16 de diciembre de 2019, 0:55:21
Teatro


Vicky Peña y Mario Gas (magníficos) emprenden, con O'Neill "El largo viaje del día hacia la noche"

Por José-Miguel Vila / @josemiguelvila


La obra cumbre del norteamericano  Eugene O'Neill, "El largo viaje del día hacia la noche", se representa en el Teatro Marquina, desde principios de septiembre  pasado, y con una pareja de lujo, Vicky Peña y Mario Gas (los padres, Mary y JamesTyrone) acompañados por tres actores jóvenes, pero de una extraordinaria calidad: Juan Díaz y Alberto Iglesias  (los hijos, Edmun y Jamie)y Mamen Camacho (la criada, Cathleen).
 
Con anterioridad, esta obra solo ha podido verse en cuatro ocasiones en España: En 1960 la estrenó González Vergel, en el Lara. Casi treinta años más tarde volvió a la escena (Español, 1988) dirigida por Narros y Layton. John Strasberg la montó de nuevo en el Albéniz, en 1991. Y, por último, Álex Rigola la dirigió en La Abadía, en 2006.
 
En los primeros ochenta, el Gas director quiso montar la función en el Romea. Después, el Gas actor tuvo que decir no a algunas ofertas que lo tentaban para encarnar a uno y otro hijo. Hace solo unos meses, estaba a punto de comprar los derechos de esta obra para montarla, cuando le llamó Alejandro Colubi, el empresario del Marquina para hacerle una oferta que iba a sorprenderlo. El director Juan José Afonso tenía muy claro que  Vicky Peña y Mario Gas tenían que ser la pareja protagonista de la pieza del  autor norteamericano. Afortunadamente, Gas y Peña aceptaron, porque, durante las dos horas y media que dura la función, en excelente adaptación de  Borja Ortiz de Gondra, los dos dan una lección de interpretación   profunda y contenida a la vez. Y no les van tampoco a la zaga Juan Díaz y  Alberto Iglesias. Con tan complicada y afortunada carambola del destino, ganamos todos: teatro y espectadores.
 
Drama familiar
 
Eugene O´Neill (1888-1953) inauguró el género (o subgénero, por ser más precisos) del drama familiar en el teatro americano, inundado de  frustraciones, secretos, incomprensiones,  enfrentamientos y falta de empatía entre todos los personajes. Tras él, hay una larga y fructífera serie  de autores y obras que pueden encuadrarse en este género: Arthur Miller, Tennessee Williams, Clifford Odets, Edward Albee, Tracy Letts o Sam Shepard, (que, por cierto, tiene también obra en cartel, "True West", en los Teatros del Canal, que ya hemos comentado en estas páginas y que tiene muchos puntos en común con este "El largo viaje del día hacia la noche".
 
La pieza teatral pone sobre el escenario una jornada en el verano de 1912, que transcurre en una casa familiar en la playa, propiedad de un actor, James Tyrone, con un pasado de niño pobre, que lo han convertido en un padre tacaño y frustrado por no haber podido  representar nunca a Shakespeare, su autor idolatrado. La madre, Mary, es una mujer  drogadicta, que trata de ocultar y ocultarse, sin  lograrlo, su  extrema debilidad y falta de voluntad frente a los estupefacientes, que necesita como agua de mayo para desfigurar una realidad que no le gusta, y para  superar el enorme dolor que le supuso perder un hijo, muerto con  muy pocos años. Completan el cuadro familiar los hijos supervivientes, Edmun y Jamie, absolutamente dependientes de sus padres, y adictos al alcohol, por razones distintas, uno con tuberculosis y el otro, actor que trabaja con  su padre.
 
Los monólogos circulares entre todos los personajes quieren convertirse  en  diálogos  pero  los miembros de la familia Tyrone no acaban nunca por escucharse y todas son tentativas frustradas. Los cuatro parecen huir hacia alguna clase de libertad pero en realidad son incapaces de  encontrarla  para escapar de esas frustraciones cotidianas, de esos  dardos envenenados  que supone cada frase que  se lanzan. En la familia, todo es desolación, angustia y desesperanza, que la austera decoración (apenas cuatro sillas y una mesa blancas) hace aún más dura, y que un cercano, insistente y turbador sonido de bocinazos de los barcos que transitan cerca de un faro próximo a la casa veraniega, hacen aún más sórdido, inquietante y turbador  el ambiente en el que se destroza la familia Tyrone. A la tensión del ambiente  colaboran también las proyecciones de Eduardo Moreno en las que un mar en calma, poco a poco, se va  enfureciendo. Y, metidos como estamos ya, en aspectos  técnicos, no  queremos dejar  de  reseñar tampoco el trabajo de iluminación de Gómez Cornejo y el de vestuario y decorado, a cargo de Elisa Sanz.
 
Aunque la obra original de O´Neill tiene una duración aproximada de cuatro horas, la versión que podemos ver en estos días en el Marquina dura, como ya se ha indicado, dos y media, más unos diez minutos de un necesario descanso, que da cierto respiro a un espectador de primera fila ante lo que podría parecer un sencillo psicodrama familiar, pero que la pluma de O´Neill    supo convertir en una tragedia, lamentablemente demasiado cercana a los tiempos que corren, incluso casi un siglo después en la sociedad moderna. Esa es la característica que hace universal a una obra y esta, sin duda, lo es. Una cita inexcusable para  el espectador que busca en el teatro mucho más que pasar un rato agradable en buena compañía, y con un texto lúcido acerca de uno de los muchos males que aquejan a la familia en nuestro tiempo: la incomunicación.
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