5 de diciembre de 2019, 18:32:47
Noticias

Fernando Jáuregui


Una semana que hará Historia, ahora sí

Por Diariocrítico/EP


Desde que, hace seis años y medio, se inició la era del mandato de Zapatero, puede que no haya habido una semana de tanta densidad informativa, de tanto peso específico para el futuro, como la que ahora concluye. Empezó con el cierre del acuerdo del Gobierno central con vascos y canarios para poder aprobar los Presupuestos para 2011 y concluyó con la celebración de un Comité Federal del PSOE en el que, tras los aplausos al secretario general y presidente del Gobierno, se percibía un viraje, no sé si a la izquierda como interpretan algunos, en la manera de hacer y enfocar las cosas. Y, en medio, naturalmente, estuvo la remodelación ministerial, que sigue provocando muy encontradas reacciones…

Puede que este nuevo Gobierno ‘felipista’, tal cual dicen ciertos comentaristas (claro, por eso lo ha elogiado tanto el propio Felipe), haya significado un paso adelante dado por un Zapatero al que, al menos, hay que reconocerle que no descansa mucho, aunque no siempre avance por el sendero más firme y seguro. Personalmente, le daría un aprobado raspado, porque pienso que Pérez Rubalcaba como vicepresidente, Ramón Jáuregui como un ministro netamente político, y Marcelino Iglesias como ‘número tres’ del partido, son figuras de peso, relevantes, con prestigio –aunque al ministro del Interior se le quieran, lógicamente, negar estas virtudes desde el ‘cuartel general’ del Partido Popular--. Incrementan, pienso, el nivel intelectual del elenco zapaterista, que no resultaba demasiado elevado.

 La propia Trinidad Jiménez ha sido una ministra con buena aceptación en Sanidad, aunque no todos servimos para todo, y es difícil pasar directamente de la ‘intentona’ de las primarias en Madrid a la jefatura de la diplomacia de la novena potencia mundial, pasando por la gestión de la crisis de la ‘gripe A’. Para mí, lo que vaya o no a hacer en el Palacio de Santa Cruz, donde se mira con recelo a los ajenos a ‘la carrera’, es una incógnita total.

Lo demás son añadiduras. Desde la de Rosa Aguilar, que nada tenía, ni tiene, que ver con la agricultura, el medio ambiente o el medio marino, y que debe mucho al agradecimiento de Zapatero, hasta el sindicalista/ministro Valeriano Gómez. Para no citar, claro, la incorporación de Leire Pajín --tan soez y lamentablemente atacada por el alcalde de Valladolid—a un Gobierno que, en general, tiene ahora mucha mayor estatura política que ella, aunque, a mi entender, siguen sobrando un vicepresidente y otros dos ministros/as.

Supongo que, en los próximos días y horas, conoceremos intentos de relatos periodísticos ‘desde dentro’ acerca de cómo se coció esta remodelación tan importante. Las explicaciones oficiales y oficiosas no me convencen; solo tratan de tapar el enorme desliz de Zapatero cuando aseguró a los periodistas que le seguían en el mitin del pasado domingo en Ponferrada que no haría otro cambio que el del ministro de Trabajo. Imposible creer que, como ahora dicen, la maquinaria de la remodelación se puso sorpresivamente en marcha ese mismo domingo por la tarde: eso actúa contra toda evidencia y solamente demuestra el escaso aprecio intelectual que algunos sienten por la ciudadanía.

El caso es que esta remodelación ya estaba diseñada desde junio, cuando ZP desistió de llevarla a cabo basándose en el profundo razonamiento de que, a él, no le hace la crisis ningún periódico. Pero, para entonces, el acuerdo Rubalcaba-José Blanco estaba cerrado y el titular de Interior era, ‘in pectore’, vicepresidente. Y, ya entonces, salían dos ministras (Corredor y Aído), entraban Ramón Jáuregui y Pajín, se quedaban Elena Salgado y Miguel Sebastián y Carme Chacón perdía toda posibilidad, parece, de erigirse en sucesora al frente del tinglado de un Zapatero que parecía desanimado y ya irreversiblemente decidido a no presentarse a la reelección. Que, por cierto, es el tema del que todo el mundo hablaba en la reunión, aplaudidora, del comité federal socialista este sábado.

Tengamos en cuenta que esta importante remodelación, que yo creo que tiene que ver mucho con la sucesión de ZP al frente de las filas de un socialismo que está dando indudables muestras de firmeza y lealtad, si se excluye algún caso aislado como el del presidente castellano-manchego, se ha producido en medio de otras muchas cosas: nuevos golpes a ETA tras las, a mi juicio, importantes declaraciones de Otegi, inicio del relevo en la cúpula patronal o los intentos de los sindicatos por llevar al Congreso una ‘contrarreforma’ del mercado laboral. Temas todos importantísimos de cara al futuro, un futuro que tiene mucho que ver también con lo que casi inexorablemente ocurrirá en Cataluña (victoria de Convergencia i Unió) y con lo que se diseñe en las próximas elecciones municipales y autonómicas, que van a configurar un mapa político diferente.

Los socialistas, con el estratega Pérez Rubalcaba codirigiendo la nave, saben que no solamente ellos, sino todo el país, se juegan mucho en estos próximos meses: quien lleve el timón tras las próximas elecciones seguirá haciéndolo, si no comete graves errores, durante bastantes años, porque es mucho lo que hay que reformar.

Tal vez por ello, han empezado esta nueva etapa lanzando todos los misiles que pueden contra el Partido Popular, a cuyo líder están logrando, quizá junto con algún mal consejo procedente de las propias filas de la oposición, otorgarle una fama, me parece que no del todo justificada, de inactivo y perezoso. Creo que Mariano Rajoy, en estos días cruciales, está aplicando, quizá con algún fallo de comunicación y no pleno acierto, la deslumbrante máxima con la que un día me asombró el fallecido Pío Cabanillas’, uno de los indudables ‘padres’ de la transición: “desengáñate”, me dijo, “que ahora lo urgente es esperar”. Esperar, claro está, a que los votos, prometidos por las encuestas, lleguen a las urnas.

Pero la espera, pese a las sabias palabras de Cabanillas, a veces puede ser peligrosa…si el rival te acaba tomando la delantera. Y ahora el rival se llama Alfredo Pérez Rubalcaba, el hombre que, como sin querer, procurando que nadie se dé cuenta, y acordándolo con Zapatero, acaba de tomar el testigo.

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