20 de julio de 2019, 23:49:17
Opinión


Rato y el fin de una era

Por Fernando Jáuregui


'Sic transit gloria mundi'. El altivo Rodrigo Rato, que fue vicepresidente del Gobierno, superministro económico, director del Fondo Monetario Internacional, presidente de la Caja más importante de España, el hombre cuyo nombre tantas veces se barajó como posible sucesor de Aznar en la presidencia del Gobierno, entraba en la noche de este miércoles en un vehículo policial para ser interrogado en dependencias policiales. De ellas regresó roto pasada la medianoche, diciendo, claro, que confiaba en la justicia.  La 'policía de Montoro', al fin y al cabo sucesor remoto de Rato al frente de los temas hacendísticos, empujó la cabeza del detenido por presuntos fraude, cohecho, blanqueo de capitales, quién sabe si apropiación indebida...para introducirlo en el coche que debería llevarle a unas horas de bochornosa detención, contemplada por todas las cámaras de televisión españolas.
 
El rostro de Rato, tan acostumbrado al mando, era un poema, como apareció en todas las portadas. Pudo haberlo sido casi todo, se creyó con derecho casi divino a casi todo, y se ha quedado en juguete estrepitosamente roto. Suyas son, en el pasado de vino y rosas, las palabras más duras de condena al fraude fiscal, ese mismo fraude que él tan generosamente ha practica en beneficio de sí mismo. Y este país, que condena con mucho más rigor los delitos económicos que los de homicidio, le ha dejado caer. Le han dejado caer su propio partido, al que ya no pertenecía, sus propios compañeros de filas, con los que compartió días de gloria y de poder absoluto y absolutamente ejercido, y los medios, que antes, algunos de ellos elogiaron su capacidad de gestión, sobre la que se escribieron hasta libros hagiográficos.
 
Ha acabado definitivamente una época. La detención de Rato es el fin de una era de corrupción. Ya nada será lo mismo que cuando aún era posible hacerse rico en un tiempo récord, como dijo otro superministro económico. Ya no podrán darse tesoreros que roban , tarjetas 'black' desde las que se defrauda al fisco, financiaciones escandalosamente ilegales de los partidos, recalificaciones urbanísticas bajo manga. Puede que todo eso haya terminado para una larga temporada. La impunidad, como bien ha querido demostrar la sociedad -jueces, el PP, los medios-con Rato, esa época en la que el que tenía el poder creía que todo le estaba permitido, ha concluido. Puede que sea el momento de ensayar también nuevas formas de gobernar, más participativas con el ciudadano, más transparentes, más cercanas. Esa es también una forma, posiblemente la más eficaz, de combatir las conductas corruptas de quienes poseen la caja de control de mandos del poder.
 
Puede que lleguen nuevas formas de corrupción. Y puede que ahora sea preciso reconstruir algunos momentos cuestionables del pasado, y ahí tanto PP y PSOE como otras formaciones políticas tendrán que lanzarse a un proceso de autocrítica, tan infrecuente en este país nuestro, y de revisión de mucho de lo malo que pasó. Pero ya nada volverá a ser como en los Bárcenas, Gürtel, ERE, Urdangarín y tantas operaciones que han dado nombre a redes delictivas. Rato ha marcado un 'hasta aquí llegaron las aguas fecales'. Yo, que conozco desde hace muchos años a Rodrigo Rato, hago mía la máxima de Concepción Arenal, 'odia el delito y compadece al delincuente', aunque, a veces, a algún delincuente -perdón, presunto delincuente-- que se aprovechó en exceso de su poder resulta difícil compadecerle. 


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