26 de octubre de 2020, 12:02:28
Opinión


Negociar la paz

Por Javier Fernández Arribas


Los días históricos que vive Colombia por la firma de los acuerdos de paz entre el Gobierno y las FARC van a marcar un punto de inflexión indudable para la vida de los colombianos. Seguro que para bien, aunque hay numerosos detractores encabezados por el ex presidente Álvaro Uribe. Por encima de los principios y valores, se ha impuesto el pragmatismo de la obligación de negociar con una organización más terrorista y narcotraficante en los últimos años, que una guerrilla defensora de los derechos de los campesinos como era en sus orígenes hace 54 años.

Las FARC se convirtieron casi en un Estado dentro del Estado, en una zona montañosa del país de acceso muy complicado y con un radio de acción violenta y terrorista con atentados y secuestros en todo el territorio colombiano.

Hay que recordar este punto a la hora de valorar el éxito de los acuerdos para los que sostienen que no hay que negociar, en ningún caso, con la guerrilla terrorista. Se ha impuesto el sentido práctico de negociar la paz en beneficio del presente y del futuro de la gran mayoría de los colombianos, e incluso, de toda América Latina, España y el resto del mundo. La firma de los acuerdos con asistencia de numerosos dirigentes internacionales representa un respaldo internacional relevante. Pero todo va a depender del resultado de la consulta popular del próximo 2 de octubre. Será el pueblo colombiano quien decida si aprueba o no unos acuerdos de paz negociados en La Habana durante los últimos cuatro años.

Hay varios puntos fundamentales en los que se basan los acuerdos con un objetivo nítido de reconciliación: criminales ante la Justicia, reconocimiento de las víctimas, fin del narcotráfico, integración política y social de los guerrilleros y reforma agraria integral, entre otros asuntos de entidad. Una paz sin justicia para las víctimas será una herida abierta permanente con el fracaso asegurado, unos criminales que no paguen sus asesinatos, como está previsto en los acuerdos, serían una burla para todos, una integración política sin más beneficios que los estrictamente imprescindibles al principio es aconsejable y lo que requiere una voluntad clara de estabilidad y desarrollo en todos los sentidos es la creación de puestos de trabajo para una vida digna de lo que dejan las armas para evitar que vuelvan a tomarlas en grupo criminales como ocurrió en El Salvador. La paz en estas circunstancias, todo un desafío que debe merecer la pena.

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