21 de noviembre de 2019, 22:00:15
Teatro


Fernando Cayo: "Un actor tiene que estar formado en todos los registros"

  • "La cultura sigue siendo un hermano pobre de la identidad española"
  • "Me gusta mucho el salto técnico que supone transitar entre el cine, el teatro y la televisión"
  • "No creo en ninguna escuela concreta. Hay muchos caminos para llegar a la verdad…"

Por José-Miguel Vila / @josemiguelvila

Fernando Cayo nació en Valladolid, un mes antes de aquel mayo de 1968, el año que los estudiantes parisinos se lanzaran en tromba a la calle reivindicando una revolución social que no se sabe muy bien si llegó a cuajar de verdad, pero lo cierto es que aquella fue una generación que removió el mundo y marcó toda una época. "Quizás mi espíritu de lucha venga de ahí", nos confiesa el actor a quien, traspasada ya la cincuentena, acaba de recibir la buena noticia de que en 2019 estará grabando la tercera parte de La Casa de papel, la serie en español más vista de Netflix en todo el mundo ("incluso se está doblando ya al inglés cosa que antes no se hacía").


No es extraño, pues, que Cayo esté encantado y muy tranquilo porque en los últimos meses ha tenido "sobredosis laboral", al simultanear la doble gira de El príncipe, de Maquiavelo con Inconsolable, de Javier Gomá, -montajes dirigidos por Juan Carlos Rubio y Ernesto Caballero, respectivamente-, junto a las grabaciones de lunes a viernes, de la serie de televisión Amar es para siempre. "Ahora estoy aprovechando para descansar un poco, impartir cursos de formación de actores -una cosa que me encanta y que llevo haciendo desde que empecé, hace ya casi 30 años-, afirma el actor-, y organizar mi vida que, además, el año anterior fue muy apretada".

Del Colegio Lasalle a los más grandes escenarios

No ha dejado de formarse desde que terminó sus estudios en la Escuela de Arte Dramático de Valladolid con el maestro Carlos Vides y en el Conservatorio de su ciudad. Después siguió en la Scuola Internazionale dell’Attore Comico con Antonio Fava en Italia. Más adelante profundizó en técnicas como la Commedia dell’Arte con Fabio Mangolini, las máscaras con Erhard Stiefel del Teatre du Soleil y con el maestro balinés I Made Djimat, kathakali con el maestro Karunakaran Nair o la tragedia griega con la actriz Aspasia Papathanassiou. Y más tarde estudia también interpretación audiovisual con Paco Pino y Mariano Barroso, y perfecciona el verso en la Compañía Nacional de Teatro Clásico con el maestro Vicente Fuentes.

Foto: Sergio Parra

Si hablamos de teatro, con la CNTC Cayo ha interpretado piezas como Peribáñez y el Comendador de Ocaña, La celosa de sí misma, El viaje del Parnaso, Tragicomedia de Don Duardos y El curioso impertinente, bajo la dirección de José Luis Alonso de Santos, Eduardo Vasco, Ana Zamora o Natalia Menéndez. También, y entre otros muchos montajes, ha interpretado a Segismundo en La vida es sueño, dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente; De ratones y hombres de John Steinbeck, dirigida por Miguel del Arco, o Rinoceronte de Ionesco bajo la dirección de Ernesto Caballero. De su paso por la televisión y el cine, vamos a señalar solo su participación en alguna de las muchas series en las que ha intervenido: la ya citada Amar es para siempre, Manos a la obra o La Señora. Entre sus trabajos en cine destacan The Counselor de Ridley Scott, El Orfanato de J. Bayona, Mataharis de Icíar Bollaín o La piel que habito de Pedro Almodóvar.

