2 de diciembre de 2020, 1:30:13
Opinión


Vísteme despacio, que tengo mucha prisa

Por Jesús Conte


Un primer análisis de los resultados de este domingo en Cataluña permite establecer dos constataciones. Una, Convergència i Unió ha ganado aun retrocediendo 12 diputados, con un amplio margen de 29 diputados sobre la segunda fuerza, pero tendrá más dificultades para gobernar el día a día. Dos, la apuesta soberanista para la que se convocó esta cita en las urnas gana más adeptos pero Artur Mas no la capitaliza en exclusiva al no haber conseguido la mayoría excepcional que reclamaba para un momento excepcional.

Todo ello, por cierto, con una participación excepcional de prácticamente el 70 por ciento, lo que indica que todos eramos conscientes de la trascendencia de unas elecciones que superaban el marco de "autonómicas".

CiU ha pagado la gestión gubernamental de estos dos años de legislatura, con la aplicación de recortes, y por otro lado ha engordado de votos a Esquerra Republicana, que ha sido visualizada como la fuerza política creíble, capaz de llevar a cabo el proceso de independencia, frente a una coalición de gobierno que utilizaba eufemismos para no hablar directamente de independencia. Muchos electores han visto a ERC como la marca con solera independentista auténtica y han vuelto a trasvasar votos de CiU como ya sucedió entre los desencantados de 2003. Y en el fondo muchos de estos votos querían a Artur Mas de presidente pero con una Esquerra de segunda fuerza que le ate corto. Y esto lo han conseguido. Se repite el esquema de Euskadi: las dos fuerzas soberanistas mayoritarias ocupando las dos primeras plazas en el escalafón electoral. Con esto de las patentes ya ocurrió una cosa parecida en 1986 con la Operación Reformista de Miquel Roca. Aquella campaña regeneró el mensaje de centro como moderador entre un PSOE con mayoría absoluta y una Alianza Popular escorada a la derecha. El beneficiario final fue entonces el CDS de Adolfo Suárez, que resurgió de dos a doce diputados mientras el PRD se quedaba en blanco.

Con Ciutadans ha sucedido algo similar. El Partido Popular ha liderado una campaña de tremendismo contra la llamada "deriva separatista de Artur Mas", pero a pesar de su estilo de querer atraer a los catalanes-españoles temerosos de que una hipotética independencia fracturara la sociedad catalana y de que Cataluña caería en el abismo, al final han ayudado involuntariamente a un partido como el de Albert Rivera que surgió hace seis años en defensa de la lengua castellana, de la unidad de España y de algún modo también contra los políticos "instalados", categoría en la que se sitúa el PP como partido de gobierno que además echa mano de las tijeras.

De modo que si en estas elecciones existían dos frentes cada uno ha elegido al más radical. Los independentistas han reforzado a Esquerra, que pasa de 10 a 21 diputados, casi como en los tiempos del tripartido con Carod, y los de Ciutadans suplen al PP, que sólo gana uno, como adalides de la defensa de la unidad de España bajo la consigna "mejor juntos". Lo cual no quita que los populares, como también sucede con Iniciativa per Catalunya-Verds (13 diputados) hayan alcanzado los mejores resultados de su historia bajo las respectivas siglas actuales.

A Artur Mas se le abren desde hoy dos escenarios distintos, pero concatenados. Por un lado, insiste en sacar adelante el derecho a decidir. Para ello dispone de 87 de los 135 diputados en el Parlament, aunque el protagonismo deba ser ahora plural y no monopolizado por el president, como reclamaba. Pero por otro necesita conseguir la mayoría que le falta, 18 diputados, para ganar la investidura y poder gobernar un día a día que se presume complicado para superar la crisis, lo que sin duda comportará nuevos recortes. Para el proceso soberanista contará con Esquerra (21 diputados), CUP (3) e ICV (13), que apremiarán los plazos para forzar el referéndum o la consulta. Pero a la vez, la propia Esquerra del nuevo líder, Oriol Junqueras, es la fuerza que Mas puede tener menester para completar la mayoría gubernamental, sea desde dentro o desde fuera. No creo sinceramente que a ERC le apetezca acompañar a CiU en el viacrucis de los inevitables nuevos recortes. Pero anoche Mas ya apuntaba que cualquier apoyo tendrá esa contrapartida de corresponsabilidad alícuota.

Autodescartado el PP por razones obvias, la otra opción sería intentar captar al PSC como compañero de viaje en la dura pugna que se abrirá contra el gobierno español del PP pero tampoco estará dispuesto a compartir el desgaste de recortar los presupuestos. Y además sería renunciar por parte de CiU a la convocatoria de la consulta. Los socialistas catalanes, por cierto, han capeado el temporal mejor de lo previsto, de modo que aunque su opción federalista pierde ocho diputados respecto a 2010 han mejorado los negros vaticinios de las encuestas. Aunque terceros en escaños han quedado los segundos en votos totales.

Artur Mas interpretó la muchedumbre del 11 de setiembre como un clamor en favor de la independencia. Se subió al tsunami y la tabla de surf ha encallado en una playa donde había otros bañistas que quieren subirse a la barca. Van por detrás suyo pero piden billete para Itaca. No le dejan que se embarque él solo. La singladura requerirá tiempo y una buena atmósfera que ahora no se da. De pequeño, mi padre me citaba un refrán: "vísteme despacio, que tengo mucha prisa". Pues eso. Habrá que dialogar y madurar el proceso si se quiere afrontar con fuerza, liderazgo y razones.

Por cierto, supongo que el gobierno español despertará y verá que aunque Mas y CiU hayan descendido en 12 diputados, han ganado las elecciones, que Esquerra es segunda, que el soberanismo unido representa el 65 por ciento del futuro parlamento y que el PP sólo es cuarto.
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