13 de noviembre de 2019, 12:49:09
Opinión


Un complejo de inferioridad histórico

Por Luis Reyes


El Rey llegó a Barcelona con afán conciliador y acompañado de su hermano, un apuesto cardenal de 21 años. Incluso entró en la ciudad de incógnito, para evitar gastos. Seis años antes, en 1626, recién estrenado su reinado, Felipe IV había sido recibido como un dios por los barceloneses. Un angelito bajado del cielo le entregó las llaves de la ciudad en muestra de vasallaje, y luego recorrió las calles a caballo y bajo palio, portando las varas los consellers. Pero todo ese entusiasmo se apagó cuando Felipe IV solicitó a las Cortes catalanas su contribución económica a un Estado que era la primera potencia del mundo.

La negativa indignó al joven rey, que se fue dando un portazo y dejando inconclusas las Cortes. En esta segunda visita, primavera de 1632, Felipe IV pretendía restablecer la normalidad que hoy llamaríamos constitucional, concluir aquellas Cortes de 1626 y ver si era posible obtener el compromiso catalán con el gasto del Estado. Para evitarse sofocos dejaría que en su nombre bregase con las instituciones locales su hermano, el Cardenal-infante don Fernando de Austria, a quien nombró Virrey.

Un Infante de España tenía en toda Europa una jerarquía real, no se podía quejar Cataluña de la persona que dejaba como alter ego Felipe IV, pero cuando don Fernando fue a la catedral para recibir el protocolario juramento de lealtad, se encontró con que los representantes catalanes tenían el sombrero puesto. El privilegio de mantenerse cubierto ante las personas reales era exclusivo de los Grandes de España. Un siglo antes, cuando Carlos I de España acudió a Aquisgrán para convertirse en el Emperador Carlo V, los Príncipes Electores solicitaron el mismo privilegio que veían en los Grandes del sequito español. Eran nada más que siete, los señores y obispos más poderosos de Alemania, incluido un rey, el de Bohemia, y de ellos dependía el nombramiento formal del Emperador, pero Carlos no cedió. Para resolver el impasse rogó a los Grandes de España que se descubrieran, los españoles accedieron magnánimamente a ello, y así se salvó el problema protocolario.

El Cardenal-infante aplicó la fórmula de Carlos V, rogó al único Grande de España que le acompañaba, el duque de Cardona, quien por cierto era catalán, que se descubriese. El secretario de don Fernando conminó al conseller en cap, Bernard Sala, a que hiciese lo mismo, Sala obedeció, arrastrando al resto, y la ceremonia pudo celebrarse. Pero no le perdonaron “la traición” a la dignidad de Cataluña. Esa tarde el conseller en cap fue sometido a una sesión de crítica violentísima en el Consejo del Ciento, mientras el populacho pedía su cabeza. “He pasado la noche sin dormir –escribía de madrugada en una carta pidiendo socorro al Virrey- Pienso que esta mañana nos han de quemar, que según el tumulto de ayer debe estar la hoguera medio encendida”. Como se ve, la turba que en septiembre asedió durante horas a los funcionarios judiciales y guardias civiles en la Hacienda catalana, tiene precedentes históricos.

En el complejo sistema de valores del Antiguo Régimen, el mundo de lo ceremonial y simbólico era determinante, y un asunto de protocolo podía desencadenar una guerra, hacer caer a un poderoso, cambiar el curso de la Historia. Pero las cosas tenían su medida, y que tan gran número de meros diputados pretendiese lograr lo que no obtuvieron los siete Príncipes Electores, resultaba un sinsentido. De nuevo, los sinsentidos de ahora tienen precedentes históricos.

¿Qué podía empujar a los catalanes a su extravagante pretensión? La respuesta está en un inconsciente colectivo sedimentado con frustraciones seculares, en un complejo de inferioridad histórico, en el sentido de fruto de la Historia. La desazón del que se siente ninguneado se intenta paliar con desaforadas compensaciones formales o simbólicas, con reconocimientos de una pretendida excelencia, imposibles de encajar en el sistema constitucional de un país en el que vive algo más que el nacionalismo catalán.

