19 de octubre de 2019, 10:13:48
Ocio


'Un cadáver exquisito': reservado el derecho de admisión

Por José-Miguel Vila / @josemiguelvila


La compañía Guindalera vuelve a atinar en su nuevo montaje, ‘Un cadáver exquisito’, una comedia social que lanza una mirada compasiva y solidaria al fenómeno de la emigración en clave de humor del absurdo, que firma Manuel Benito -un hombre orquesta del teatro largamente vinculado a la compañía-. Juan Pastor dirige la nueva propuesta tras estudiar las claves del género en un Laboratorio de Creación junto al equipo artístico. Los resultados han sido fructíferos, en buena parte gracias a la entrega y a la sintonía que ha mostrado con sus personajes el elenco de la comedia: Jacobo Muñoz, Guillermo G. López, Cristina Palomo y Felipe Andrés.

‘Un cadáver exquisito’ fue escrito por Manuel Benito dentro del V Laboratorio de Escritura Teatral de la Fundación SGAE, y trata el tema de la inmigración partiendo de un hecho real, el robo del cadáver de Charles Chaplin en la Suiza de finales de los años 70 del siglo pasado. Allí, en pleno invierno (nieves, lluvias gélidas y temperaturas bajo cero a lo largo de todo el día...), un hombre búlgaro y un joven polaco, desesperados ya por la falta de trabajo y de dinero, deciden robar el cadáver del cineasta británico que, junto a su esposa e hijos, había vivido sus últimos años de vida en un paraje idílico cercano a Lausanne. Cuando se ponen en contacto telefónico con su viuda, Oona Chaplin, esta se resiste desde el minuto cero a pagar rescate alguno por el cadáver de su marido. Pero, presionada por el comisario de policía, por los medios de comunicación y por la propia sociedad suiza, Oona se aviene a colaborar con las fuerzas del orden con el fin de capturar a los secuestradores y que ese hecho sirva de ejemplo a los muchos inmigrantes (en esa época, buena parte de ellos españoles). Pero el matrimonio Chaplin era también inmigrante y las cosas no van a ir sobre ruedas durante la investigación…

El escenario de Espacio Guindalera muestra una antigua cabina de teléfonos a la izquierda; en el extremo contrario, la residencia de los Chaplin; detrás de ella, la comisaría de policía y, finalmente, en el centro del mismo, los diversos salones de los chalets alpinos que los dos profanadores se ven obligados a ocupar temporalmente, con el cadáver de Charlot a cuestas (los dos hombres no disponen más que de una vieja furgoneta y sus cuatro brazos para transportarlo de un sitio a otro, huyendo de la policía, que les va pisando los talones).

La situación, entre surrealista y absurda, muestra desde el principio ese extraño –pero cierto- sentimiento de solidaridad que se genera entre aquellos que viven una misma situación, independientemente de la clase social y económica de la que formen parte. Al fin y al cabo, Oona es tan extranjera como el hombre búlgaro y el polaco, así es que conoce muy bien sus motivaciones, su desesperación y sus límites, por muy duros y determinados a llegar hasta el final que estén –amenazas a los niños, incluidas-, que quieran esgrimir en sus duras negociaciones para concretar la cuantía y la forma de entrega del rescate…

La definición de los personajes es muy precisa: el búlgaro es un hombre casado, con cierta experiencia de la vida (“yo no engaño a mi mujer…, casi nunca”); el joven polaco ha dejado a su novia en su país, y sigue siéndole totalmente fiel (“tú y tus peliculitas…”, le dice a su compañero de aventura), y Oona es una mujer fuerte, muy segura de sí misma, que conoce el secreto del comisario, hombre aparentemente pusilánime, pero con un pasado nazi a sus espaldas, que ahora trata de ocultar para seguir navegando en lo políticamente correcto que parece dominar la nueva época de la sociedad suiza.

El humor inteligente (como el de Jardiel, Mihura o Neville) que atraviesa toda la comedia de Benito, dirigida otra vez con la sensibilidad y la sabiduría de Pastor, saca de nuevo a la luz el problema de las migraciones en la sociedad europea. Y lo hace de forma amable y compasiva, que es la mejor para que quienes acogen no se sientan señalados de forma agresiva, pero sí para que remueva sus conciencias. El caso suizo es particularmente significativo porque sitúa a los españoles en uno y otro lado del tablero: primero, en la década de los 70, como emigrantes, y ahora como acogedores de emigrantes.

Recordemos finalmente como en Suiza, justamente en la década en la que transcurre la acción de ‘Un cadáver exquisito’, no era infrecuente encontrarse carteles colgados en la puerta de los bares muy parecido al que ahora podemos ver también en España: “Prohibido el acceso a perros...”. Pero allí completaban el cartel añadiendo “... e inmigrantes”. Ahora, la situación no es muy distinta porque el país helvético aprobó en 2014, a través de un referéndum propiciado por la extrema derecha, el establecimiento de cuotas de entrada para extranjeros, una pretensión que esa facción política del país helvético, llevaba ya más de 40 años persiguiendo.

Aquí y ahora, la propuesta de Benito y Pastor no puede ser más oportuna. Casi dos horas de sonrisa bañada en la compasión que genera quien podría ser cualquiera de los espectadores que pueden acudir a la Sala Guindalera, a reflexionar, a sonreír e, inevitablemente, también a tomar postura frente a uno de los que pueden llegar a convertirse en uno de los problemas clave de la sociedad española en menos que canta un gallo -si es que no lo es ya-, el de las migraciones.

‘Un cadáver exquisito’

Texto: Manuel Benito

Dirección y Espacio escénico: Juan Pastor

Reparto: Jacobo Muñoz, Guillermo G. López, Cristina Palomo y Felipe Andrés

Iluminación: Sergio Balsera

Vestuario y ambientación: Teresa Valentín-Gamazo

Ayudante de dirección: Jorge Tejedor

Fotografía: Susana Martín, Eva París y Manuel Martínez

Regiduría: Paula Gutiérrez Contreras

Prensa y Comunicación: Raquel Berini, Manuel Benito y Pilar Valero

Producción: Guindalera Teatro S.L.

Espacio Guindalera, Madrid

Hasta el 27 de enero de 2019 (viernes, sábados y domingos)

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