27 de noviembre de 2020, 3:52:06
Internacional


¿Canibalismo de protesta en las cárceles venezolanas?

Por Víctor Rodríguez


Durante el transcurso de un motín en una cárcel de Táchira, Venezuela, un grupo reclusos asesinaron a varios presos y fueron obligados a practicar canibalismo. Entre los autores de los crimenes, considerado por algunos como el principal instigador, se encuentra Dorangel Vargas, conocido como el "comegente", al que se le atribuye el asesinato y posterior ingesta de cuarenta personas.

La semana pasada, se filtró un video que recoge los hechos en toda su crudeza. En él se puede observar como uno de los reos es obligado a comerse la oreja de su compañero, que todavía sigue con vida, mientras se oyen las voces de sus agresores jaleándole, y gritando “Cómele”.

En los últimos tiempos, los centros penitenciarios venezolanos permanecen en el punto de mira de la opinión pública y de organismos de ayuda y protección internacional. El problema de sobrepoblación e ingobernabilidad de las cárceles es inabarcable, y se refleja en las cifras de reos que han fallecido en medio de revueltas dentro de los mismos penales.

Para ilustrar el problema, basta decir que Venezuela tiene una población penitenciaria de alrededor de 55.000 reclusos, mientras que la capacidad de sus cárceles es solo para 19.000 personas. Se trata de un hacinamiento que alcanza 190%, cuando el 30% ya se considera crítico.

Organismos como Amnistía Internacional, se han hecho eco del problema; que tiene como principal consecuencia que las autoridades penitenciarias sean incapaces de proteger los derechos de la población reclusa, como el derecho a la salud y a la integridad física. Los motines y las protestas, como la antes aludida, para pedir mejores condiciones de reclusión, siguen siendo habituales. El Observatorio Venezolano de Prisiones informó de 1.200 incidentes de autolesión durante la primera mitad del año. Además, denunció la muerte de 109 reclusos y al menos 30 lesiones causadas por la violencia durante ese mismo periodo. También resulta preocupante la elevada cifra de armas que circulanen los centros.

Según declaraciones del mismo director del Observatorio Venezolano de Cárceles, la situación de violencia y el sadismo que se vive dentro de las cárceles del país necesita una intervención urgente, y es consecuencia del abandono del Gobierno, convirtiendo las penitenciarías en lugares “sin Ley”, donde las bandas criminales imponen sus propias reglas.

El caso que hemos relatado sucedió en los calabozos de la policía de San Cristóbal, en un motín que se prolongó durante más de un mes; los líderes del alzamiento pedían una mejora en sus condiciones dentro de la prisión, relativas a la alimentación y a condiciones de habitabilidad, así como el traslado a otros centros por el hacinamiento.

Según la declaración de algunos testigos, los participantes en la revuelta cocinaron la carne de las víctimas y se la dieron a consumir al resto de la población penal con arroz, en lo que se denomina un acto de “canibalismo inducido”. Los intestinos y los huesos carbonizados habrían sido tirados por las cañerías.

El ataque habría sido dirigido por un preso conocido como "el Grillo", cabecilla de una de las dos principales bandas que ejercían influencia en centro, quien ordenó a Dorangel Vargas descuartizar y comer a dos miembros del bando contrario.

Las investigaciones han esclarecido que el propio Vargas se comió parte de los cuerpos desmembrados, mientras “el Grillo” obligó a otros presos a comerse parte de la cabeza de una de las víctimas; a los que se negaron a hacerlo, les amputaron los dedos.

Vargas, que como hemos dicho tiene una un largo historial de asesinatos, es un caníbal hedonista, que disfruta cocinando e ingiriendo carne humana: también inducía a terceras personas al canibalismo, ofreciendo empanadas y otros “manjares” a vagabundos de la ciudad de San Cristobal. Obsesionado con el sabor de la carne humana, sus víctimas eran principalmente hombres jóvenes y sanos, no obesos: según sus propias palabras, “no le gusta la grasa” y la carne de las mujeres es demasiado dulce, “como quien come flores y te dejan el estómago flojo”.

Los hechos acaecidos en el penal Politáchira no revisten una naturaleza parafílica, exceptuando el caso del propio Vargas, sino que parecen asumirse dentro del llamado canibalismo “de protesta”, un tipo criminal contextual, muy específico. Sin embargo, no se puede descartar que hayan tenido cierta influencia las tendencias de Vargas para la elección de este tipo de conductas como forma de reivindicación.

El video que salió a la luz la semana pasada es solo el último de una larga lista, que se han ido difundiendo a cuenta gotas, y que permanecen todavía sin censura en las redes sociales.

En uno de los videos publicados se ve a unos reclusos cortar un dedo a una persona, bajo amenazas de que no grite o le perforaban el tórax. Algunos testigos señalaron que se trataba de uno de los rehenes, y que el acto era un mensaje hacia las autoridades por no haber cumplido con las exigencias. Otras versiones apuntan a que se trata de un reo cuya familia no habría pagado la cuota que se exige a los familiares para no atacarlos.

La difusión de las imágenes: ¿simple morbo o una forma de denuncia?

Algunos de los usuarios que han difundido los videos de los macabros sucesos, lo han hecho argumentando que “censurarlos es permitir que siga sucediendo” y que son una forma de denuncia de la descomposición del sistema carcelario venezolano.

Sin embargo, resulta cuanto menos cuestionable la facilidad del acceso a estos vídeos, que han sido compartidos por redes sociales, y continúan en la plataforma YouTube sin ningún tipo de censura. Se plantea si es realmente necesaria la filtración de las imágenes, cuando ya existen medios que han reportado los sucesos con todo tipo de detalles.

La exposición de la imagen cruel en los medios de comunicación y en internet, tiene efectos nocivos en el desarrollo de la personalidad del espectador menor; especialmente en casos como el que nos ocupa, donde el contenido es especialmente sádico e hiperrealista.

La exposición reiterada a imágenes de ultraviolencia, especialmente en los jóvenes, inhibe las reacciones emocionales asociadas a situaciones similarmente agresivas. Se puede llegar a producir una especie de “enfriamiento emocional”, motivado por el desarrollo de cierto tipo de tolerancia ante este tipo de imágenes.

Según los expertos, el espectador queda satisfecho de la experiencia visual cuando se conjugan factores como: la experiencia voyeurista de asistir a la intimidad ajena, la curiosidad por los límites de la violencia humana, e incluso el sentimiento de alivio por no tener que experimentar una situación así.
Diariocrítico.com.  Todos los derechos reservados.  ®2020   |  www.diariocritico.com