14 de noviembre de 2019, 14:23:04
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Opinión: Emilio Martínez


La (mala) política clausura para siempre la centenaria historia taurina de Cataluña



"La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados." Marx, en su versión más corrosiva -pongamos que hablo/escribo de la del genial Groucho- llevaba razón. No solo respecto a la crisis económica social y política que sufrimos -y de la que se benefician los cocodrilos financieros que la crearon-, sino que son capaces de actuar de semejante guisa en otros asuntos. Como el de la religión olorosa y flamígera que es la Fiesta de los toros en general y su relación con Cataluña en particular. Porque, como se sabe, este domingo la historia llega a su fin. La historia de los toros en Cataluña, por cierto por donde junto a las tierras navarras y vascas entraron en la península hace siglos, comenzando a jugar con ellos, a correrlos -de ahí el término corridas- por parte de los habitantes de entonces para ir extendiéndose hacia el Sur por esta península con forma de piel de toro. Pero, tras épocas esplendorosas, que alcanzaron su tope a lo largo de las décadas medias del siglo pasado, con Barcelona como taurinísima ciudad con dos plazas -la Monumental y la desaparecida de Las Arenas- y funciones todos los jueves y domingos, comenzó el declive. En principio con la culpabilidad de los empresarios, sobre todo la casa Balañá, gestora y propietaria de la Monumental, más ocupada y preocupada por los cines con los que amasó una fortuna, .Allí, como en los otros cosos catalanes -San Feliú, Figueras, Gerona etc.-, dejaron de anunciarse las grandes figuras, subieron los precios, bajó el trapío del toro, abandonaron el fomento de la cultura táurica y poco a poco la afición disminuyó. La enfermedad se extendió a la propia Monumental, que fue bajando también en asistencia proporcionalmente al escaso interés de sus carteles, a excepción del sumo sacerdote José Tomás. Y en esto aparecieron sobre el ruedo virtual los políticos nacionalistas, de derecha -CiU-  e izquierda -PSC e ICV- que con la inestimable ayuda y apoyo de los minoritarios grupos antitaurinos fueron socavando los cimientos de la Fiesta, fueron manipulando su mensaje contra la Fiesta. No por el sufrimiento de los animales, que indubitablemente existe, que no les importaba nada. Sino porque la Fiesta era, según ellos, española. Y había que quitarla del mapa costumbrista catalán. Como, por medio de la ya famosa ILP consiguieron en el Parlament. Mientras que protegían el otro sufrimiento de los toros: el del 'corre bous', porque este sí era tradicionalmente catalán, siempre según esta desinformada y manipulada inquisición de la alianza nacionalista y antitaurina, que olvida lo expresado líneas arriba: cómo los toros y su espectáculo primigenio entraron por sus fronteras pirenaicas para asentarse allí y extenderse después al resto de Iberia. Y ahora llega el fin, que todo indica será definitivo, salvo milagro del Tribunal Constitucional, al que ha recurrido el PP -único defensor junto a Ciutadans de la Fiesta- que considere ilegal esta prohibición. De modo que, la libertad de las personas que quieran asistir a los festejos ha recibido la puntilla en nombre de la democracia y precisamente la libertad. De modo que cual reza el refrán también español -vaya por Dios- 'entre todos la mataron y ella solo se murió'. Ni José Tomás, que más allá de gestos nada ha hecho por salvarla, ha parado lo imparable. Eso sí, este domingo oficiará -y participará- la ceremonia del fin del espectáculo de las corridas -no del taurino, que, recordemos, queda el 'corre bous'-. Junto a otro sacerdote, que cargará eternamente con otro símbolo: Serafín Marín, el último matador de toros catalán, que será el encargado de despachar el postrer bicorne que salte al ruedo de la Monumantal. Es la última batalla de la Fiesta, que este domingo recibe la puntilla y pierde la guerra definitivamente, a pesar de sus vínculos y trayectoria catalana. Descanse en paz. Y olé.
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