21 de octubre de 2019, 14:08:55
Opinión


Carmena y la tradición

Por José-Miguel Vila / @josemiguelvila


Para unos, no hay duda de que el PP ha aprovechado la oportunidad para lanzar una ofensiva contra la alcaldesa del Ayuntamiento de Madrid, Manuela Carmena, por la nueva concepción -... digamos estética- de la cabalgata de Reyes de este año. Para el gobierno municipal de la capital, sin embargo, no hay ruptura alguna de la tradición y defiende los trajes de los Magos como una “elección estética”.

Los principios que han movido al responsable de vestuario de la cabalgata de la capital, Jorge Tutor, según explicó en la presentación del desfile, han sido los de alejarse del estilo barroco con el que vestían los Reyes y apostar por unos ropajes más sencillos. Claro que para Tutor “sencillos” significa vestir a Melchor, el Mago anciano y con una larga barba blanca, con una túnica azul eléctrico con motivos vegetales en negro y una corona dorada. Un atuendo que ha sido comparado en las redes sociales con el mago Merlín del rey Arturo. Gaspar iba ataviado con una túnica rosa con dibujos de aves y plantas, en tonos amarillos, plateados y negros, además de una sencilla corona. Por su parte, Baltasar vestía una túnica verde con motivos geométricos y un turbante fucsia con plumas de faisán. Y los tres, sin capa alguna.

¿Inexperiencia, osadía, provocación? De todas formas se ha interpretado el hecho de que Manuela Carmena, haya permitido que su concejal de Cultura, Celia Mayer, haya dado un vuelco tan radical a la interpretación libre de una tradición netamente cristiana como es la de los Reyes Magos. En todo caso, son ellas las responsables del nuevo giro dado al desfile y si hay algún tipo de responsabilidades políticas por ello, corresponde a la concejala y a la alcaldesa, y no al responsable de vestuario.

Aunque aparentemente este no sea un asunto clave en el gobierno de la capital, tan lleno de problemas cotidianos de gran calado (limpieza, seguridad, urbanismo, etc.), no creo que deba dejarse pasar sin antes haber reflexionado acerca del concepto y utilización que un gobierno municipal puede hacer de una tradición como la de la cabalgata de Reyes y, por otro lado, del concepto de estética que se ha enarbolado en la misma.

Por mera cuestión metodológica, y para no participar de esta confusión partidista que se genera siempre con estos temas, vamos por partes. En primer lugar, y recurriendo a la autoridad de la Real Academia Española de la Lengua, no hay más que consultar su diccionario para acabar confirmando que el término “tradición” (del latín traditio, -ōnis), hace alusión a la “transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres, etc., hecha de generación en generación”. Es decir, que, al margen de la verosimilitud o no de los hechos o las creencias transmitidas secularmente -como es el caso-, lo importante para determinar si se ha transgredido o vulnerado esa tradición es analizar si en esta ocasión se puede afirmar que esa indumentaria podría ser calificada como una evolución lógica de las de anteriores cabalgatas. No creo que haya que ser un lince, o un profesor de estética para colegir que no.

La segunda cuestión sobre la que hay que incidir es precisamente esta de la estética. Sobre gustos -es cierto-, como dice el refranero español, no hay nada escrito, y cada cual puede pensar lo que quiera respecto a la belleza del vestuario elegido. Para el Ayuntamiento madrileño se trata de una “elección estética” que “en ningún caso pretendía ofender a nadie”. Damos por buena y sincera esta apreciación, pero espero que la señora Carmena esté conmigo en aceptar que, muchas veces, nuestras buenas intenciones pueden herir la susceptibilidad de los demás y, en ese caso, nuestra bonhomía se puede medir por nuestro grado de humildad, por nuestra capacidad de pedir perdón a alguien que se ha visto afectado por una de nuestras palabras, nuestras decisiones o nuestros actos, aún sin haberlo pretendido expresamente.

Y hasta aquí quería yo llegar. La alcaldesa de Madrid puede aceptar o no una tradición netamente cristiana como esta. Es más, puede, incluso, dejar de celebrar la cabalgata de Reyes en años sucesivos, si cree que la gran mayoría del pueblo madrileño permanece ajeno a este tipo de celebraciones que a ella (desconozco si es así o no, hablo solo en hipótesis) pueda parecerle también una tradición grotesca, o enraizada en lo más turbio o repudiable del acervo cristiano. Perfecto. Tiene todo el derecho de pensarlo y está, incluso, legitimada para no presupuestar ni un solo euro para la cabalgata del año que viene. Pero, por favor, si no es así, aténgase a la tradición, e innove en donde tiene que innovar.

De no ser así, correrá nuevamente el riesgo, no solo de defraudar a los ciudadanos que le han votado, sino también -y sobre todo- a los futuros ciudadanos que, dentro de 10 o 12 años tendrán que decidir si la votan (a ella, o a las siglas que representa, me da igual), en función del recuerdo que les marcó un desfile, que ustedes llamaron cabalgata, en donde ninguno de ellos supo reconocer al rey mago que buscaba. Y, de verdad, que no exagero. A los nietos de un amigo, dos gemelos de cinco años, les pasó exactamente eso: “Mamá, papá, ¿cuándo pasan los Reyes Magos...?

La innovación, la modernidad, puede llegar a provocar una confusión tal, que nadie reconozca lo representado. Y el asunto es más grave cuando se trata de una tradición que afecta a las creencias y los sentimientos de la mayor parte de la población que acude a contemplarla. Las tradiciones se pueden actualizar o modernizar, sí, pero no desvirtuar. Sería mejor que las suprimiese, si así lo considera, pero ateniéndose después a las consecuencias. De popularidad o electorales, o de juicio estético -me da lo mismo-. Pero, por favor, no diga usted digo, donde quiere decir Diego.

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