27 de noviembre de 2020, 16:12:56
Opinión Castilla-La Mancha


El sistema contra el pueblo



Una de las misiones que la Constitución encomienda a los poderes públicos, a través de los órganos ejecutivos y legislativos, es el de protección y seguridad de los ciudadanos. Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia, dice el artículo 39 punto 1. Pero lo cierto y verdad, es que la Constitución, que debería ser de obligado cumplimiento, está tan prostituida por quien tiene la obligación de cumplirla y hacerla cumplir, que pocos argumentos le quedan a los ciudadanos para obtener de ella lo que en justicia les corresponde.

Las Leyes, la Constitución, los gobiernos, los partidos políticos... pertenecen a lo que se da en llamar; el sistema. El sistema no es otra cosa que el conjunto de normas y procedimientos que regulan el funcionamiento del poder, sea de la clase que sea, frente o contra al pueblo. El sistema utiliza todos los mecanismos a su alcance, para tejer una finísima tela de araña en torno al poder y corromperlo o sucumbirlo, ya que dominando su voluntad mediante el estímulo dinerario se alcanzan cotas inimaginables de poder, que permiten gobernar sin fisuras a los pueblos y beneficiarse de los rendimientos del trabajo de estos, así como de las posibles rentas que puedan obtener mediante el ahorro.

El sistema en España, protagonizado por las cajas de ahorro y los bancos en connivencia con los gobiernos de turno, cuyos miembros han formado parte de sus juntas directivas, ha provocado la mayor catástrofe social y económica que se recuerda, han maquillado cuentas de resultados, creado burbujas donde no las había y llevado al suicidio y desesperanza a miles de ciudadanos.

El sistema, como si de una noria se tratase, gira de arriba abajo, dando alternativas a los bancos y a las grandes empresas para generar mucha más riqueza interna, riqueza que no se reparte más que entre las clases directivas, o sea ellos mismos, pero que no les impide extrapolarla a cuentas en paraísos fiscales, mientras los ciudadanos; el pueblo, aquellos compatriotas que tantas cosas en común tienen con ellos, pierden sus trabajos, pierden sus ahorros, pierden sus casas, pierden su dignidad y, lo que es más grave, algunos pierden la vida.

En su primer discurso el Rey Felipe VI, ha hecho especial mención a quien controla el sistema, a quienes manejan los hilos del hambre, del paro, de la desesperanza. Y lo ha hecho rodeado de todos ellos, todos han estrechado su mano, todos le han dedicado una fría sonrisa, todos han alabado su mensaje; los bancos, las eléctricas, la judicatura, el gobierno. Pero todos ellos saben que el discurso de Felipe VI es un mensaje de galería, una declaración de buenas intenciones para un pueblo que demanda otro tipo de respuesta, argumentos y soluciones. Un pueblo que no cree en nada ni en nadie, que ha perdido la fe en si mismo y en la de aquellos que se postulan públicamente como sus defensores.

Hace unos días el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, no dudaba en culpabilizar de la crisis económica en España al sistema, y dentro del sistema al Banco de España, por no haber supervisado y sancionado, en su caso, a las cajas de ahorro, que forman parte del sistema, gobernadas por políticos y sus adláteres, y que son las máximas responsables de las preferentes, de las cláusulas abusivas del suelo, de las malas prácticas contra los ciudadanos, a la sazón sus clientes, y todo ello con la connivencia y el amparo de sus juntas directivas, entre los que se encuentran los cargos públicos que un día juraron defender a los ciudadanos, juraron cumplir y hacer cumplir la Carta Magna, que han estrechado la mano del Monarca con motivo de su proclamación, pero que mañana volverán a atentar contra los principios fundamentales del pueblo, corrompiendo la Constitución, mientras Felipe VI asistirá incrédulo a cómo los ciudadanos empiezan a perder la confianza en las prometedoras palabras que ha pronunciado.

La aceptación de la opresión por parte del oprimido acaba por ser complicidad; la cobardía es un consentimiento; existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer. (Víctor Hugo)

Ismael Álvarez de Toledo

Escritor y periodista

http://www.ismaelalvarezdetoledo.com

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