Todo un palmarés que Cayo comenzó a construir desde muy pequeño porque se inició en el teatro cuando solo tenía ocho o nueve años ("fue algo instintivo…", asegura), en el colegio Lasalle de Valladolid. "El mío era un colegio con una actividad cultural muy potente porque ya entonces había música, teatro o danza, entre muchas otras actividades, y afortunadamente eso caló muy hondo en mí. Quizás también por el hecho de ser el hermano pequeño en una familia con hermanos bastante más mayores que yo. Esto es muy común en el mundo de los actores que, buena parte de ellos, suelen ser hijos únicos o los menores de la familia". Y es cierto porque todos ellos están muy acostumbrados a jugar solos, que es tanto como decir que actúan solos: "y estaba familiarizado –enfatiza Fernando-, en la creación de mis propios universos, mis historias, que además registraba con ayuda de una grabadora que me regaló mi padre. Con ella hacía mis propios programas de radio y mis creaciones sonoras que contaba a mi manera. Por eso, cuando empecé a hacer teatro en el colegio, ya tenía cierta experiencia, y podía crear unas performances distintas con diez u once años". Le preguntamos por los contenidos de algunas de ellas, si es que aún las recuerda, y Fernando Cayo nos responde con la precisión de un reloj suizo o japonés: "¡sí, claro. Una de mis primeras cosas fue una mezcla de varios monólogos del Segismundo de La vida es sueño, y la puesta en escena que hice fue como si el personaje fuera un oficinista harto ya del mundo que le había tocado vivir, de su rutina diaria, y explotaba con el ‘¡Ay mísero de mí!, ¡ay infelice…!’. Y acaba con una calavera a la que había metido fuego dentro… Una performance de verdadera vanguardia… Y luego, también las poesías de fin de curso y algún que otro montaje más".

A sus padres, las iniciativas del hijo menor les parecían siempre curiosas y les hacían mucha gracia: "mi madre, sobre todo, fue siempre una gran amante de la cultura. Con ella acudía a escuchar conciertos de música clásica, a visitar museos y al teatro. Creo que gran parte de esta inclinación artística me viene también por parte de la familia de mi padre porque mi abuelo perteneció a uno de esos grupos amateurs que existían en la Valladolid de comienzos del siglo XX, una tradición que todavía hoy se conserva mucho en ciudades como Barcelona… Todo eso fue conformando la base de la persona interesada en el arte y en la cultura que soy ahora".

Buen estudiante en el Colegio Lasalle (estuvo desde primero de primaria hasta COU) y, aunque comenzó a estudiar Derecho durante un par de años, rápidamente Fernando llegó a la conclusión de que eso no era lo suyo: "aposté por el teatro y, desde entonces, esta ha sido mi única profesión". Y si fue un estupendo alumno en el colegio, en la Escuela de Arte Dramático, aún con más motivo porque "estaba totalmente entregado. Aquella etapa fue maravillosa porque tenía unos profesores magníficos –Carlos Vides, Alfonso Romera, entre otros…-, que me enseñaron sobre todo a aprender. Allí nos dieron incluso hasta la posibilidad de organizar nosotros mismos nuestra enseñanza. Nos dejaban las salas del antiguo Hospital de la Diputación de Valladolid, un espacio inmenso, para que organizásemos nuestros propios cursos. Y aprovechamos la oportunidad porque montamos varios muy interesantes. Uno especialmente atractivo con Constance Rossner, una actriz alemana que había trabajado con Grotowski, con la que hicimos un curso sensacional; y otro con Leonid Roberman, del primer Teatro Dramático de Moscú, con Yuli Berladin, de la Escuela Vajtangov de Moscú, y tuvimos la posibilidad de organizar por nuestra cuenta unos cursos realmente excepcionales, que ahora mismo es muy difícil encontrar de un nivel tan alto, incluso en Madrid… Mi paso por la Escuela, desde luego, fue muy enriquecedor".

La rueda de la vida

Foto: Valentin ÁlvarezComo la gran mayoría de los actores que trabajan con cierta continuidad y que pueden permitírselo, Fernando visita también al terapeuta de vez en cuando porque supone, al menos, una gran ayuda para la estabilidad psicológica del actor: "yo tengo una larga relación con la terapia Gestalt –nos dice-, eso me ha permitido conocerme mejor y, al mismo tiempo, ayudar a veces a compañeros. Llega un momento en que tener un buen conocimiento de las herramientas psicológicas no solamente te ayuda a ti y a la construcción de tus personajes sino que te ayuda en la vida en general, y a poder apoyar a los demás". La pregunta nos surge entonces de forma instantánea: ¿y, después de todo eso, qué tal te llevas contigo mismo? "Bastante bien –responde Fernando-. La verdad es que, con el tiempo, aprendes a aceptar tus altos y tus bajos anímicos, que es de lo que en última instancia va la rueda de la vida. Las cosas están ahí, unas veces con más intensidad, otras con menos, unas veces de cara y otras de espaldas, pero al final todo es una rueda que gira y gira para volver a pasar por el mismo punto. Llegar a asumir esto, que todo se repite, aunque con ligeras variaciones es en una de las cosas que consiste aprender a vivir".

