19 de agosto de 2019, 21:27:46
Ocio


‘El percusionista’: Apasionado y emocionante canto a la vida, a la música y al recuerdo de los antepasados

Por José-Miguel Vila / @josemiguelvila


“A través de la música aprendemos, amamos, vivimos…”. En esta frase de ‘El percusionista’, se resume un hermosísimo espectáculo que ha construido Gorsy Edú -la dramaturgia, la dirección y la interpretación, son suyas-, en donde se mezcla teatro, literatura oral, recuerdo y veneración por los ancestros, amor a la vida, sencillez, honestidad, filosofía, profesionalidad, energía y ritmo. ¡Y cuidado, que el ritmo tiene mucho más de tempo que de tiempo!

Protegido al principio detrás de sus múltiples y hermosísimos instrumentos de percusión y con el escenario totalmente a oscuras, poco a poco un ritmo suave, que pronto se hace intenso, febril, trepidante, inundó la noche del viernes 30 de septiembre el Teatro del Arte. Era la segunda vez que sonaba en el recinto, tras otra representación a mediados de julio que -como esta- llenó la sala. Quien hacía sonar los tambores era Gorsy Edú (“Esta noche voy a tocar hasta que me despierte”), un africano, guineano ecuatorial por más señas, afincado entre nosotros hace ya dos décadas. Pronto abandonó el fondo del escenario para situarse en el proscenio, muy cerca del público. Unas veces sobre un taburete, y las más de pie, hablando, interactuando, contando, cantando, bailando, e invitando a todos a que cantasen, hablasen y participaran con él, llevó a los espectadores a recorrer una senda fascinante y llena de emociones, una aventura personal y colectiva de muchos africanos (algunos también estaban en la sala), de unos 90 minutos ininterrumpidos de vida, de teatro, de ritmo, de canto y de verdadero placer. Desde el primer minuto Edú se ganó a todo el público (de 5 a 90 años), que no dejó de secundarlo sonriente y emocionado hasta el fin del espectáculo… Y -más difícil todavía- le hizo hablar hasta en el idioma fang, sin miedos y sin complejos. Tratándose de españoles, casi un milagro.

El corazón de Edú se mueve entre su amor por el fang (sístole) y el castellano (diástole). Es emocionante escuchar hablar a un hombre de Guinea Ecuatorial (“el único país de África que habla en castellano”, recuerda) con un cariño, con una verdad, y con una claridad envidiables de su amor por un idioma como el nuestro que, como todos, también tiene un ritmo, una cadencia, un tempo particulares. Solo quien atesora un amor indeleble por la palabra puede hablar así, puede sentir así. Y el actor, director y dramaturgo guineano lo tiene porque un día su abuelo fue capaz de inoculárselo hasta lo más profundo de su ser.

África

Edú es un maestro de la palabra. Maneja el cuento, y su transmisión a través de la palabra, como un hipnotizador colectivo. Da al relato un tono autobiográfico -y, probablemente, hay mucho de ello en él-, pero su historia puede ser la historia de muchos africanos que han tenido que cruzar el Estrecho de Gibraltar como han podido, siempre con mil sacrificios, hasta alcanzar la vieja Europa, la tierra de Jauja…

Sus primeros años de vida, en la aldea donde nació, allá en Guinea Ecuatorial; las enseñanzas de su abuelo (que no sabía leer ni escribir); la primera escuela a los siete años; su llegada al Abha -La Casa de la Palabra-, el lugar donde “el tiempo no se pierde, ni se gana, se comparte”, como decía su abuelo; la misma Abha donde, unos años más tarde, el propio Gorsy, ya adolescente, lee las cartas a los vecinos de la aldea.

Las cartas que remiten los jóvenes emigrados a Europa a sus familiares están llenas de medias verdades, o de mentiras piadosas, según se mire. No es oro todo lo que reluce, pero hay que tranquilizar las conciencias de los que se quedan. Mejor ocultar la verdad de esas duras travesías -en su caso, dos años- hacia la vieja Europa, con el propósito de hacer dinero y poder curar a su abuelo (“quien tiene un abuelo, tiene un tesoro”, repite en numerosas ocasiones, “cuando muere un anciano, muere una biblioteca” dicen en su aldea), a través de Camerún, Nigeria, Argelia -donde es apresado y retornado hasta Mali-. Y, desde allí, otra vez a intentarlo de nuevo, a repetir la larga travesía, esta vez por Marruecos para llegar a la tierra prometida europea e instalarse en España donde vive desde 1996.

Sin más escenografía que su hermosa colección de instrumentos -muchos de ellos, de construcción propia-, y con una inteligencia y un corazón extraordinarios que Gorsy Edú comparte con el público sin ningún tipo de jactancia, de pedantería ni de ostentación, este artista guineano es capaz de transportar la historia milenaria de todo el continente africano a la vieja Europa para intentar contagiar de vida, de alegría y optimismo a todos sus habitantes, que tanto tienen y valoran tan poco. Toda una lección -¡profunda y necesaria lección!- de un hombre humilde, sencillo, pero muy grande, capaz de transportar a la sabana, a la selva, al desierto, al poblado, a las plantaciones…, a los espectadores que se dejen seducir por la palabra honesta y sincera, llena de vida, de un hombre de música y teatro inoculados en sus venas desde tiempo inmemorial.

Si ‘El percusionista’ se cruza en tu camino, no dejes de acudir. Y, ya se sabe, “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. ¡Búscala…!

‘El Percusionista’

Dramaturgia, dirección e interpretación: Gorsy Edú

Teatro del Arte, Madrid

30 de septiembre de 2016

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