20 de octubre de 2019, 21:53:52
Opinión


Ni sufrimiento ni miedo, una vez descodificados

Por José Carlos García Fajardo


El ser humano se eleva por la inteligencia, pero no es persona más que por el corazón.

Hacer con soltura lo que es difícil a los demás, he ahí la señal del talento; hacer lo que parece imposible al talento, he ahí el signo del genio.

La verdadera humildad consiste en estar satisfecho, (satis: suficiente a punto) en saberse y en quererse… siempre abiertos a los demás.

“La vida es un aprendizaje de renunciamiento progresivo, de continua limitación de nuestras pretensiones, de nuestras esperanzas, de nuestra fuerza, de nuestra libertad” según Amiel… pero porque son reemplazadas por otras dimensiones, crecimientos, despliegues, reconocimientos, con una mente controlada y un corazón agradecido.

Pero ese “renunciar” es tan beneficioso y fructífero como la poda, como el dolor que nos advierte de que algo va mal, se analiza y se elimina cuanto antes.

No el sufrimiento, que es cosa de la mente y hay que mantenerlo a raya, pero no por la fuerza sino por la serenidad que aporta luz sobre lo que nos inquieta, desazona y preocupa. Yo me ocupo, y si es menester, me pre-ocupo pero como la flecha que sale del arco hasta alcanzar el centro de la diana.

Tenemos que reconocer y asumir nuestro pasado para hacer más feliz nuestro presente. Reconocernos, aceptarnos, liberarnos y hasta querernos; pero el pasado ya no existe, es inútil llevarlo a cuestas en una mochila, pero es absurdo que, una vez atravesado el río, te empeñes en llevar la balsa sobre tus hombros. Recordad a XXX “al otro lado del río”

Como quiera que el futuro tampoco existe, no es más que hipótesis, probabilidad, tormenta o bonanza, no tenemos que ocuparnos de él más que en la proyección de nuestros actos en el presente. Si ahora siembras calabazas no pretenderás que produzcan un buen vino.

Somos responsables de nuestras acciones y de nuestras omisiones en el presente. Eso está claro por eso pongamos los medios para desarrollar nuestros dones, superar nuestros miedos. Los miedos son irracionales. El auténtico temor o prevención, nos puede servir de alerta, de estímulo, de acicate y de control de la fantasía, que tanto daño nos puede hacer, así como la vanidad, autosuficiencia, engreimiento o codicia. No digamos la envidia, que sólo hace daño al que la tiene, no al envidiado; es como el rencor y los “remordimientos” … Porfa, vale ya, reconoce los hechos, asume sus consecuencias si las han tenido, pero mándalos al carajo. Es normal que yo sienta algo de temor ante lo desconocido: me van a intervenir en el hospital, asumo el riesgo de una expatriación o destierro, estoy huyendo de mi tierra en busca de un trabajo, de un ambiente, de una sociedad más justa y ordenada que la que dejo atrás en guerras, corrupción, desertización, hambre y angustia. Pero el pasado y cuanto hayamos padecido o hecho padecer (del verbo patior, passus sum) en su versión negativa, porque también se puede “padecer” un orgasmo, un amor, una ternura, una amistad, un amor mutuo y no de sometimiento de nadie, una promoción en nuestra profesión, un reconocimiento por nuestros semejantes, el gozo indecible del amor en la pareja, el sostener a tu recién nacido en brazos y, así, en tantos órdenes de nuestra existencia. (Muchos de vosotros recordáis cuando os advertía de que una “prueba, un dolor, una pérdida, una “desgracia”, una vez padecida y hecho el duelo, tenemos que saber tomarla como una oportunidad, un desafío, caer en la cuenta de que estaba ahí pero no sabíamos “verla”, “caer en la cuenta”, “to realise”. Es como “des-velar, des-cubrir, des-tapar, dar a luz, alumbrar una veta de agua, o de oro… o re-encontrarse con uno mismo en la atención plena, en saborear el silencio, y la naturaleza y la amistad y el amor y el vivir, aquí y ahora… porque “la vida” es algo muy indefinido porque se va haciendo, como el tiempo y como el espacio que “encuentras” ante ti. Porque el espacio tampoco existe, está determinado por sus límites, las edificaciones de una plaza… Recordadme que un día os cuente algo que nos sucedió a David Calzado y a mi en Che Xahuén una noche caminando y saboreando un doble cero, pero auténtico.

Las cosas de pasado ya no “son” ya no “existen”. Lo pasado no puede determinar nuestro presente, porque también se puede padecer, y mucho menos nuestro futuro. No pertenecemos a casta alguna, no somos siervos, ni esclavos ni “condenados” ¿Por quién’, ¿cuándo, con qué autoridad? Es fundamental sabernos libres y responsables, “sabernos” aceptarnos y que formamos parte del oykúmene (Oikos, casa; nomos, ley: economía, las normas que gobiernan una casa una comunidad un país un estado o una Federación de Estados hasta que, de una puñetera vez, caigamos en la cuenta de que somos solidarios unos de otros y todos y cada uno del universo.
Sí, releed a los más grandes sabios que en el mundo han sido y cuyas enseñanzas permanecen. Somos tierra que camina, agua, viento, mar, nube, rio, lluvia, bosques, seres humanos que se saben solidarios y auténticos (autentikós, en griego, significa el que se hace responsable y promociona a los demás). Somos, estamos, tenemos, respiramos las vidas, anhelos y dichas de quienes nos han precedido… sí, desde el alborear de este planeta, que pertenece a una galaxia y estas se relacionan entre sí y nosotros somos eso: formamos parte de todo cuanto es y existe: para empezar, de lo más próximo: como en todo lo que es y existe “porque en eso vivimos, nos movemos y somos”, kai estin.

El temor es otra cosa que nos puede servir de alerta, no de escudo ni de agobio. Si no tuviéramos un cierto temor ante una tormenta anunciada, un tsunami o sencillamente ante algo que no puede estar bajo nuestro control, seríamos unos insensatos. Mañana seguimos.

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