacionada con el liberalismo, por mucho que nos quieran vender esta idea. Solo hay que acercarse a Broadway para ver que aquello está lleno de enormes mierdas de teatro, muy divertidas, puede ser, pero enormes mierdas…”. Y eso no solo lo digo yo, sino autores de la talla de Arthur Miller, David Mamet, y todos los grandes autores: que si no hay una gran estrella que permita al empresario asegurarse de que se va a vender toda la taquilla, no pueden ni siquiera estrenar sus textos”.

¿Actor de culto?

Preguntamos a Elejalde qué sensación se apodera de uno sabiendo que se ha convertido en el actor de cabecera de hombres de teatro tan importantes como el propio Miguel del Arco o, más recientemente, del francés Pascal Rambert. Israel niega la mayor al afirmar queno lo sé. Para mí, Miguel no solo es mi amigo, es mi hermano. Trabajo con él desde una confianza absoluta, y siempre tengo la sensación de que me elige cuando piensa que soy el idóneo. Y, desde mi punto de vista personal, lo hago cuando me parece bien lo que me ofrece. Entre nosotros no hay, ni mucho menos, una relación de obligación mutua, ni de obnubilación… somos bastante fríos. Admiración, incluso fascinación, sí, pero solo cuando el trabajo es bueno porque ambos somos muy críticos el uno con el otro. No me siento un actor de culto para nada, y no siento esa presión”. El actor nos asegura que “una de las cosas de las que más contento estoy es que me he liberado de determinadas presiones de ese tipo, e intento hacer exclusivamente lo que me gusta y lo que me divierte…”.

Con todo, insistimos al codirector artístico del Pavón, no es nada fácil mantener la cabeza fría y no dejarse seducir por la vanidad, pero él ve incluso una parte positiva en ella: “la vanidad siempre está ahí, y como viene a decir el escritor estadounidense David Foster Wallace, es normal que seamos vanidosos porque no hay ningún episodio de nuestra vida en el que no seamos protagonistas”. Todos tenemos un problema de vanidad; la educación está ahí para intentar refrenar esa tendencia. Los demás nos cuentan las cosas, pero lo que sentimos nosotros lo hacemos directamente y eso provoca la vanidad. La educación te permite conocer que eso que te pasa a ti, puede que también le pase al otro…”. “Con todo, la vanidad es necesaria para trabajar con un actor -termina diciéndonos-. Hay que saber estar bien relacionado con gente de confianza que sepa darte los toques suficientes para ponerte en tu sitio, si es que en algún momento decides volar un poco más allá. Yo estoy muy bien rodeado en este sentido”.

Interrumpimos a Israel para decirle que si por ello algunos pueden poner en peligro su puesto de trabajo, y él, entre risas, nos responde que “no, no..., por favor. Me refiero a Aitor Tejada, Jordi Buxó o Miguel del Arco que, además de mis socios, son gente en la que confío tremendamente, que me conocen muy bien y que cuando uno está tentado de que le dé un ataque de vanidad, te dicen que tengas cuidado… Creo que en este aspecto he crecido bastante”.

La del actor es una profesión tan apasionante como peligrosa. Uno siempre está al borde del abismo, y más aún con personajes de la talla de Hamlet, que han interpretado buena parte de los grandes actores, de dentro o de fuera de España. “Interpretar a Hamlet, es verdad, es un sueño cumplido para cualquier actor -afirma Israel-. Pero quedan muchos otros por cumplir. Afortunadamente la edad te va haciendo que se te vayan escapando ciertos personajes pero, al mismo tiempo, te va acercando a otros muchos. El rey Lear, El Padre, de Largo viaje hacia la noche, Macbeth, Stockmann, Segismundo (aunque para este último ya estoy siendo algo mayor)”.

“…lo que me gusta de verdad”

“A priori -nos dice-, no pienso en el público. Realmente no sé muy bien qué es eso que llamamos el público porque no puedo meterme en su mente. Es un gran número de personas, con gustos e inclinaciones muy diversas, y no puedo hacer algo para gustar a todos. Confío en que si hay algo que me gusta a mí habrá también alguien que comparta mis gustos”. Y lo cierto es que, como método al alcance de cualquiera, hasta ahora, a Israel Elejalde no le está dando malos resultados. Pero, nos confiesa, aunque los tuviera, “yo solo puedo hacer aquello en lo que pienso, lo que me gusta de verdad. El final del túnel de la creación, obviamente, es poder escuchar ¡bravo, bravo!, pero durante el trayecto, yo no puedo pensar en hacer esto o lo otro porque piense que va a gustar más o menos al público. Mi única guía es trabajar con la verdad por delante Si algo no me toca la fibra, no tengo ningún interés en seguir haciéndolo. Estoy convencido cada día más de que los personajes existen en los ojos de los otros. Tener un buen compañero te da un setenta por ciento del trabajo en el escenario. Hay que ver la mirada del personaje, escucharlo, porque eso te da la verdad de lo que sucede en escena. Si tu compañero no te está permitiendo que tú existas, no existes finalmente. Es él quien te proporciona el capote para que tu trabajo sea finalmente bueno o malo. Por eso intento trabajar siempre con gente a la que admiro”.