Fernando tiene tras de sí una carrera profesional verdaderamente envidiable y nos gustaría saber el secreto que le ha permitido poder llevar sus riendas y conocer hasta qué punto la suerte ha podido influir también en ello. Para el vallisoletano "saber elegir ayuda, sí, pero en mi caso han tenido más importancia las cosas que me han elegido que las que yo haya podido escoger… Este momento, sin embargo, ya es algo más complicado porque ahora sí que tengo que decidir entre un medio y otro. Normalmente intento compaginar cine, teatro y televisión porque, incluso, me gusta el salto técnico que supone el transitar de un medio a otro… Pero es difícil cuando tienes que prescindir de una obra de teatro por hacer audiovisuales. No hay más remedio, a veces hay que hacerlo, y uno intenta siempre elegir de la mejor manera posible. Ahí entran muchos factores, además del artístico, y el económico es también uno de ellos (uno tiene también una familia, y tiene que cumplir con ciertos e inevitables compromisos…). Muchas veces se olvida que la gente que nos dedicamos al teatro y al cine también tenemos hipotecas, alquileres, pagos mensuales, etc., y en muchas ocasiones es eso lo que manda a la hora de decidir. Esta es la profesión con la que nos ganamos la vida".

Si los caminos del Señor son inescrutables, los de las gentes de las artes escénicas quizás aún más. Al teatro, al cine, a la televisión se puede llegar por muy diversos y sorprendentes caminos, que no pasan necesariamente por una Escuela de Arte Dramático. "Es cierto –continúa afirmando Cayo- porque "hay gente que no ha pisado nunca una escuela de teatro, al mismo tiempo que también hay compañeros que han estudiado mucho y luego no consiguen nada. Yo, en todo caso, he elegido el camino que me interesaba, que es el de la formación, nunca me he planteado otro porque me parece que lo natural, antes de hacer algo, es formarse ¡cuanto más estudies y más te prepares, mejor!-, y así lo entendí desde el principio. Mis modelos de actores han sido siempre los del Este, el Teatro de la Taganka de Moscú por ejemplo, que yo había visto desde muy joven en el Festival Internacional de Teatro de Valladolid; los actores ingleses que también pasaron por allí con espectáculos maravillosos, o la gente del teatro italiano… ¡todos eran gentes muy preparadas, muy formadas! Vi, desde el primer momento, que si yo quería aspirar a eso, tenía que seguir el mismo camino. Después he podido comprobar en cabeza propia que esa decisión me ha producido mucho disfrute, y no solo en el acto de aprender, sino también en el de trabajar con mucho más peso, más base, más solidez. Y tanto en la comedia como en el drama, en el cine, en el teatro o en televisión, y en distintos estilos, porque yo he pasado desde la Compañía Nacional de Teatro Clásico hasta por espectáculos underground, que yo mismo he creado, un teatro cabaret más político y más cañero. Lo que más me ha dado la formación es libertad. Si no la hubiera tenido, me hubiera visto mucho más limitado, y eso es fastidiado porque, al final, si estás encasillado en lo mismo, te aburres de la profesión…".

La excelencia, el perfeccionamiento y el trabajo constantes

Le comentamos que a nosotros nos parece extraordinaria esa generosidad que despliegan los actores, los directores y los dramaturgos que no paran de dar cursos, seminarios y talleres de formación a profesionales del teatro y, además, a precios asequibles, una iniciativa que no suele darse en otros gremios (médicos, periodistas, abogados o arquitectos, pongamos por caso) y el vallisoletano nos dice que "lo veo normal, porque es también la forma en la que yo mismo he aprendido. Y, aunque ahora enseño, sigo siendo también alumno porque sigo acudiendo a clases de canto, de danza contemporánea y de otros campos relacionados con mi profesión, para los que sigo acudiendo a clases de maestros reconocidos. Por ejemplo, sigo viendo a Vicente Fuentes desde que tenía 21 años… Siempre he sido alumno suyo y esto lo veo como algo normal. Desde que volví de Italia empecé a dar clases, pero nunca he dejado tampoco de ser alumno. Soy de los que creo en esta manera de hacer, que tiene que ver con la excelencia y con el perfeccionamiento y el trabajo constantes, y la única forma de conseguirlo es seguir aprendiendo".

