20 de octubre de 2019, 8:19:47
Opinión


Periodo crítico

Por José Manuel Pazos


Se dice en la presentación del informe trimestral que sobre el estado de la economía acaba de publicar la Comisión Europea, que “es preciso incrementar la coordinación de las políticas a nivel internacional”. Algo que durante años podía parecer un llamamiento prescindible por obvio, parece ahora la manifestación de un deseo que se aleja a golpe de tweet o de intereses electorales. En el ruido provocado por sanciones, aranceles, revisión de acuerdos transfronterizos, o el ascenso del populismo, parece que esta apelación de la Comisión, está llamada a ser cada vez más una advertencia que una aspiración. Es difícil no relacionar este llamado con las políticas que emanan de la administración norteamericana, que lentamente cuece un engrudo donde solo el paso del tiempo demostrará hasta qué punto haber roto acuerdos y alterado las reglas ha arrastrado a la economía a un periodo más gris e inestable de lo que el simple agotamiento de un ciclo podría suponer. Es algo que no se adivina inmediato, de modo que la apariencia es de una economía mundial resiliente, capaz de resistir las consecuencias de un cambio que afecta a la estructura que ha soportado su desarrollo durante décadas.

Conflictos y tensiones siempre han acompañado el declive de los viejos poderes frente a los que emergen

Podría aparentar que Europa resiste como un oasis en el que los principios del libre comercio, de la coordinación de políticas o de la defensa de intereses comunes siguen siendo sus valores fundamentales. Puede parecer que mantenerse a salvo de regímenes autoritarios garantiza por si solo la continuidad del proyecto europeo, y sin embargo no hace falta pasar de las páginas de internacional de muchos periódicos europeos para tomar conciencia de que Europa no tiene en absoluto garantizado el marco de cooperación política, institucional y de confianza ciudadana que permita que el simple paso del tiempo consolide el proyecto. En los discursos de los líderes con clara vocación europea, las advertencias a los riesgos, o los llamados a la salvaguarda de los valores fundacionales, evidencian que el proyecto transita por un periodo crítico. Uno de los líderes que de forma más insistente se pronuncia es el presidente francés, con llamamientos que cada vez se pierden más en una repetida retórica de ideas amables, trufadas con advertencias, pero que acaban por producir la sensación de que cada vez son menos los países dispuestos a aterrizar esas ideas en hechos. Después de meses de espera a la formación de gobierno en Alemania, estamos en un momento en el que se precisa avanzar en aspectos críticos que completen la Unión Monetaria con una mayor integración fiscal, social y política entre los países dispuestos a ello, para lo que se exigen reformas ambiciosas que causan tensiones y polémicas internas, a tenor de lo que estamos conociendo del gobierno alemán. La Canciller acaba de prometer que habrá compromisos conjuntos con Francia en junio, pero en su país, todo aquello que suponga avanzar en una unión fiscal con transferencia de riesgos de unos países a otros, es objeto de fuerte debate en el que el miedo a alentar a los populismos es una estupenda excusa para los más reacios a socializar pérdidas.

Lo que puede venir de Italia no ayudará, y la proximidad de las elecciones al parlamento europeo en 2019, apenas deja espacio antes de que de nuevo un proceso electoral sirva de excusa para evitar el compromiso y el consenso. Apostar por el euro sigue exigiendo de un enorme ejercicio de confianza, que puede hacerse, pero a condición de conocer sus riesgos.

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