23 de agosto de 2019, 6:20:10
Teatro


Lola Blasco: "No acierto a encontrar la causa por la que se nos niega la visibilidad a las mujeres dramaturgas"

  • “El boom de los nuevos dramaturgos sigue siendo machista”
  • “Esta es una profesión que duele”
  • “La ficción también construye el mundo”
  • “Aspiro a que mi discurso sea cada vez más esencial y, aunque sea complejo, resulte sencillo entenderlo”

Por José-Miguel Vila / @josemiguelvila

Lola Blasco (Alicante, 1983), obtuvo el Premio Nacional de Literatura Dramática 2016 por su obra Siglo mío, bestia mía, publicada un año antes. La misma autora calificaba su obra como poética, muy melancólica y poblada de personajes que van a la deriva: “Es postidealista, con el desconsuelo, el desamor, el fracaso o la imposibilidad de ver al otro como temas, en un mundo en crisis, donde el terror y la violencia se apoderan de todo y no somos capaces de amar". Lo cierto es que ya estamos en 2019 y Siglo mío, bestia mía aún no ha subido a un escenario y quizás esto explique su cierto desaliento y que se replantee cíclicamente su continuidad como dramaturga. Y eso que comenzó muy pronto a publicar y, desde luego, su obra tiene un lugar indiscutible en la dramaturgia española actual. Suyas son, entre otras, Pieza paisaje en un prólogo y un acto (2010, Premio Buero Vallejo); En Defensa: Un concierto de despedida (2012); Los hijos de las nubes (2013); Ni mar ni tierra firme: tres monólogos sobre La Tempestad (2014) y, más recientemente, Canícula; Fuegos (2018, Premio de la Crítica Valenciana) y La armonía del silencio.


Blasco se licenció en Dramaturgia por la RESAD y se formó en interpretación en el Estudio de Jorge Eines. Ha asistido además a numerosos talleres de dramaturgia, entre ellos, a varios impartidos por Enzo Croman y Marco Antonio de la Parra. Es Máster en Humanidades por la Universidad Carlos III de Madrid, donde continúa sus investigaciones y realiza labores docentes para el Departamento de Humanidades.

Comprometida, reflexiva, dialogante y, por tanto, crítica, percibe que estos no parecen buenos tiempos para la lírica: “noto últimamente –sobre todo en las redes-, que hay muchísima censura. No puedes criticar nada porque te etiquetan enseguida. Por ejemplo, yo soy una persona con firmes convicciones izquierdistas, pero eso no quiere decir que no pueda criticar ciertas posturas o decisiones del gobierno si considero que puede estar haciéndolo mal. Por otra parte, esas críticas me parece que deberíamos hacerlas todos como ciudadanos. Bueno, pues cuando críticas algo de un partido o de un gobierno al que se supone que deberías defender, enseguida se te echa la gente encima. Parece que no se puede decir absolutamente nada. A veces tengo muchas discusiones en las redes por este tema y estoy considerando la posibilidad de dejarlas… Cada vez que coloco algo en el muro de Facebook se montan unas discusiones que me parecen exageradas. El tiempo que nos ha tocado vivir es muy convulso y estamos inmersos en una censura muy grande porque no te dejan decir prácticamente nada”.

Foto: Sol SalamaComo un altísimo porcentaje de las mujeres españolas, en algún momento de su vida Lola sufrió acoso sexual y ese hecho la determinó a iniciarse y practicar en serio el Muay thai, un arte marcial no muy conocido, pero que da las armas suficientes para inmovilizar a un hombre, independientemente de que le saque 30 o 40 centímetros y otros tantos kilos de peso. Con seguridad casi absoluta, sus compañeros de gimnasio en el madrileño barrio de Carabanchel, en donde reside hace algún tiempo, y probablemente tampoco sus alumnos de la Carlos III, no tienen ni la más ligera idea de que su compañera o su profesora –rubia, menuda y de habla dulce y modales exquisitos-, hoy podría fulminarles de una patada si le dieran alguna razón para ello.

La vida no ha sido fácil para la alicantina, que, de hecho, es la primera persona de su familia que tiene una carrera universitaria. Desde que terminó bachiller se ha tenido que pagar los estudios porque los recursos que entraban en casa eran limitados y no podían costeárselos. Su abuela, pianista, y su abuelo, militar republicano, después de la Guerra Civil, lo perdieron todo hasta el punto de que tuvieron que irse a trabajar al campo. La propia madre de Lola tuvo que ayudar a sus padres en esas mismas labores desde muy pequeña.

Comenzó siendo actriz pero no le gustaban los papeles que le adjudicaban: “sobre todo cuando era más jovencita me daban siempre el de ‘rubia inocente’. Supongo que es lo que tocaba porque el físico condiciona mucho, pero es que hay un abismo entre lo que aparento físicamente y como me siento por dentro. Entonces, si me daban el papel de Lady Ana, no me interesaba nada porque las cosas más profundas las decían los personajes masculinos. Y precisamente empecé a escribir teatro por eso, aunque lo hacía desde muy pequeña (a los 8 años ya escribí algunas poesías), porque me parecía que la capacidad de acción que podía tener como actriz era escasa y me tenía que limitar a hacer papeles que no me interesaban nada”.

