19 de octubre de 2019, 12:06:13
Educa2020


Por qué nos complicamos la vida

Por Francisco Lorenzo


El otro día descubrí un acertijo nuevo. Es muy sencillo en su planteamiento, pero algo más complejo en su resolución. Consiste en lo siguiente.
Tenemos una serie de igualdades:
4 4 4 4 = 0
4 4 4 4 = 1
4 4 4 4 = 2
…y así hasta llegar a 4 4 4 4 = 10


Hay que conseguir convertir cada una de ellas en algo matemáticamente correcto añadiendo cualquier signo matemático a la izquierda de la igualdad.
Así, por ejemplo, para conseguir que 4 4 4 4 = 8, podemos hacer lo siguiente:
4 x 4 – 4 – 4 = 8


Como vemos, es matemáticamente correcto. Por supuesto, no es la única solución, también tenemos 4 x 4 – (4 + 4) = 8, además de otras cuantas que os animo a encontrar. Cualquiera de ellas es válida mientras sea matemáticamente correcta y cualquier signo matemático es válido.


Estaba resolviéndolas sin un orden determinado cuando llegué a la del 4, es decir:
4 4 4 4 = 4


De nuevo hay varias soluciones posibles. Una de ellas, por ejemplo:
4 x (4 – 4) + 4 = 4


Y entonces se me ocurrió. La solución más sencilla de todas y la que menos cantidad de signos utiliza es la siguiente:
4 = 4 = 4 = 4 = 4


Es algo matemáticamente correcto, ¿verdad? Y los signos utilizados son signos muy usados en operaciones matemáticas. Entonces, ¿por qué el cerebro se nos va automáticamente a buscar una solución más compleja con mases, menos, paréntesis, raíces cuadradas y demás? ¿Por qué no va primero a lo más sencillo?
La respuesta sí que es sencilla: porque, ante un problema aparentemente complejo (o al que al menos hay que dar unas cuantas vueltas), nuestro cerebro cree que la solución también tiene que ser compleja. Es a lo que nos han acostumbrado desde pequeños. Y esto ocurre tanto en los acertijos como en los problemas a los que nos enfrentamos en la vida diaria.
Hay un caso que siempre me gusta contar en las formaciones de creatividad. Una empresa con una sede en un edificio de bastantes plantas tenía constantes quejas de que los ascensores eran muy lentos. El equipo directivo se reunió para encontrar una solución y, obviamente, el cerebro se les iba a las soluciones que implicaban atacar el problema a través de soluciones que tenían que ver con acelerar la velocidad de los ascensores. Una solución desde luego nada sencilla y tampoco barata, ni en dinero ni en tiempo.


Por fortuna, una persona que prefería las soluciones fáciles propuso atacar el problema dándole otro enfoque. ¿Y si se centraban en que el problema eran las quejas de la gente y no la velocidad de los ascensores? Una solución muy sencilla de implantar y poco costosa fue poner espejos a ambos lados de las puertas de la cabina en todas las plantas. Cuando estuvieron instalados, la gente se miraba en ellos y aprovechaba para arreglarse el nudo de la corbata o peinarse el flequillo y, antes de que se dieran cuenta, el ascensor ya había llegado. Las quejas disminuyeron considerablemente.


El cerebro tiende a buscar soluciones complejas ante problemas en apariencia complejos. La próxima vez que os ocurra preguntaos “¿puedo cambiar el enfoque del problema?”. Y, si así no surge nada, pensad “¿cómo puedo cambiar el enfoque de la solución?”.
Una solución sencilla puede que sea más difícil de encontrar, pero sólo mientras no tengas tu cerebro entrenado para ello.

Francisco Lorenzo
www.inteligenciadivergente.com
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