14 de noviembre de 2019, 20:45:11
Opinión


El hombre que tocó el cielo

Por Manuel Juliá


Estaba con él y la niña, en el restaurante, el periodista Juan Ignacio Gallardo a mi lado y don Alfredo enfrente, poniéndose la servilleta por encima de la corbata, había que detener las gotas perdidas de la sopa. Era una reunión de amigos que tenía el vino de centro más que el deporte, pero con don Alfredo fue imposible no llegar al césped, no sentir los ríos de vida que hay dentro del indefinible fútbol.

"Dámela en largo", decía antes, "pero ahora digo cortita y al pie". Magistral sentencia del paso de la vida sobre la movilidad del cuerpo, sobre la larga mirada del futuro. Cortita y al pie, como aquellas cucharadas de sopa que muy lento iba llevando don Alfredo a sus labios. Bebía también con mucha lentitud un verdejo fresco que olía a yedra de río y sombra de verano. La niña no perdía ocasión de demostrarle su cariño. Atentísima a todo, el pan, el cubierto, la chaqueta, "el menú pronto para don Alfredo que odia esperar".

    Durante la comida brotaban las anécdotas que don Alfredo nos contaba. Historias magistrales de pocas palabras que morían siempre en una idea genial. Qué pena no las hubiera apuntado. Como aquella en un partido aburridísimo del Madrid, en Mónaco, en el que era comentarista y dijo que si no quería que se acabase el partido era por lo bien que se vivía en Mónaco.

Ella le miraba anonadada y se percibía que don Alfredo recibía con agrado sus atenciones. Ya iba en silla de ruedas. Fue hermoso ver cómo antes de entrar en el restaurante los camareros salieron a saludarlo. Luego discutían entre ellos por ayudar a sentarlo en la silla. Don Alfredo, algo abrumado, se tomaba a broma su inmovilidad. Decía que ya no marcaba un gol ni a puerta vacía.

Gallardo y yo nos mirábamos encantados de poder disfrutar de aquella compañía. Para mí era la primera vez, y mis ojos como platos y mis oídos expectantes no dejaban de atender. Los viejos tiempos parecían también renacer con el sabor de un tempranillo que olía a infancia. Aquellos fríos de Madrid. El paternalismo de don Santiago Bernabéu.

Aquel secuestro en el año 63 en Caracas por las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. Nos dijo que apenas sintió miedo, no le ataron, pudo escuchar la radio y ver el partido del Madrid ante el Porto. Y jugó al dominó con sus raptores. Ya sabíamos muchas de sus anécdotas e historias, conocidas por tanto como se ha escrito, pero escucharlas de sus labios era un verdadero privilegio.

Su persistente doctrina para el Madrid, sed de éxito, fuerza, corazón. Su admiración por Cristiano Ronaldo, el gran profesional, o Iker Casillas. Nos dijo que creía en Mourinho. El sol se colaba por el ventanal y caía en su mirada vidriosa y en las arrugas blancas de sus manos. La comida duró mucho pero fue tan agradable que se nos hizo corta. Don Alfredo aguantaba muy bien. Se sentía a gusto siendo el centro. Pero ella nos miró y nos dijo que se debían ir, que ya estaba cansado.

"Vámonos Gina", dijo don Alfredo mientras la legión de camareros volvían para levantarlo del asiento. Gina González, su secretaria, dirigía las operaciones con eficacia. Volvió a la silla de ruedas el ilustre comensal y con un fuerte apretón de manos Gallardo y yo nos despedimos de ambos. A los pocos días leí una entrevista en el diario El Mundo en la que don Alfredo decía que se quería casar con Gina, cincuenta años más joven. Éste quizá fue el último sueño de un hombre que tocó el cielo con los pies.     
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