23 de octubre de 2019, 5:36:26
Opinión


La mordaza

Por Gabriel Elorriaga F.


Una de las tomaduras de pelo a que han sometido a los españoles poco informados los parlamentarios de la oposición ha sido titular como “Ley mordaza” a la vigente “Ley de Seguridad Ciudadana”. Con la complicidad bobalicona de algunos medios informativos, el tremebundo título ha hecho fortuna y, dadas las actuales circunstancias en las que una mayoría fragmentada de grupos parlamentarios, haciendo alarde de su superioridad matemática, sin percatarse de que se sitúan en la inferioridad moral, se presenta la derogación o desvirtuación de dicha ley como un objetivo común contra una norma tiránica. Es decir, que, cuando todas las democracias europeas afrontan un tiempo de amenazas terroristas contra sus libertades y la propia España permanece en estado de alerta 4, aquí existen unos parlamentarios que consideran este tiempo el oportuno para debilitar una norma de seguridad ciudadana.

Habría que preguntar a quienes critican dicha ley y la califican de mordaza que derechos y libertades constitucionales están amenazados por la vigencia de dicha ley promulgada en la anterior legislatura. Bajo su vigencia se han celebrado dos veces elecciones generales, debates de investidura y toda suerte de controversias políticas sin que nadie haya puesto en cuestión las condiciones en que han actuado y se han expresado los participantes en la vida pública. Nuevos partidos o agrupaciones de partidos han obtenido escaños en las cámaras legislativas nacionales, autonómicas, y municipios. Se han producido grandes renovaciones por medio de elecciones libres y se han configurado mayorías por medio de coaliciones que, en algunos casos, han permitido sustituir a los partidos más votados por conjuntos de pretensiones antisistema. Se ha pasado de un bipartidismo imperfecto a un complejo pluripartidismo que hace más difícil gobernar que hacer encaje de bolillos. Se han celebrado espectáculos asamblearios, consultas ilegales con pretensiones refrendarias y se ha visto desfilar todo género de manifestaciones, especialmente en Madrid, constituido en manifestódromo mayor del Reino. Se ha hablado, insultado y malhablado a gusto de unos y disgusto de otros. Se han producido reacciones acusatorias ante una justicia independiente, escrupulosa en el respeto a las garantías que, cuando ha tenido que sancionar por la evidencia de delitos probados, lo ha hecho con tal prudencia que sus sentencias más parecen castigos paternales que reproches penales. Tal es así que la opinión pública parece sentir más malestar por la blandura con que se defiende la legalidad que por la dureza en el ejercicio del poder. Ante este panorama es difícil entender por qué coinciden quienes casi nunca están de acuerdo en otros asuntos más importantes en la necesidad perentoria de derogar o, cuando menos, de reblandecer la Ley de Seguridad Ciudadana vigente, motejándola de Ley mordaza. ¿Dónde se sienten amordazados quienes han inventado el improperio? ¿Qué obstáculos han encontrado para el ejercicio de las libertades políticas o informativas?

Es posible que la preocupación no provenga de razones ambientales sino de conductas particulares amordazadas por dicha Ley de Seguridad Ciudadana. En tal caso sería de interés que se enumerasen cuáles son los casos o las víctimas de dicha ley que tanto preocupa. ¿Quiénes son esos “amordazados”? ¿Quién ha tropezado con algún artículo de dicha ley que le ha impedido actuar con corrección en el ejercicio de sus derechos ciudadanos? ¿Qué manifestaciones pacíficas han sido dispersadas brutalmente?

No parece una mordaza que se pueda mantener la norma de que no se puedan presionar o cercar los órganos legislativos de representación del pueblo para dificultar el libre cumplimiento de sus funciones democráticas. O tampoco impedir el libre acceso de los medios informativos a sus tribunas o a los ciudadanos que desean ocupar las tribunas del público como testigos de sus debates porque pueda haber “escraches” en torno a los edificios parlamentarios. ¿O es que la mordaza se la quieren poner a las fuerzas de orden público cuando investigan locales sospechosos o identifican a vándalos callejeros disfrazados con pasamontañas? Aquí las únicas mordazas son las que han intentado poner los intolerantes en algunas universidades a algunos conferenciantes o los que han sugerido que deseaban poner a la misa en la televisión pública. Algunas gentes de las que sueñan con que la libertad de expresión y de improperio solo sea para unos y no para otros.

El espíritu de la mordaza ha quedado evidente en la proposición no de ley presentada por Podemos para suprimir el artículo 578 del Código Penal por el que se regula el delito de enaltecimiento del terrorismo. Vivimos una época en la que el enaltecimiento y hasta sublimación mística del terrorismo yihadista mueve a los lobos solitarios intoxicados por dicho enaltecimiento. Según parece hay que tener mucho cuidado en no confundir en las predicaciones terroristas que parte es una expresión mística de la libertad de expresión y cual es un mandato real de actuación. En resumen, que a algunos les preocupa más la inmunidad de la exaltación que inspira al terrorismo que la estabilidad y la paz como valores firmemente defendidos en beneficio de los habitantes y visitantes de España. Al parecer algunos prefieren mantener abiertas las grietas por donde penetra el gas contaminante de la violencia y dejar espacio abierto por donde unos piquetes de facinerosos o unos alborotadores callejeros puedan presionar impunemente a las mayorías con la farsa estridente del populismo.

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