14 de octubre de 2019, 0:12:36
Opinión


Ahora en serio: ¿qué van a hacer con mi voto estos señores?

Por Fernando Jáuregui


Ya se sabe que, en una democracia parlamentaria, un voto vale lo que valen los pactos posteriores entre los partidos, en el caso de que ninguno haya logrado una mayoría suficiente para gobernar. Y, así, puede ocurrir que, por ejemplo, usted vote al PSOE pensando en que reforzaría el ala centro-izquierda de una gran coalición de centro y, sin embargo, su voto acabe en una coalición de izquierda ‘fuerte’ con Podemos. Como les ocurrió, por otro lado, a muchos que, por ejemplo, votaron en mayo a Ciudadanos para desalojar al alcalde que tenían hasta el momento y su voto sirvió…para reforzar a ese alcalde. Así que usted, cuando vota, ya sabe que su papeleta puede acabar en una de las dos opciones que han de helarle el corazón, que, en esta circunstancia, aquí y ahora, son: un bloque de centro-derecha-centro-centro y centro-izquierda para poner en marcha una serie de reformas imprescindibles, o un bloque de centro-izquierda-izquierda dura-separatistas para impulsar de manera más radical y profunda acaso las mismas reformas, más otras acaso más inesperadas.

Es decir, hablamos de un futuro reformista en todo caso, pero con diferente intensidad y foco en algunos de los aspectos regeneracionistas que se propongan o pongan en marcha. ¿Por cuál de las dos opciones votó usted? Yo reconozco que, tapándome la nariz, porque no estaba de acuerdo con algunos nombres de la candidatura, voté a un partido que ahora duda entre uno u otro camino. El primero es el más conservador, el segundo, aunque pueda ser más innovador, es el más inesperado. El menos previsible, como le gusta decir al presidente del Gobierno en funciones.

Digo todo lo que antecede porque este lunes los dos personajes sobre los que bascula el futuro político de nuestro país –dejémonos de emergentes—tendrán que decantarse. No es cierto que solamente a Pedro Sánchez, que habrá de explicar, alto y claro, cuáles son sus planes de alianzas ante un comité federal del PSOE que hacía tiempo que no estaba tan revuelto, le corresponda tomar un rumbo claro. También es el turno de Mariano Rajoy, que recibió en La Moncloa la pasada semana a Sánchez, para recibir un severo portazo en pleno rostro, mucho más doloroso que el puñetazo insensato del mozalbete de Pontevedra; porque Rajoy, que este lunes ha llamado al recinto monclovita a Albert Rivera y a Pablo Iglesias, también tiene que fijar el rumbo. ¿Cuál es el alcance, la dimensión, cuáles son los tiempos, de las reformas para las que va a ofrecer y pedir consenso? Porque, si usted se fija, la verdad es que aún no lo sabemos.

Creo que ninguno de los dos se da cuenta cabal de hasta qué punto sus cabezas políticas penden de un hilo. Si son incompatibles porque están muy enfadados el uno con el otro, pues que se marchen y dejen el paso a alguien con mayor capacidad de diálogo. Claro que fue un error aquel del líder socialista diciendo a Rajoy, en su debate ‘cara a cara’, que no era un político decente; y naturalmente que se equivocó Rajoy en su airada reacción, lógica humanamente, pero no políticamente en momentos como los que vive el país, con Cataluña y tantos otros desafíos que afectan al mismísimo ser de la nación.

Ya sé que Rajoy presume (¿falsamente?) de no leer los periódicos, de no escuchar las tertulias radiofónicas ni ver las televisivas; Sánchez sí lo hace, pero tengo la impresión de que ahora prefiere escuchar los cantos de sirena de sus adláteres (“tú puedes llegar a presidente, Pedro”) que las voces cada vez más alarmadas de los comentaristas, que no acaban de ver cuál es la salida entre las dos opciones, más allá de un pacto por el progreso, una especie de refundación de la vida política nacional a base de un acuerdo tripartito por la regeneración. Y si a ese acuerdo pudiese sumarse, en todo o en parte, Podemos, pues mejor. Y si ese acuerdo necesita que Rajoy tenga la grandeza –como ya le sugieren algunos—de dejar paso a un/a sucesor/a, pues hágase. Y si necesita que los ’barones’ socialistas busquen a corto plazo un recambio para un Sánchez que no haya hecho bien los deberes, pues lo mismo.

