18 de octubre de 2019, 21:00:50
Opinión


Crónica de una muerte anunciada

Por Benito Fernández


Cuarenta años, han resistido cuarenta años en una comunidad en la que, por la ausencia de una burguesía industrial, el regionalismo y el nacionalismo apenas si calaron. Su nacimiento, allá por 1976, fue fruto de una época en la que las autonomías regionales surgieron como setas tras los pasos de las llamadas nacionalidades históricas y del café para todos de Manuel Clavero. Sus fundadores, Alejandro Rojas Marcos y Luis Uruñuela echaron mano de alguien que era casi un completo desconocido para la gran mayoría del pueblo andaluz, el notario de Coria del Río nacido en Casares, Blas Infante, el que sería después encumbrado como padre de la patria andaluza y adoptado tanto por sus mentores como por aquellos que lo habían ignorado cuando no despreciado. Su “Ideal Andaluz”, banderas e himno incluído, fue la biblia de un grupo de universitarios que pretendían reeditar en Andalucía los éxitos de los partidos nacionalistas catalanes y vascos.

Como aquí no existía una base económica de burguesía ilustrada que los respaldaras, el Compromiso Político por Andalucía decidió escorarse hacia la izquierda presentándose a las primeras elecciones democráticas de 1979 con las siglas PSA, Partido Socialista de Andalucía, facilmente confundible con el PSOE-A, que se alió con el PSP de Enrique Tierno Galván y obteniendo nada más y nada menos que 325.842 votos y cinco diputados en el Congreso, un récord que jamás volverían a repetir. Sus posteriores pactos con el PSOE cambiando la alcaldía de Granada por la de Sevilla, las continuas disputas entre sus líderes, fundamentalmente Rojas Marcos y Pedro Pacheco, las escisiones y divisiones internas y los acuerdos de Gobierno con Manuel Chaves en 1996 y en el 2000 no hicieron sino acrecentar su caída en desgracia hasta la total desaparición de sus representantes en el Parlamento andaluz a mediados de la primera década del siglo XXI.

De entonces a ahora su supervivencia ha sido una constante pérdida de votos y apoyos manteniendo su cada vez más escaso poder en algunos ayuntamientos principalmente de Cádiz y Sevilla, hasta las pasadas elecciones elecciones andaluzas en las que apenas superaron los sesenta mil votos, quedando detrás de nuevas fuerzas políticas como Podemos, Ciudadanos o UpyD. Con esos mimbres era lógico que sus actuales dirigentes hayan decidido acabar de una vez con un partido que ha pasado en tres décadas de gobernar en Andalucía a ser una fuerza residual. Algunos, a quienes nos llamaron entonces derrotistas y pájaros de mal agüero, ya lo auguramos hace más de una década (y ahí están las hemerotecas) Desgraciadamente no nos equivocábamos.

En esta complicada tesitura al Partido Andalucista le quedaban dos opciones, o echarse de nuevo en manos del PSOE como hicieron en su momento algunos de sus dirigentes históricos o del PP, o pactar con el partido con el que, en estos momentos, le une mayor afinidad, Ciudadanos de Albert Rivera. Su secretario general, Antonio Jesús Ruiz, ha optado por no seguir devaluando unas siglas que han sido cruciales en el desarrollo democrárico de Andalucía en los últimos cuarenta años y ha decidido no volver a presentarse a las elecciones.

Se acaba, por lo tanto una referencia histórica en la reciente etapa democrática andaluza de cuya muerte anunciada han sido culpables, sobre todo el personalismo de sus propios líderes. El PA ha sido clave pero no ha sabido encontrar su espacio en una sociedad, la andaluza, en la que el nacionalismo de centro ha sido absorbido paulatinamente por un socialismo omnipresente y un centroderecha de pura herencia claverista Descanse en paz. Algunos nuevos partidos del actual espectro político, con excesivos y diletantes personalismos dirigistas, deberían de tenerlo en cuenta a la hora de planear su futuro a medio y largo plazo.

P.D.-Como habrán observado, y sin que sirva de precedente, he obviado en este artículo cualquier crítica hacia los dirigentes socialistas, ya sean andaluces o nacionales. Lo digo porque parece ser que algunos de mis habituales lectores se quejan de lo que consideran mi obsesión con meterme con Susana Díaz o Pedro Sánchez. Nada más lejos de la realidad. He de confesarles que tengo muchos más amigos entre los dirigentes socialistas que entre los del PP, algunos de los cuales no me han tratado precisamente bien. Mi relación personal con José Rodríguez de la Borbolla, Manuel Chaves, Gaspar Zarrías, Pepe Caballos, Manuel Pezzi, Juan Espadas, Javier Torres Vela,Antonio Ojeda, Amparo Rubiales, Micaela Navarro y otros dirigentes o exdirigentes socialistas es infinitamente mejor que con la nueva hornada de directivos populares con los que apenas he cruzado una palabra. Así que, aunque pidiendo disculpas por si algunas vez me he pasado de rosca, les aseguro que continuaré criticando en estos artículos a los que ostentan el poder en Andalucía. Un poder que, eso sí gracias a las urnas, llevan detentando desde hace más de cuarenta años. Es lo que hay. A quien no le guste, ya lo dice el refrán, ajo y agua.

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