17 de noviembre de 2019, 15:47:25
Opinión


Sí, claro, podemos; pero ¿podremos?

Por Fernando Jáuregui


Estos días iniciales del año siempre suponen una bajada en la intensidad informativa. En la política, me refiero, que no a los sucesos, implacables, siempre ahí. Por eso, hasta produce un cierto alivio -o no, que diría Rajoy-comprobar que existe la vida oficial más allá de las pistas de esquí o de la dulce costa de Sanxenxo, un alivio que incluso el ministro del Interior, con su severo talante, nos puede proporcionar compareciendo ante las cámaras para anunciarnos que durante 2014 han descendido, laus Deo, los accidentes mortales en carretera. Claro que todo hueco tiende a llenarse y, así, ha sido nuevamente Podemos, con su proceso electoral de responsables locales, el que ha ocupado las portadas de tantos periódicos e informativos radiofónicos y televisivos. Ni siquiera la bajada tremenda de la prima de riesgo, que se ha situado por debajo de los cien puntos, ha conseguido disputar del todo el espacio de los titulares a las gentes de Pablo Iglesias. Y no digo ya las felicitaciones tuiteras de Rajoy y Pedro Sánchez, que han merecido casi la clandestinidad noticiosa.

Y me refiero 'a las gentes de Pablo Iglesias' porque el secretario general de Podemos ha barrido, menos en tres o cuatro ciudades, a los oponentes internos -bueno, no tan oponentes-a su 'claro que Podemos', los de 'Sí que Podemos'. Un proceso electoral interno que por sus propias denominaciones podemos -o logramos-comprobar que ha estado regido por un cierto buen humor y un espíritu de camaradería; de hecho, uno, que se dedica al oficio de mirón desapasionado, se confiesa incapaz de discernir qué puntos programáticos distancian a los de 'claro que' de los del 'sí que'. Y no lo digo en mal plan, que conste, y lo advierto porque sé que en Podemos, como en el resto de las formaciones españolas, reina la sensibilidad ante la crítica: me parece natural que no haya diferencias programáticas porque no hay programas todavía. Al menos, que yo sepa, que puede que sepa poco porque debo decir, y esto sí lo afirmo en plan hipercrítico, que la aproximación informativa a Podemos nos resulta, a algunos, más bien difícil; será que extienden muy allá el concepto 'casta' periodística, o vaya usted a saber qué.

El caso es que pienso que ahora hay, al menos, dirigentes reconocibles donde antes, como en Euskadi, Cataluña o Andalucía, no había sino buenas expectativas anónimas ofrecidas por las encuestas. Y también creo que el proceso de primarias, que se continuará este mes para elegir a los responsables autonómicos, ha sido bastante ejemplar, aunque en algunas localidades el censo dejase mucho que desear y hubiese más votantes que militantes. Eso tiene relativamente poca importancia en una formación que se ha creado y desarrollado en poco más de diez meses y que hace un año ni siquiera sabía que iba a existir, para no hablar ya de que ni podían imaginar sus éxitos electorales, demoscópicos y, por qué no decirlo, sociales.

La gran pregunta, cuando se avecinan unas elecciones municipales y autonómicas -ni cinco meses quedan ya--, es qué futuro aguarda a Podemos, que ni siquiera piensa, dicen, concurrir bajo estas siglas, si es que concurren en absoluto, a los comicios de mayo. Porque ahora mismo existe una cierta confusión entre las plataformas que se muestran más o menos cercanas a la formación de Pablo Iglesias, sobre todo en Madrid (ay, la batalla de Madrid...). ¿Llegará Podemos con su actual grado de virginidad y de adhesiones a las elecciones generales de noviembre? La prueba del algodón será la confección del programa electoral, la cohesión en los discursos, lograr un mensaje menos despectivo hacia toda esa población a la que, por edad, vestimenta o lenguaje, se ha clasificado como 'casta' más o menos casposa. La caspa de la casta, definida caso como el enemigo a la hora de trazar con gruesas líneas una definición de la por otra parte ciertamente desastrosa panorámica actual: ahí están esos dos mil imputados por corrupción 'política' con los que los españoles empezamos el año 2015.

No seré yo quien se alegre de que apenas un tercio de los teóricos militantes haya votado en estas primarias que nos han arrojado rostros nuevos, con una media de edad inferior a los cuarenta años y con un perfil sociológico y un curriculum generalmente muy aceptables: España entera estaba de vacaciones y ¿vamos a criticar que en estas primarias se haya dado una baja participación? ¿Vamos a hacer causa de algunas irregularidades en el censo? ¿Vamos a disfrutar porque el ritmo de afiliaciones haya bajado de más de dos mil al día a un poco más de mil? A mí no me parecen esas las razones para atacar a Podemos, la verdad, como tampoco que Errejón cobrase doble o que Pablo Iglesias tenga la osadía de cobrar su sueldo de eurodiputado, como hacen todos los demás. No, ni son filoetarras (pero si ETA ya ni existe...), ni siquiera antisistema, como quisieran algunas voces fanáticamente comprometidas en contra.

Para mí, el fenómeno Podemos tiene algunas connotaciones positivas: ha despertado muchas conciencias adormiladas y ha puesto nerviosos a algunos en Cataluña y en el País Vasco, que comprueban que sus bases no son tan secesionistas, al fin y al cabo, cuanto inconformistas. Lo que no les veo es gobernando, por mucho que hayan demostrado tener bastante más organización de lo que se les suponía. Hasta ahora, ni una idea original programática han aportado más allá de su hostilidad, perfectamente justificable por lo demás, a muchas cosas que forma(ba)n parte del statu quo. Y, de lo que aportaron, a veces han tenido que apearse. No será con citas al 'maestro' Gramsci como construiremos la España de 2020, o, ya que estamos, la de 2015. No será generando una España dividida, incluso generacionalmente, entre 'buenos' y 'malos', encorbatados y sin corbata, en la que se descalifica a tirios y a troyanos sin proponer alternativas reales, como los recién llegados -y ya era hora, convengamos, de que llegasen refuerzos a nuestra desgastada clase política-convencerán, a la hora de la verdad, que es la de introducir una papeleta en la urna,  a muchos de los que ahora, por dar una patada en las aborrecidas espinillas de lo establecido, dicen que les votarán.

Ya digo: apasionante 2015 para un mirón como el que suscribe. También eso hay que agradecérselo, en parte, a Podemos. Aunque, insisto, con eso no basta para llegar a gobernarnos, espero.


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