22 de octubre de 2019, 12:06:50
Opinión


La facebokcracia

Por Manuel Juliá


Platón no quería en su República a los poetas. Quizá porque imaginaba que con el tiempo la retórica suplantaría al gobierno. Se adelantó muchos siglos a Ortega y a Macluhan. Ponga un mensaje vano, o vacuo, una masa, un poeta político (expresión que me acabo de inventar), o retórico grandilocuente, de esos que tienen frases para todo y soluciones para nada, y ya tiene una fotografía de la democracia que estamos viviendo. Si tienes un problema yo te largo una frase ingeniosa y te ríes, o me dices muy bien tío dales caña aunque te pidan tregua. Y ya está todo arreglado. O a lo mejor haces un referéndum entre las bases para palpar el sentimiento de la gente. Borges, de quien sus no lectores dicen que era fascista, escribió de esta democracia que es una verdad estadística. Y el mismo Platón abogaba por que en el gobierno de la República estuviesen los mejores. La razón es que los mejores son los que mejor pueden arreglar los problemas peores. Y para eso los elige el pueblo. Para que le resuelvan sus problemas y todo vaya mejor. Si la tierra es redonda o plana no se puede decidir con una consulta a las bases.

El político tiene que estudiar los temas, asesorarse de los mejores, romperse el coco, arriesgarse y dar soluciones a la gente para que se las ratifiquen o se las echen atrás. Vamos, lanzarse al ruedo y torear y que la gente silbe o aplauda, lo saquen en hombros o no lo vuelvan a contratar ni en una fiesta de barrio. Lo contrario a esto es vivir en las frases, engolosinar al pueblo, gobernar desde Facebook o Twitter buscando apoyo a generalidades sin sustancia. El buen político ofrece soluciones aunque a veces le perjudiquen en lo personal. El mal político ofrece grandes frases para levantar los sentimientos, pero no arregla nada. Paul Krugman lo explica muy bien poniendo de ejemplo al demócrata Bernie Sanders en su campaña contra los grandes bancos, cuando en realidad la crisis no tuvo su origen en estos sino en “bancos en la sombra” como Lehman Brothers, que no eran tan grandes. La mejor manera de respetar al pueblo es decirle la verdad.

No sé usted lector pero yo ya estoy harto de políticos de eslóganes facilones. Me gustan más los que se decantan por la reflexión concienzuda. Y como soy pueblo me sienta mal que me conciban idiotizado, como si no pudiera llegar a la verdad de los problemas. Y si fuera de Podemos me sentiría utilizado al tener que decir en una votación que Albert Rivera no es mi tipo. Para este viaje no hacen falta esas alforjas. Además, votará un porcentaje no muy grande del casi medio millón de seguidores. Seguro que no llega ni al 50%. ¿Y qué pasa entonces con los que no votan? ¿Son abstención, están a favor, en contra, no pintan nada, son números sin carne, son dígitos sin alma…?

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