Aunque la base de su formación postgrado, Fernando la ha tenido en Italia, no cree que sea lo único que le ha influido: "en general, soy muy ecléctico; hace unas semanas que estuve dando un curso sobre entrenamiento actoral en la Unión de Actores, algunos alumnos me comentaban que creían, por mis trabajos, que mi escuela era más psicológica, más Stanislavski, y otros me decían que me tenían como referente por hacer trabajos más gestuales y corporales… Creo que un actor tiene que estar formado en todos los registros. Por eso yo no creo en ninguna escuela porque creo en todas. En Madrid me parece que se peca un poco de trabajar por familias: o eres de Corazza, o de Cristina Rota, de Jaroslaw Bielski o de la RESAD… A mí me da igual una escuela u otra porque me parece que hay muchos caminos para llegar a la verdad. Unos trabajan de lo externo a lo interno, otros de lo interno a lo externo. Hay que conocerlo todo y después, dependiendo del trabajo o del estilo en el que estés trabajando, el tipo de obra, el tipo de personaje, etc..., tienes que saber utilizar una u otra técnica, o en la forma de combinarlas. Por ejemplo, en uno de mis últimos trabajos, Inconsolable, que dirigió Ernesto Caballero en el CDN a partir del texto de Javier Gomá, estaba trabajando en la sala grande del María Guerrero empezando en un tono íntimo, muy naturalista, casi cinematográfico, y luego iba transitando por territorios más épicos hasta llegar a hacer un trabajo sobre una plataforma inclinada en la que estaba trabajando prácticamente en verticalidad y con un trabajo corporal y gestual muy potente, y jugando con la gravedad… Ese trabajo, ¿es psicológico, es grotowsquiano, es de l’epoque…? Con un buen entrenamiento físico, psíquico y vocal puedes ofrecer al director una paleta más amplia de colores".

El hecho de que, por ejemplo, la Comédie Francaise se creara en 1648 mientras que nuestro Centro Dramático Nacional no viera la luz hasta 1978 –comentamos a Cayo-, supongo que proyecta también un claro exponente de esos siglos de atraso cultural. "Desde luego –afirma el actor vallisoletano-. Pero, sobre todo, lo que marca es la cultura del país, y el teatro forma parte de esa identidad nacional, como también el cine, la escritura, los comics o la música. Y, obviamente, nuestro retraso cultural respecto al resto de Europa es de siglos. Nosotros no vivimos la Revolución francesa, ni prácticamente tampoco la Revolución industrial; hemos pasado de un ostracismo fundamentalista religioso extraordinario, y durante varios siglos, para atravesar después una dictadura de cuatro décadas, y eso ha dejado una marca indeleble en nuestro ser cultural, que ha conllevado también un gran retraso cultural. En este país, cuando moría un monarca, o alguien de su familia, durante los siglos XVI y XVII, se paralizaban los teatros de Madrid durante tres o cuatro años por el luto correspondiente, era algo prescindible y pecaminoso y eso marca mucho. La cultura sigue siendo un hermano pobre de nuestra identidad, esto tiene que ver con las carencias educativas también seculares. Lo vemos no solo en el teatro, sino también en cualquier aspecto de nuestra vida social: la corrupción infinita que nos atraviesa, en ese sentido de cuñadismo que está tan extendido, etc. En España necesitamos una revolución educativa y cultural que nos ponga al nivel de los franceses, los escandinavos o los alemanes. Y eso, a pesar de que en los últimos años ha habido una gran eclosión de acontecimientos teatrales y culturales en general, pero todavía nos queda mucho. Sobre todo a la hora de establecer un contacto con un político que tiene que construir un teatro, o hacer una programación cultural… Nos encontramos con los problemas de siempre porque hay una clara falta de educación. Espero que, en algún momento, pueda darse esa revolución cultural o, al menos, un gran salto cualitativo".

Cuando le pedimos que nos dé tres nombres de directores de cine, teatro o televisión que hayan marcado, de alguna forma, su quehacer artístico, Cayo se remite a los tres últimos con los que ha trabajado: "Juan Carlos Rubio, que es un director estupendo y un escritor muy atinado y con mucha inspiración; Ernesto Caballero porque es un grandísimo director y un tipo muy creativo, que da mucha libertad a los actores y se trabaja muy bien con él, y Miguel del Arco, otro grande de la escena. Y te doy solo estos nombres porque me has pedido solo tres, pero podría darte muchos, muchos más. (Andrés Lima, Juan Carlos Pérez de la Fuente, Eduardo Vasco, Ana Zamora, y muchos otros…). Con todos ellos he aprendido muchas cosas y ese es siempre mi deseo, trabajar con un equipo del que pueda aprender".

