11 de diciembre de 2019, 1:31:35
Opinión


Repito: ¿Sánchez, presidente del Gobierno?

Por Fernando Jáuregui


En la noche electoral, urgido por los tiempos periodísticos, y cuando los resultados no estaban del todo consolidados, hube de enviar a Off the Record y a mi periódico un comentario de urgencia titulado “¿Sánchez, presidente del Gobierno?”. La crónica se publicó, pese a lo avanzado de la hora del envío, en varios diarios, y en uno, por aquello de los duendes que moran en los ordenadores, mi firma apareció sustituida por la de Ramón Jáuregui, eurodiputado y, sospecho, no entusiasta de la actual deriva del secretario general de su partido, quien me llamó alarmado, no tanto por la equivocación nominal –muchas veces me han confundido con mi amigo el eurodiputado y ex dirigente socialista vasco— cuanto por el contenido: “¿tú crees”, me preguntó cauto, “que Pedro puede ser presidente del Gobierno?”. “Hombre”, le respondí, “depende de las vueltas que vaya a dar la vida”. Un mes y once días y sus correspondientes noches después, mi precipitada teoría puede convertirse en realidad: la vida, y Sánchez, están dando muchas vueltas.

Esta semana, puede –puede- que el Rey, abrumado por las irresponsabilidades de algunos políticos y por los agujeros que está evidenciando en este campo la Constitución, acabe encargando a Pedro Sánchez que intente formar Gobierno y se someta a la investidura. Suponiendo que Rajoy haya desistido, como creen algunos que le son próximos, de intentarlo siquiera, a la vista de los portazos que Sánchez y la corrupción de algunos de quienes fueron suyos le prodigan. Entonces, el secretario general del PSOE, a quien sin duda sus ‘barones’ odian un poco más desde que el sábado se sacó de la manga lo de la consulta –“confusa”, “imprecisa”, la calificaban los editoriales de muchos medios este domingo—a las bases militantes, tendrá que ponerse ya formalmente en contacto con Pablo Iglesias. Si es que no lo está haciendo ya de manera informal, claro. Y entonces empezar a hablar de ‘programa, programa, programa’, sí; pero también de vicepresidencias y ministerios, del CNI, de la presidencia de RTVE, de las empresas públicas y de todas esas cosas que son la sal de la vida. De la vida política, quiero decir.

Luego, habrá que saber qué hacen los nacionalistas y los diputados de Esquerra. ¿Se ausentarán del hemiciclo cuando se vote la investidura, alegando que esas no son cosas que vayan con ellos, que pretenden un Estado diferente al que España representa? ¿Hará lo mismo el PNV? Entonces, con la ausencia cómplice de estos grupos y el ‘sí’ rentable de Podemos y de IU, Pedro Sánchez podría acaso –acaso: porque hay que echar muchas cuentas: ¿qué harán los ‘pequeños’?- resultar investido, con el voto contrario del PP, quizá el silencio de Ciudadanos y las ausencias muy significativas de quienes, ya digo, piensan en un Estado distinto y distante del actual español.

Menuda investidura, menudo Gobierno, menudo futuro, menuda democracia. Sánchez se iba a encontrar con la enemiga de media Cámara, con las exigencias de otra media y con la indiferencia de los restantes. Y con la hostilidad del Ibex, de los inversores, de la mayor parte de los medios, que no ven clara la operación, de los sectores dominantes de la UE, encabezados por un Juncker al que ya le sacudió, en su día, la primera patada. También, como es natural, le aguardarán a la puerta, esperando ver desfilar el cadáver de su enemigo, los ‘barones’ socialistas, a los que sorprendió –y encima, tuvieron que aplaudir- el sábado en el Comité Federal con su iniciativa de una consulta a la militancia. Porque enemigo es ya Pedro Sánchez para amplios sectores del PSOE, no solamente los del ‘viejo Testamento’, y para algunos ‘mass media’ que antes le apoyaban. Y para muchos ciudadanos, asustados por la perspectiva de haber apoyado, con su voto al PSOE, un Gobierno dominado por quien, como prioridad en esta vida, se ha fijado ser el nuevo Pablo Iglesias del socialismo: es decir, tragarse al ‘viejo PSOE’ del ‘viejo Pablo Iglesias’. Es tiempo de cambios, oiga, pero no tan apresurados: cambiar es saber hacia dónde se cambia, no variar el rumbo hacia-quién-sabe-dónde, pero hacia otro lado en todo caso.

Comprendo la angustia del Rey, tan limitado constitucionalmente que no podrá ni siquiera decirle a Sánchez este martes todas estas cosas, tan evidentes. Ni podría forzar a Rajoy para que acepte, glub, someterse a la tortura de la investidura, en estas horas para él bajas, roncas y valencianas. Se trata de que, al menos, empiecen a correr los plazos que marca la Constitución a partir de esa aún imposible de divisar sesión parlamentaria, dos meses, hacia una indeseable –o ya no tanto, en función de qué pactos se consigan— repetición de las elecciones. Vaya follón. Y total, para que unas nuevas elecciones, sometidas a la misma normativa electoral, a la misma Constitución, a los mismos reglamentos de Congreso y Senado, nos llevasen a resultados similares a los que ahora paralizan la vida política (y la económica, y algo también la social) del país.

Yo pediría a Sánchez, que tan arriesgadas piruetas piensa ensayar, que también someta a la militancia socialista otras posibles opciones de Gobierno y de cambios reformistas: por ejemplo, un pacto con un PP renovado, sin Rajoy a la cabeza, en torno a un programa pactado por ‘populares’, socialistas y Ciudadanos, que garantice también la estabilidad regional durante dos años. O un pacto en el que la cabeza del Ejecutivo, igualmente durante un tiempo tasado, fuese Albert Rivera, contando con un Gobierno de independientes, de socialistas y de ‘populares’, mientras Sánchez y Rajoy, al frente de sus partidos, organizan los respectivos congresos de sus formaciones.

Ya sé que me dirán que el PP ha sido el más votado y eso le obliga a intentar la investidura, pero eso no le basta: solo podría pactar con Ciudadanos. Y que me dirán que el PSOE quedó segundo y puede pactar con los terceros –pero no simultáneamente con los cuartos—y eso puede que tampoco baste, y que, si basta, sea porque se ha llegado a acuerdos bajo la mesa con los quintos y los sextos, o sea, con nacionalistas y separatistas. El lío padre. Pues entonces, ya que todos miran hacia los cuarteles del líder de Ciudadanos como el novio ideal para pactar con él, que le hagan presidente para organizar todas esas reformas democráticas que impedirían que las próximas elecciones tengan un comportamiento como las del pasado 20 de diciembre. Y que servirían para encauzar a España hacia la modernidad y la democracia regeneradas, al fin, con el horizonte puesto en 2020.

Pero me temo que Sánchez no va a consultar, ni agotar, más posibilidades que las derivadas de un Gobierno que él llama ‘de progreso’. Porque, aunque no quiera sillones, sí quiere ocupar un sillón muy específico, y esta es su única y quizá última oportunidad de hacer bueno aquel titular que yo forcé para mi crónica en la noche de ese 20 de diciembre, mientras la lluvia de resultados anunciaba que se nos echaba encima una situación muy, pero que muy confusa. Y no es precisamente que Rajoy, ni Sánchez, ni Iglesias, estén trabajando mucho por arreglarla, mientras el ‘cuarto hombre’, o sea, Rivera, se cruza de brazos, a ver qué y quién cae. Glorioso espectáculo, que diría Forges. ¡Ah! Y no olvidemos que, mientras, los plazos también corren en Cataluña. Y en tantas otras plazas.

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