Desde hace algo más de un año, Elejalde tiene que dedicar parte de su tiempo a revisar qué montajes puede acoger el Pavón Kamikaze. En otras palabras, a articular una programación coherente y atractiva para su público, además de las que produce Kamikaze, la compañía residente en el teatro. Pero a eso, además, hay que sumarle sus propias actuaciones, los montajes que dirige, y las decisiones estratégicas de la gestión colegiada del teatro, en la que también participa. “Mi actividad principal sigue siendo la de actor y a ella dedico más de dos terceras partes de mi tiempo. La dirección llevo ya varios meses sin tocarla, y en la gestión estoy ahí siempre con mis socios, aunque la parte más dura la llevan Aitor Tejada y Jordi Buxó, mientras que Miguel del Arco y yo llevamos la dirección artística. Todos estamos al tanto de todo, y las grandes decisiones las tomamos siempre de forma colegiada. En general, pues, dedico un setenta por ciento a la actuación, y un quince por ciento a cada uno de los otros dos aspectos de mi actividad. Este año, he dedicado algo más tiempo a la gestión (un treinta por ciento), pero el año que viene volveré a dirigir”.

Las tres líneas de actividad son en sí mismas lo suficientemente complejas, así es que no queremos ni pensar lo que debe de ser compatibilizarlas. Israel quita importancia al tema, pero no niega ni mucho menos esa cierta esquizofrenia latente: “La actuación me provoca un gran cansancio físico, pero también un gran placer y eso me devuelve con creces todo lo que le doy al escenario. Hay algo muy terapéutico en la actuación. La dirección, por el contrario, es un ejercicio muy solitario. Si todo sale bien, hay que ser siempre muy generoso con todo el equipo; pero, al mismo tiempo, hay que ser duro como una roca porque, si algo sale mal, te vas a comer todos los marrones. ¡Es un trabajo de una enorme soledad y, a veces, muy frustrante! Lo que pasa es que tiene ese placer en la parte creativa, cuando estás trabajando con los actores, muy parecida a la que tiene el niño que trabaja con marionetas y, de pronto, se asombra de ver las cosas que hacen, que en muchos casos exceden a lo que el mismo niño había pensado. Esto es solo una metáfora porque, evidentemente, los actores no son marionetas. Es maravilloso ver como tú indicas algo y el actor no hace eso exactamente, sino que supera con mucho lo que esperabas. ¡Eso es maravilloso! Pero la otra parte, la de la soledad, es mucho más dura que la de la actuación…”. Y la tercera derivada, la de la gestión, ya imaginamos que no deja de ser un dolor de cabeza continuo, “aunque de vez en cuando te proporciona también alguna alegría. Pero, en fin, esta fórmula te da una enorme libertad creativa y, al mismo tiempo, te permite poder colaborar con otras personas para que ellos puedan llevar al escenario sus propios proyectos”, concluye afirmando Elejalde.

Crítico con el poder

Ahora que ya tenemos gobiernos al menos municipales y autonómicos de todo signo, nos preguntamos qué espectro político trata peor al teatro. Israel recoge el guante y aplica una diplomacia exquisita en su respuesta: “Creo que, en general, se está cambiando la sensibilidad. Por nuestra experiencia personal, puedo decir que se nos está escuchando en todas las administraciones, y de muy distinto signo político, incluso antes de haber recibido el Premio Nacional de Teatro. Se ha concretado, por ejemplo, una subvención por la Comunidad Autónoma de Madrid, a través del consejero de Cultura, Jaime de los Santos. Pero también estamos en conversaciones con Ahora Madrid y con el propio Ministerio de Cultura… Las cosas están cambiando porque ya he visto en la propia Asamblea de Madrid un par de discusiones fuertes en torno a la cultura entre Jazmín Beirak, de Podemos, y Jaime de los Santos, del Partido Popular, en torno al teatro y a la cultura. Al menos, se empieza ya a no escamotear el tema, a abordarlo directamente y eso es muy importante. Algo se está moviendo y espero que vaya a más, aunque es verdad que este país nunca se ha caracterizado por tener un gran amor hacia su cultura”. Y, yendo de lo particular a lo general, el actor y director concluye afirmando que “creo que el artista tiene que quejarse en el escenario, y también fuera. Pero con una actitud positiva y de tirar hacia adelante. Si uno mira a la historia, nunca ha habido un momento en que todo haya sido estupendo… Esta es una profesión en la que casi siempre vas contra corriente, entre otras cosas porque cuesta mucho hacer ver a nuestros políticos que la labor del artista es ser crítico con el poder, con cualquier tipo de poder”.

Nuestro tiempo se acaba, así es que ha llegado el momento de hacer un balance. ¿Qué es más difícil, interpretar o vivir?, preguntamos a Israel: “Vivir es mucho más difícil y mucho más doloroso. En el teatro, coges el dolor que te provoca muchas veces la vida, y lo conviertes en un juego que, a su vez, le devuelves al público para intentar hacerle bien. Esta es una profesión absolutamente gratificante, maravillosa. La vida, a veces está bien, pero a veces también es muy dura”.

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