17 de noviembre de 2019, 0:33:14
Opinión


Por qué aquí, en España, no podría ser...

Por Fernando Jáuregui


A modo de exculpación previa, diré que no soy de los que creen que lo de fuera es siempre mejor que lo que tenemos aquí en casa. Ni mucho menos. Pero sí digo que España no es Noruega, y no solamente porque tenemos la clase política que tenemos y ellos tienen la que tienen. Lo digo, claro, por ese vídeo impagable en el que el primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, disfrazado de taxista, charlaba con los clientes que abordaban su vehículo en plan distendido y dicharachero, aceptando de buen grado críticas y reproches. Y no, no veo a Mariano Rajoy, ni a Alfredo Pérez Rubalcaba, ni a Rosa Díez, ni a Cayo Lara, ni, por supuesto, a Artur Mas, por poner los ejemplos más sonoros, haciendo de chófer y admitiendo todo tipo de preguntas -y críticas-- de los pasajeros. Pero tampoco veo, debo reconocerlo, a los pasajeros de por aquí departiendo respetuosamente con el político-conductor.
 
No, aquí en España no podría darse uno de los espectáculos políticos más refrescantes que he visto desde aquellas campañas próximas y llenas de vida de Obama, o desde aquellas primarias entre los socialistas franceses. Es obvio, ya digo, que Rajoy no es ese socialdemócrata Stoltenberg que ha elegido el 'cara a cara' -a través del retrovisor-de un taxi para acercarse a los electores. Pero también es evidente, y líbreme Dios de querer defender a nuestra clase política huidiza y que ya, simplemente, no se atreve a mirarnos,  que el público español es, digamos, diferente. Y, si no, escuche usted algunas frases sonrojantes dirigidas a Alvarez Cascos, a Javier Arenas o a María Dolores de Cospedal durante los 'paseíllos' que hubieron de hacer, otra peculiaridad carpetovetónica, estos días camino del despacho del juez Pablo Ruz.
 
Espero que no se tome usted este comentario como un ejercicio de humor, aunque a veces risibles parezcan algunos comportamientos de la impermeable, endogámica, política española. Y de la judicatura, y de algunos medios, y de... En fin, que lo del taxista Stoltenberg sería imposible por estos pagos por algunas de las siguientes razones:
 
-Los políticos españoles han olvidado conducir. Tantos años con chofer, secretarias, jefes de Gabinete, equipos de comunicación, guardaespaldas y currinches varios han hecho de ellos unos seres individualmente poco aprovechables para eso que se llama cosas prácticas. Cuentan que Rajoy se quedó estupefacto cuando supo que, en su visita oficial a España, el primer ministro finlandés -otro nórdico-- había llegado acompañado tan solo de un ayudante...y en vuelo regular en turista.
 
Bueno, la verdad es que Stoltenberg confesó a algunos de sus sorprendidos clientes que hacía ocho años que no conducía. Pero eso no invalida lo de la proliferación de chóferes, jefes de Gabinete y todo lo demás que acabo de escribir, males endémicos de la faraónica, pomposa, hispanopolítica.
 
-Los españoles no somos noruegos. Ya le digo a usted que a saber cómo habría sido el vídeo de marras si los pasajeros fuesen, por ejemplo, alguno de los afectados por las preferentes, los de Manos Limpias, los de Ada Colau, los del 15-m... o, simplemente, alguno de los viandantes indignados y cabreados que pululamos por las calles erizados ante lo que cada día filtra el delincuente Bárcenas desde su celda, por poner apenas el ejemplo más reciente, que se podrían poner otros muchos. La falta de sintonía y de respeto a la gente corriente no es la única explicación a la lejanía habitual de los políticos españoles: es que muchos hemos sido testigos presenciales de cómo se les abuchea a la primera oportunidad y de cómo ellos se ven obligados a escurrir el bulto, de manera que resulta imposible ver a un ministro, pongamos por caso, paseando por las calles o almorzando en un restaurante, lo que no deja de ser una anomalía (más).
 
-Los noruegos no son españoles. Las cosas son como son. Alguna vez he tenido ocasión de visitar el país nórdico y, aburrido como es, pienso que la convivencia entre el ciudadano y sus representantes es diferente. En un viaje oficial cubriendo una visita de Felipe González a Oslo, tuve ocasión incluso de sacar a bailar -algún otro compañero también, recuerdo, lo hizo-a la primera ministra de entonces, Gro Harlen Brundtland. Corrían los años ochenta y hay que reconocer que, entonces y al menos para los muchachos de la prensa, las oportunidades de contacto directo con los políticos españoles eran mucho mayores que las actuales, en la que no solamente ya bailar, sino ver en directo a uno de los líderes afectos al 'plasma' empieza a resultar tarea casi imposible. Claro que entonces no habían estallado ni Filesa, ni lo de Mariano Rubio, ni Roldán, ni los ere, ni lo de la Munar, ni Gürtel, ni Bárcenas, ni ninguno de los otros cincuenta y ocho -58-casos de corrupción que, con diversas denominaciones, han devastado los territorios de nuestra política.
 
 -El sentido del humor no es lo que prima en este país malhumorado. Yo creo que las corruptelas, los abusos, la falta de sinceridad y de transparencia -mire usted lo que hemos sabido de las últimas comparecencias ante Ruz-son factores que exacerban la mala 'milk' hispana, tan patente entre, por ejemplo, los conductores madrileños y de la que precisamente los taxistas (nacionales) suelen ser primeras víctimas y, a veces, victimarios. Los españoles ya no respondemos a aquel cliché de 'bajitos, morenos y cabreados' porque no somos ni tan morenos ni tan bajitos; pero la tercera de las características sigue, intocada, intangible y en auge.
 
Así que los rasgos de humor son infrecuentes: si a Rajoy, por poner un caso imposible, se le hubiese ocurrido lo de disfrazarse de taxista, le hubiesen asaltado cien asociaciones gremiales acusándole de haber falsificado el carné, los viandantes agrupados por el 'sindicato' Manos Limpias hubiesen interpuesto una querella por atentado contra la seguridad vial, los policías municipales hubiesen protagonizado una manifestación de protesta por aumento de trabajo. Y repito que habría que haber oído los decibelios de las quejas de los clientes, para no hablar de las protestas de la oposición acusando al presidente de practicar el pluriempleo y dejando en el paro a un honrado taxista.
 
A Stoltenberg, cuando, tras la hazaña automovilística, le preguntaron si se dedicaría al taxi en el caso de perder las elecciones, se le ocurrió la respuesta que jamás hubiera dado uno de los irascibles de la 'casta' hispana: a la vista de cómo conduzco, dijo, creo que prestaría un mejor servicio a los noruegos si sigo como primer ministro. Y sonrió hasta el líder de la oposición (noruega, claro), aseguran.


>>El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>
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