24 de agosto de 2019, 14:20:32
Opinión


Mandan ocho

Por José Manuel Pazos


Refieren algunas crónicas que relatan las conclusiones de la reunión anual del FMI en Tokio, que se cierra esta XXVI Reunión del Comité Monetario y Financiero Internacional con cauto optimismo. También avisan de que, según el FMI, la recuperación puede descarrilar si las medidas no son tomadas de forma efectiva y en el tiempo adecuado.  Semejante parecer ha mostrado el Ministro de Economía. Cree que la confianza en España ha mejorado de forma apreciable desde el verano, e incluso dice que detecta interés en la deuda española.

Para los que no nos debemos a electores sino a clientes, nos hace falta una enorme buena voluntad para utilizar el término optimismo, por muy cauto que sea.  No hace falta más que leer el comunicado publicado por una larga lista de asociaciones de empresas industriales el jueves pasado advirtiendo de las consecuencias sobre los costes para la industria de las últimas medidas del Gobierno sobre el sector energético, para darse cuenta que, como señala The Economist en su editorial de esta semana, muchos de los problemas actuales tienen su origen en desigualdades, que en los países desarrollados se dan a consecuencia de monopolios e intereses creados, y en los países en desarrollo en la corrupción y falta de transparencia.  Si España tenía un problema de deuda privada alimentada desde un sistema financiero que se comportó de modo irracional y no un problema de deuda pública, ¿qué se ha hecho y quien lo ha hecho como para que ahora tengamos un problema de deuda pública y no solo no pueda aliviarse la deuda privada, sino por el contrario se arroje sobre productores y consumidores más carga de impuestos con la pretensión de aliviar la deuda pública?

Lo que se hizo fue aplicar una política económica estúpida, porque en lugar de apoyar a los que producen y consumen, se dilapidó la solvencia del Estado de forma gratuita, beneficiando solo a los grandes grupos de poder económico y cargando todo el peso sobre los que soportan la creación de empleo y de riqueza. Me decía hace muy poco un alto responsable del partido de Gobierno, que en España son ocho los que mandan y que ninguno está en el Gobierno. No hacía ninguna falta, salvo el consuelo de que se reconozca. ¿Acaso no es aquí donde radica mucho del apoyo al soberanismo catalán?

El Gobierno actual no ha tenido el valor de creer en lo que preconizaba, y a pesar de haber atraído a su seno a un tecnócrata de primer nivel como el Ministro de Economía, no ha dado ni una sola oportunidad hasta este momento a aquellos actores sociales sin cuyo concurso, ni la economía, ni la sociedad española podrán recuperar ni esperanza, ni confianza.  De aquí a final de año no hay otro objetivo que el déficit público, que seguro que no se alcanzará,  quien sabe si por las siete décimas que medios del Gobierno  apuntan, y eso sin tener en cuenta lo que se perderá en 2012 de lo prestado como capital a los bancos. En 2011 fueron 11.000 millones, que ahora ya son deuda soberana.

Decían algunos líderes en Tokio, que el tiempo no juega a favor.  Las medidas monetarias han servido, pero como hasta The Economist preconiza, una nueva forma de política es necesaria para poder atender a la desigualdad creciente, no entre países, sino entre personas.
 
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