Pedimos también al actor y maestro que nos subraye lo mejor y lo menos bueno de cada uno de los tres directores que ha citado, Rubio, Caballero y Del Arco: "De Juan Carlos me gusta mucho la profundidad con la que trabaja. Saca mucho partido a los espectáculos. Es un currante nato y es muy seguro trabajar con él. De Ernesto, como ya he dicho antes, la gran libertad de creación que otorga siempre a los actores –algo maravilloso-, y que es un gran creativo. Y de Miguel del Arco, que le encanta trabajar con los actores y que domina muy bien las emociones (quizás porque también es actor (eso siempre influye). Y sinceramente no puedo decir nada malo de ninguno de los tres. Sí que puedo señalar que tienen métodos distintos, pero esa diversidad me gusta, me gustan los cambios trabajando. Por ejemplo, a Juan Carlos Rubio le encanta estructurar el espectáculo milimétricamente. Esto está muy bien, sobre todo a la hora de estrenar y poder hacerlo con soltura. Recuerdo, por ejemplo, el estreno de Páncreas, un espectáculo del que quince días antes del estreno ya estábamos haciendo pases generales con público y con todo montado, y eso da una seguridad estupenda… De Ernesto Caballero podría decirte lo contrario: le gusta mucho el cambio, a veces le cuesta mucho decidirse a cerrar la partitura. Por un lado, llegas al estreno algo más inseguro pero por otro, esa libertad que te da, hace que las opciones sean mucho más ricas, más abiertas… Y con respecto a Miguel, puedo decir que me parece que es un mago para encontrar siempre los elencos ideales. Eso hace muy fácil trabajar con él. Es un director que tiene mucho carisma y atrae fácilmente a los actores y es lógico que tenga siempre a su disposición los actores que busca (y, yo que he sido también productor, te aseguro que eso no es nada fácil…)".

En España –termina diciendo Cayo-, "no hemos generado aún esa necesidad que existe en países como Alemania, Inglaterra, Francia o Italia, de tener que acudir al teatro, a la ópera, o a escuchar conciertos. Ya lo dije antes, es por falta de solidez en nuestra base educativa. Mientras que en estos otros países de nuestro entorno hay mucha más oferta, porque hay mucha más demanda, en España no ocurre eso. Eso, entre otras cosas, trae como consecuencia que muchos artistas acaben dejando el oficio por mero aburrimiento y desgaste. En esta profesión, cuando empiezas hay muchísima competencia, y te cuesta mucho acceder a los trabajos, pero a medida que va pasando el tiempo, desgraciadamente, hay mucha gente que se ve obligada a dejarlo porque no consigue vivir de esto y llega un momento en que ya tira la toalla para dedicarse a esa opción B, que siempre suele tenerse en la chistera (la enseñanza o cualquier otra actividad más o menos relacionada con las artes escénicas). Esto, que hasta cierto punto es normal que ocurra, en España es que adopta unas dimensiones verdaderamente tremendas. Por ejemplo, y además, cuando se suprimió lo del IVA cultural, se barrieron casi todas las compañías de teatro independientes de provincias. En mi ciudad, por ejemplo, hubo un momento en el que había diez o doce compañías independientes que daban trabajo a un montón de profesionales de Valladolid, y ahora solo quedan tres o cuatro que puedan seguir trabajando de una manera estable… Esa fue la gran vergüenza y el gran dolor de los profesionales de este país".

Para terminar, hablamos del futuro, que muy bien podría representar su única hija, 14 años, por quien Fernando se desvive y a quien trata de ayudarle a descubrir su camino: "desde luego pretendo ayudarle a ser una buena persona en la medida que tengo de ofrecerle herramientas para serlo, y que intente hacer lo que sea de la mejor manera posible, que le preocupe aportar algo de valor al mundo, que me parece que es lo más importante que puede hacer un ser humano… Y a través del trabajo que sea, y de la manera que sea, pero contribuir al desarrollo del ser humano con alguna aportación. A través de tu trabajo, echando una mano en alguna ONG, o a la gente que tienes alrededor, con tu actitud diaria…, pero aportando algo para los demás…".

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