25 de febrero de 2021, 18:00:20
Opinión


Más democracia con pasión

Por Podemos


Hay quien piensa que las pasiones y la política son como el agua y el aceite: no mezclan bien, y cuando lo hacen se echan a perder. ¿No es la política una práctica dedicada a la discusión racional sobre los asuntos que se refieren a la vida en común, de la que debemos alejar toda pasión o afecto particular? Aunque, ciertamente, no deberíamos dejar la política enteramente en brazos de las pasiones, desatenderlas supone, como poco, hacer de la política una práctica elitista incapaz de conectar con  lo que nos mueve en la vida real.

Esta orientación racionalista hace de la vida y sus pasiones un asunto apolítico, naturalizando lo que nos pasa: el tópico de "las cosas son como son" convierte nuestra vida en algo inevitable. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando políticos profesionales como Cospedal definen la corrupción como una mala pasión individual, consustancial a la naturaleza humana. Así bloqueamos la posibilidad de abordarla como un problema que tiene que ver con unas determinadas condiciones estructurales, económicas, sociales y culturales que pueden ser discutidas y modificadas colectivamente, es decir, como un asunto netamente político.

No podemos vivir sin fantasías y deseos. Nuestra vida con otros no se reduce al despliegue calculado y frío de un programa racional. En nuestra vida cotidiana, cuando aspiramos ingenuamente a controlarlo todo, finalmente nos damos de bruces con eso incontrolable que forma parte de lo que somos. Igualmente, cuando dejamos las pasiones, los malestares, etcétera, fuera de la política, como si fueran un reducto irracional, un asunto patológico o una debilidad moral, terminan por retornar, con frecuencia, de la manera más virulenta.

En esta dirección, podemos observar cómo se ha venido instalando en nuestro contexto europeo una dicotomía muy cuestionable. Del lado de la racionalidad política dominante (aquella que reduce la política a la mera gestión técnica de lo que hay, sin que ello pueda ser otra cosa: "hay que hacer lo que hay que hacer" dicen los políticos), encontramos la desvalorización elitista de las pasiones políticas populares y las identificaciones colectivas, la descalificación del rechazo al orden establecido como demagogia, y la censura de las protestas en la calle como fenómenos de masas irracionales y totalitarias. En el lado (aparentemente) opuesto, encontramos la política neofascista que pone las pasiones populares al servicio del rechazo a las diferencias y la exclusión de los otros para, finalmente, mantener y explicar las injusticias dentro del actual marco socioeconómico. En realidad, ambas posiciones apresan la realidad entre dos falsas alternativas que hacen inviable que las cosas puedan ser de otra manera: o la extensión del inmovilismo y la impotencia en nombre de la democracia, o el totalitarismo antidemocrático.

Precisamente porque queremos romper con ambos, nos parece imprescindible escapar de esta falsa dicotomía haciéndonos cargo de la importancia política de las pasiones. No queremos elegir entre dos malas opciones. Ni la democracia sin pasión, ni la pasión sin democracia. Apostamos rotundamente por más democracia con pasión.

Entendemos la política, más que como un debate racional entre posiciones que defienden sus intereses en un escenario público, como el mismo proceso de constitución de una posición colectiva que cuestiona el orden establecido poniendo en el centro el interés común, lo que es de todos y para todos, para hacer viables otras maneras de estar juntos. Por eso, hacer política consiste en hacer (democráticamente) más democracia. Para que ello sea posible es necesaria alguna forma de pasión colectiva que permita movilizar y sostener este proceso.

Lejos del ideal individualista de un sujeto desapegado y sin vínculos que decide autónomamente, entendemos que el compromiso y el protagonismo democrático no pasa por una deliberación racional individual o colectiva, sino por una toma de postura subjetiva compartida con otros. Por eso no hay posición política propia que no esté en deuda con alguna forma apasionada de vinculación colectiva. Rescatemos algunos ejemplos de ello. La movilización de las sufragistas a partir de una reivindicación particular, el voto para las mujeres, que ejemplificaba una transformación social general; el liderazgo carismático de una persona, Gandhi, puesto al servicio de un proceso político colectivo como la independencia de la India; la fidelidad a un método, la desobediencia civil, en las luchas del Movimiento por los Derechos Civiles en EE.UU. en los años sesenta; la fuerza compartida de las Madres de la Plaza de Mayo por sostener la causa común de la memoria; o un modelo organizativo como el de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, bien arraigado en la vida cotidiana, para construir desde abajo una vida digna.

En Podemos no contamos todavía con la fuerza de ninguna de estas formas de identificación, pero no renunciamos a las herramientas que tenemos a nuestro alcance para confluir apasionadamente en un proyecto colectivo de profundización y construcción democrática. Se trata de una invención política por hacer, sin garantías, pues no hay atajos ni recetas. Sabemos que no valen las buenas intenciones, sino los resultados prácticos.

No podemos abandonar las pasiones. Ni las tristes, dejando que el malestar se convierta en culpa individual o en resentimiento, ni las alegres, renunciando a prolongar el proceso de protagonismo y profundización democrática que estamos viviendo en estos años. Tenemos al alcance de la mano la posibilidad de que los aires de cambio que hemos respirado en las calles se hagan realidad también en las instituciones. Y depende en buena medida de nuestra capacidad de hacer más democracia con pasión.

Comisión Podemos de Cultura


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