20 de noviembre de 2019, 22:59:05
Opinión


El gran 'éxito' de Rita: hablan de ella en Bratislava

Por Fernando Jáuregui


Este país nuestro sigue sorprendiéndonos cada día: que nombres como los de Rita Barberá, Manuel Chaves o José Antonio Griñán, que pertenecen al pasado ya inoperativo y hasta algo rancio, hayan sido los que hayan protagonizado los titulares de la semana, resulta, cuando menos, sintomático. Máxime si la ex alcaldesa valenciana se convirtió nada menos que en la protagonista de las preguntas de los medios a Mariano Rajoy en la importante 'cumbre' de Bratislava, que se celebró en medio de una justificada alarma por el futuro de una Europa que ha venido funcionando razonablemente bien*hasta ahora.

Hace tiempo que tengo la tesis de que nuestros próceres políticos necesitan de esa corrupción pretérita -la actual ni es tan importante ni discurre por los cauces de la que imperó hace diez, cinco, tres años- para lanzársela a la cabeza, en ese juego aberrante del 'y tú más' que les sirve de pretexto para no hacer pactos que redunden en bien del progreso de España. Creo que ni Barberá, cuyas actitudes poco elegantes son evidentes, ni los ex presidentes andaluces y del PSOE, que bastante están pagando sus negligencias políticas, se han llevado ni un euro, ni una peseta, a sus bolsillos particulares. Y si alguien puede demostrar lo contrario, que lo haga de una vez. Y conste que evito mostrar la menor simpatía por ellos: simplemente, me gustaría dejar las cosas en las dimensiones que creo que tienen, que sean los jueces los que actúen, y no esas legiones de juzgadores profesionales cuya dedicación primordial en la vida es lapidar el árbol caído, que de los poderosos bien se cuidan.

Lo que ocurre es que a mi juicio desmesurada petición fiscal contra Griñán ha servido al PP para sugerir que ya está bien de ver la paja en el ojo ajeno y nada de la viga en el propio. Que Pedro Sánchez ya no puede escudarse en la corrupción del PP para mantener su 'no, no y no' a facilitar una investidura de Rajoy, que, con todos sus claros y oscuros -que vaya si los hay; de ambas cosas hay bastante- ha sido quien ha ganado las elecciones y quien, aún por mayor distancia, volvería a ganar, dicen las cuestionadas encuestas, unos terceros comicios en un año, Dios (y Sánchez) quieran evitarlos.

Así que ahora se entiende aún menos qué diablos tiene el secretario general del PSOE en la cabeza cuando dice que ni quiere esos terceros comicios -su círculo pretoriano le tiene convencido de que mejorarían en escaños y darían la puntilla a Podemos, contra lo que evidencian otros sondeos-, ni quiere liderar una opción alternativa, lo que también es falso. Y cuando sabe tan bien como usted o como yo que no va a poder jamás tejer esa alternativa juntando a Podemos y Ciudadanos, y que necesitaría a nacionalistas vascos, a separatistas catalanes y a Bildu para, con Podemos, sumar los votos suficientes para destronar a Rajoy de La Moncloa en una sesión de investidura.

También sabe Sánchez que ese 'Gobierno de progreso' no podrá formarlo jamás con la anuencia de los dirigentes, ni de las bases, ni de los votantes socialistas. Y menos con los del 'viejo testamento', como el ex presidente extremeño Rodríguez Ibarra, guardando las esencias. Ya ha advertido Susana Díaz, que controla el mayor granero de escaños y votos socialistas y que es persona calculadora y de sentido común, que, tras las elecciones vascas y gallegas, en las que presumiblemente el PSOE cosechará sendos malos resultados (esto lo digo yo, no ella), habrá un comité federal -parece que el secretario general y los que le quedan fieles en la ejecutiva se resisten a convocarlo, pero tendrán que hacerlo- en el que dirá 'lo que tenga que decir'.

Y da la impresión de que tanto ella como otros 'barones' y miembros del comité que no son 'barones' tienen mucho que decir, muchas cuentas que pasar -Sánchez no se habla con varios de esos 'barones' territoriales_ y una política que rectificar: el PSOE debe permanecer en la oposición, que es lo que han querido los votantes, y por tanto facilitar, con su abstención y condiciones, la investidura de alguien del PP, referiblemente de alguien menos viscoso que Rajoy.

De manera que nos hallamos ante el último fin de semana de campaña autonómica en Galicia y en Euskadi de cara a las elecciones del domingo 25, fecha tras la que se empezará a montar el gran castillo de fuegos artificiales, el ruido de un centenar de mascletás barberianas y los efectos de un tsunami devastador para los intereses de alguno(s). Lo que no puede ocurrir de ninguna manera es que todo siga igual en un mundo cambiante, mire usted, si no, a Europa o a los Estados Unidos, en una sociedad anhelante y con un Gobierno que lleva nueve meses en funciones y funcionando, por tanto, a medio gas, como mucho. ¿Mi apuesta? Me arriesgo, pero no creo que demasiado: esas terceras elecciones no se celebrarán, cueste lo que cueste, haya que cambiar los rostros y las actitudes que haya que cambiar. Y pido a Dios que no me equivoque, como tantas veces me ocurre por culpa de un inveterado optimismo. Porque lo peor que nos puede pasar no es que se marchen Sánchez, o -muy improbable a corto plazo- Rajoy: lo peor serían esas terceras elecciones por las que todo el mundo, más divertido aún que alarmado, preguntaba el viernes a Rajoy en Bratislava. Y no, por Barberá solamente le preguntábamos nosotros, los periodistas españoles, claro.

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