Se trata, en definitiva, no de ver quién puede ser el presidente del Gobierno de España, si Rajoy, Sánchez o un independiente, como sugerían algunos de Podemos (olvidando que, en estos casos, no hay independientes; como mucho, tecnócratas como los que la UE colocó hace años en Grecia e Italia, recuerden); se trata, por el contrario, de ver cómo compiten y se complementan los programas reformistas. Y, para ello, bueno sería que, por ejemplo, Rajoy, en lugar de mantener conversaciones reservadas en el sillón de psiquiatra de La Moncloa, hiciese saber a la ciudadanía hasta dónde está dispuesto a llegar en lo que hasta ahora ha estado varado, es decir, en la profundización de la democracia española. Que delinease cuanto antes un programa de acción –él, que no es un hombre de acción, aunque sí es reflexivo—y que, en lugar de presidencias del Congreso o de Paradores, pongamos por caso, ofrezca este programa a sus tres –tres—interlocutores en busca de la formación de un Ejecutivo estable. Estable, claro, para dos años, que es el tiempo máximo en el que deberían estar culminadas las reformas, incluyendo, desde luego, la constitucional. Luego volveríamos al juego de tronos.

Que se dejen de interpretar a su libre albedrío y capricho nuestros votos: creo que muy pocos españoles, e incluyo a los nacionalistas, se mostrarían disconformes con un panorama así, en el que los frentismos, las dos Españas y la posibilidad de una repetición de las elecciones quedasen descartados y sustituidos por un plan de acción audaz y consensuado. Antes lo pedíamos apenas unos cuantos, a los que se nos acusaba primero de hacer el juego a la izquierda, ahora de hacer lo mismo con la derecha; viejos cainismos que corresponden a una ya muy vieja concepción de la política. Si Rajoy no puede formar en solitario un Gobierno que actuase como lo ha hecho el que ha venido presidiendo, o sea, enrocado políticamente y absorto por el crecimiento económico, pues que se invente otra cosa; por ejemplo, esto que ahora ya somos muchos quienes venimos pidiéndolo. Si Sánchez no puede convencer a sus ‘barones’ para tirar por uno u otro camino, que haga como Albert Rivera: que reconsidere sus postulados de ‘no pactaré nunca con la derecha ni con Bildu’ y se avenga a una solución ‘a la alemana’ (gran coalición), ya que ‘a la portuguesa’ (pacto de izquierda) le iba a ser complicado lograrlo.

En todo caso, espero que los señores del bipartidismo que ya no podrá ser expliquen a sus millones de votantes qué diablos van a hacer con las papeletas que pusieron en sus manos. Y que luego, a la voz de ‘ya’, empiecen por reformar este sistema electoral, tan injusto, que nos ha conducido a donde estamos, es decir, ni a Alemania ni a Portugal, sino, más bien, a la peor Italia anterior al admirable Renzi. Solo que aquí, señores, aparte de no tener un Renzi, tenemos además a una Cataluña, ya lo ven ustedes, en manos de algo como la CUP, y así andan las cosas por culpa de tantas torpezas como unos, otros y los de más allá, han ido cometiendo desde hace tantos años. Ahora hay que buscar soluciones consensuadas, y tampoco parece que Artur Mas sea ya la persona para ello.

¿Es todo esto que vivimos en estas horas, de verdad, lo que los electores queríamos cuando nos acercamos a las urnas hace una semana?¿Es lo que querían los catalanes cuando votaron allá por el 27 de septiembre? Ahora muy en serio: ¿quieren ustedes, señores representantes de la nación, dejar de jugar a los estrategas de salón, a maestros del ping pong o del futbolín, y explicarme de una vez qué diablos van a hacer con mi voto?

- El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'

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