Esa Historia que ha maltratado a los catalanes –según los soberanistas- empezó en el siglo VIII. Tras la invasión árabe de la Hispania visigótica, en la periferia septentrional surgieron núcleos de resistencia cristianos. Treinta hombres y diez mujeres, “asnos salvajes” sin otro alimento que la miel silvestre que hallaban entre las rocas, mantenían la rebelión en las montañas asturianas al mando del “pérfido bárbaro Belay” -Don Pelayo- según el historiador árabe Al-Maccari. Pero los “asnos salvajes” fundaron el Reino de Asturias, iniciador de la Reconquista y embrión de los de León y Castilla, y ya en siglo X Alfonso el Magno de Asturias llegaba en sus expediciones militares hasta Sevilla, y obligaba al Emirato de Córdoba a pedir una tregua.

También surgieron reinos en Aragón y Navarra, a partir de un legendario “Reino de Sobrarbe”, reinos que pelearon por su soberanía no sólo con los moros, sino con el Imperio Carolingio, y se expandieron con la Reconquista. En Cataluña sin embargo no hubo resistencia frente al poder musulmán invasor, no hubo lucha por su libertad, lo que hubo fue otra conquista extranjera, la de Carlomagno, que desplazó a los moros e impuso gobernantes foráneos, los cómites francos que conocemos por condes catalanes.

La serie de televisión catalana Comtes cuenta que Wilfredo el Velloso era soberano y que a partir de él Cataluña fue una nación independiente, pero eso era inconcebible dentro del sistema feudal, una pirámide en las que todos eran vasallos del nivel superior hasta llegar al vértice, el rey. Fuera cual fuese su poder de hecho, los condes catalanes serían vasallos del Imperio Carolingio hasta que pasaron a serlo de la Corona de Aragón.

La Historia siempre ha sido moldeada por los movimientos nacionalistas según sus objetivos, pero por intensa que sea la mistificación histórica, la Historia conserva un núcleo duro de realidad que aflora tercamente. Ahí está lo que pasó cuando Ramón Berenguer IV de Barcelona se casó con Petronila de Aragón: ella se convirtió en condesa de Barcelona, pero él no se convirtió en rey de Aragón, por su estatus inferior. Aunque fuese más rico o más poderoso que su esposa, lo cierto es que su condado fue absorbido por la Corona de Aragón. Y aunque Ramón Berenguer gobernase de hecho, siempre tuvo que inclinarse ante su suegro Ramiro I, su mujer o su hijo, porque ellos eran soberanos y un conde, por definición, era vasallo. A su hijo no pudo bautizarlo con el nombre de Ramón o de Berenguer, que habían llevado los últimos siete condes de Barcelona, sino que le pusieron un nombre castellano, Alfonso II, que no fue rey de Cataluña, como ahora se pretende, sino rey de Aragón.

Según avanzaba la Reconquista, los monarcas aragoneses iban añadiendo nuevos reinos a su Corona y se titulaban también reyes de Valencia, de Mallorca, y luego de Sicilia, de Nápoles, de Cerdeña y hasta de Jerusalén, aunque éste fuera un mero título de pretensión. El caso es que cada una de estas adiciones desplazaba en la jerarquía áulica al de conde de Barcelona. En tiempos de Felipe II, cuando el rey exhibía su llamado “título largo”, el de conde de Barcelona figuraba ya en el puesto 32, después de conde del Tirol y delante sólo de señor de Vizcaya y de Molina.

Muchos catalanes, antepasados de los actuales soberanistas, vivían sus circunstancias como una humillación y desarrollaron el tópico victimismo, sin apreciar que en general sus condiciones de vida siempre fueron mejores que la media española y que su economía resultó favorecida por su integración en España. Haciendo de la separación utopía, de la independencia el reino de Jauja, se lanzaron a destruir la unidad española cada vez que se daba una situación de debilidad del Estado, fuera por conflicto con potencias exteriores, guerra civil o revolución. Nueve años después de que el Cardenal-infante obligara a los consellers a quitarse el sombrero, aprovechando la guerra entre España y Francia, un canónigo de la Seo de Urgel proclamó la República Catalana. Duró exactamente una semana, antes de que Luís XIV se anexionara Cataluña e impusiera un gobernador francés, pero esa es ya otra historia.

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