17 de octubre de 2019, 20:53:31
Opinión


La orilla de los pájaros

Por Manuel Juliá


Estaba cerca del mar y una ola susurró en mi olvido. Abrió una puerta que venía de años lejanos y sentí que el mar es de las imágenes que mejor subsisten en el recuerdo. Aunque la playa parecía un mercado de cuerpos sudorosos y grasientos (y me decía que jamás volvería al Mediterráneo en agosto) mi mente y mi recuerdo fueron capaces de separar la arena tumultuosa y ciega de la gran extensión azul que ocupaba el mar. Mis ojos se quedaron quietos mirando el horizonte. Las sombras móviles del paseo marítimo desaparecieron de repente. Miraba al frente y tan a lo lejos que hasta un yate gigantesco que estaba varado cerca de la orilla, y un carguero plano y pesaroso, desaparecieron de repente de mi campo visual.

Entre la extensión de gente apelmazada, por el enjambre de sombrillas, de tela o madera, levitando las primeras y como árboles secos las segundas, me fue fácil aislar mis ojos en el recuerdo de un día hermoso de la infancia en una playa solitaria. Viajé hacia aquel día sin esfuerzo y volví a sentir aquel mar habitado por una pequeña bandada de pájaros que viajaban hacia el sur. Como entonces, al fondo de aquel vasto cristal, volví a ver una bruma leve que imaginé una cortina blanca que escondía un secreto divino y hermoso. Imaginándolo, como entonces, me vi como un espejo más de la naturaleza. Comprendí que dentro de mí estarían todas las imágenes de ese secreto.

Aun estando abajo, aun siendo un punto minúsculo de la vida perdido entre la muchedumbre, me fue fácil ver a la naturaleza en su soledad, en su música honda producida por el avance del viento. Pude sentir que aquel mar solo existía para mí, y que la naturaleza, en su esencia de madre biológica, me entregaba un amor sin tiempo y sin límites, un amor que no había sido manchado por el calendario o las sombras del vacío que envuelven el tiempo.

Aunque solo miraba a uno sabía que frente a mí había dos mundos. El primigenio, limpio y ancestral, subsistiendo casi con las mismas imágenes de su nacimiento, postrado en una metafísica hermosa que después de surcar la razón se quedaba a vivir en la poesía. Y el otro, creado por lo humano, abrumado por hileras de edificios sucios y viejos proyectados como una colmena de abejas pero sin su orden. El monte pelado, con ese gris que nace en lo que se acaba, parecía contemplar el mar, echarse encima de los primeros ladrillos de la ciudad. La arena había desaparecido. El paseo marítimo mantenía unas palmeras de semblante triste y unos olmos oscuros que se lamentaban por el roce del aire grasiento. Entre esos dos mundos fue sencillo mirar a lo lejos, mirar arriba, ver como algunos pájaros despertaban al atardecer y viajaban sin mirar atrás hacia la otra orilla.
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