14 de diciembre de 2019, 15:08:54
Opinión


Sanchez-Torra: los réditos de la pantomima del diálogo

Por Enrique Gomáriz Moraga


Sánchez.- “Dialogo y Constitución”. Torra.- “Dialogo y autodeterminación (es decir, negación de la Constitución)”. Un dialogo para besugos que puede mantenerse hasta el infinito. Entre otras razones, porque para dialogar es necesario algún punto de contacto por mínimo que sea en los contenidos y en eso no se ha avanzado ni un milímetro, al menos desde que Torra se ha hecho cargo de la Generalitat.

En realidad, lo verdaderamente importante es saber cuáles pueden ser las consecuencias de sostener esta pantomima tanto en el corto como en el mediano plazo. En el corto plazo, lo más evidente refiere a los réditos que obtiene cada parte al mantener la ficción del dialogo. En el caso de Sánchez, ya se ha insistido en que mantener el escenario del dialogo le significa dos cosas: la primera, frente a los independentistas, mostrar que su Gobierno no será nunca quien rompa el dialogo, más allá de lo que pueda suceder en lo sucesivo; algo que le permite, para sus propios intereses, presionar a los socios que apoyaron la moción de censura para que le mantengan en la Moncloa ante eventuales ofensivas políticas.

Para Torra, mantener la ficción del dialogo le proporciona el rédito de moderar su extremismo ideológico y político, que brota de vez en cuando, como lo hecho recientemente apostando a la vía eslovena. Por cierto que, en la lógica sin matices que le caracteriza, Torra ha sido consecuente. En otras palabras, Torra podrá ser un energúmeno pero tiene sus razones. Porque si el secesionista Joan Tardá tiene algo de razón cuando afirma que sería idiota buscar la independencia de Cataluña contando solo con la mitad de la población y sin lograr una mayoría cualificada, entonces hay que admitir que la vía pacífica hacia la república podría ser un camino interminable sin destino. Así las cosas, la alternativa sería: abandonar la vía unilateral o bien optar por incorporar la violencia en el procés. Y resulta que Torra ha llegado a president de la Generalitat precisamente porque aparece a los ojos del secesionismo como alguien que no abandonara jamás la promesa de arribar a la independencia. Así que, lamentablemente, lo coherente es entonces optar por incluir la violencia en el proyecto secesionista.

En realidad, eso no debe sorprender a nadie. Resulta difícil no darse cuenta que Quim Torra, carece de una amplia visión política circular y tiende a observar por puntos al estilo miope. Tampoco puede decirse que sea precisamente un mago de la sutileza al expresarse. Pero esa falta de finura comunicativa puede ser interesante porque se le entiende todo. Así, la elección de los CDR como parte del menú secesionista, es simplemente una consecuencia lógica de su razonamiento político. Para Torra es algo así como dos más dos igual a cuatro.

Claro, al comprobar que buena parte de los líderes secesionistas toman distancia de su ensalzamiento de los CDR y la vía eslovena, mantener la pantomima del dialogo es siempre una buena cortina de humo.

Pero, más allá de su enredo, lo preocupante es analizar a Torra como síntoma. El hecho de que los personajes que se suceden al frente de la Generalitat sean cada vez más romos y sectarios, es un indicador de la evolución de la cultura política del independentismo social. Puede afirmarse que la mayor preocupación, el mayor miedo, de las bases del secesionismo consiste hoy en el temor a ser traicionadas. No quieren un hábil negociador, al estilo de Mas, ni un bipolar como Puigdemont, quieren a alguien que una vez que declare la ruptura con España nunca se eche para atrás, caiga quien caiga. Si para ello necesitan un energúmeno pues ni modo.

Toda una paradoja. Aquellos que quieren separarse de España porque se consideran más inteligentes, democráticos y dotados de finura política, muestran cada vez más una cara contraria: tramposos, sectarios, toscos, groseros y cada vez más violentos. ¿Sera cierto eso que se dice acerca de que el sentimiento nacionalista conduce inexorablemente a las pasiones políticas más bajas? Y lo peor del asunto: ¿Cómo sanará la cultura política de cientos de miles de catalanes? En el pasado europeo la sanación nacionalista no fue posible sino después del mayor escenario de violencia que ha conocido la humanidad. Esperemos que no se cumpla ese oscuro presagio a largo plazo en la crisis catalana.

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