“Tengo una relación muy intensa con la música

“En la universidad, como en el teatro -continúa diciéndonos la dramaturga-, hay gente muy buena que luego se queda por el camino. Yo todavía no entiendo muy bien cómo he acabado dando clases en la Carlos III. Si bien es cierto que obtuve el premio al trabajo de fin de Máster y al mejor expediente académico, digamos que se han tenido que dar una serie de circunstancias que han hecho que pueda estar ahí. Entre otras, el apoyo de algunas personas que conocían mi trabajo como dramaturga y que están muy interesadas en el teatro en general. Y, por otro lado, imagino que también la concesión del Premio Nacional de Literatura Dramática ha contribuido en que haya podido afianzarme en la universidad y en quedarme como profesora”. Pero la paradoja es que a Lola Blasco fue precisamente el teatro quien la llevó a la universidad: “mi objetivo no era estar a priori en la universidad. Entré a estudiar un máster e hice un recorrido en Filosofía con el ánimo de formarme en aspectos que a mí me interesaban. Y eso porque me parecía que la formación teatral me resultaba escasa, y porque creo, en general, que falta formación en la profesión teatral, sobre todo para escribir, en donde yo creo que no te puedes quedar únicamente con la formación académica recibida en la RESAD. A mí, al menos, me hacía falta completar esa formación y fui a buscarla a la universidad”.

A Lola, efectivamente, la universidad le ayudó mucho a pensar: “yo tenía las herramientas para escribir –afirma la alicantina-, las había adquirido en la RESAD. Por otro lado, tener algo que contar es algo que no te puede enseñar nadie y yo sentía la necesidad de completar mi formación técnica con otra más humanística que me parecía que podía ayudarme a estar en el mundo de una forma diferente, y a pensar sobre lo que quieres escribir. Eso lo encontré en la universidad”.

Machadiana en el fondo, a sus 36 años, Lola se siente ya mayor, en contra de lo que suele suceder en las gentes de su generación. En general, nuestra sociedad es absolutamente mitificadora de la juventud que se ha convertido en un objetivo permanente. Nadie quiere apearse de ella, incluso habiendo cumplido ya de largo los 50. Ella, por el contrario, dice de sí misma que “por dentro, soy un viejo con barba”. Y, si a esto se une la circunstancia de que la dramaturga es una rara avis en el mundo del teatro (no frecuenta estrenos, fiestas ni cenáculos y mentideros teatrales, lo que la convierte en una especie de autoexiliada interior…), en ella se dan, pues, todos los requisitos previos para hacer de la suya una voz muy personal dentro del teatro español de este primer cuarto de siglo. Y lo es, ¡vaya si lo es!

Foto: Sol Salama

Volvamos a los orígenes personales de la alicantina. Ni un solo antecedente teatral y, sin embargo, muchos musicales en tu familia. ¿No tienes ningún sentimiento de culpa, o algo parecido, por haber quebrado esa tradición?, le preguntamos. Lola Blasco también lo creía, “pero hace tres o cuatro años descubrí que un dramaturgo del siglo XIX (que aparece en la Espasa Calpe) es antepasado mío, Tomás Clavel y Bosch. Pero, sí, un cierto cargo de conciencia con la música sí que tengo. Es mi pasión frustrada. He llegado tarde a ella porque, aunque ahora estoy estudiando, sé que ya no podré pasar de aficionada. Pero tengo una relación muy intensa con la música, hasta el punto de que me ha salvado en muchos momentos. Yo encuentro un gran consuelo en ella y es verdad que me gusta desde que era muy pequeña. Pero mis padres no tuvieron posibilidades de pagarme los estudios de música. Yo era la menor de seis hijos –junto a mi hermana gemela-, y la economía familiar iba muy ajustada. Ahora, de mayor, aprendo pero muy despacito. Hoy, supongo que para compensar, he querido que mi hija estudie piano pero ella -6 años- pasa olímpicamente de los deseos de su madre… (Ríe con ganas). En el fondo, yo me he puesto a estudiarla porque, sobre todo, me interesa la armonía, entender cómo está construido un tema para poder aplicarlo después a la escritura. Pero soy muy consciente de que, a mi edad, existen ya muchas limitaciones para ir muy lejos en el aprendizaje”.

“La música es la verdadera democracia del discurso –sentencia Lola-. Puede entenderla cualquiera, sepa o no de música. Y eso es lo que más me gusta de ella, que es emocional, que entra directamente desde otra parte del cerebro. Es un lenguaje mucho más universal que cualquier otro. Hay unos estudios, que a mí me interesan mucho, de Oliver Sacks, sobre problemas con el lenguaje en los que plantea cómo muchos enfermos de Alzheimer no solo pueden comprender la música sino que, incluso, la pueden recordar y cantar. Eso es muy bonito porque, efectivamente, la música entra por un lugar diferente del cerebro del que entran las palabras… Si queremos trasmitir un mensaje, que es la vocación de cualquier creador (escritor, periodista, etc.) tenemos esa vía. Yo, al menos, soy muy ambiciosa y me gustaría llegar a todo el mundo, y la música es una vía para poder hacerlo, mientras que con las palabras nos encontramos con limitaciones mayores”.

En los últimos tiempos, Lola ha investigado mucho sobre la música y cómo desarrollar un discurso a través de ella, y, en este sentido, “he tenido la suerte de poder llevar a cabo algunos proyectos aunque modestos. Por ejemplo, el montaje de Música y Mal, que pudimos presentar en el Ambigú del Pavón Teatro Kamikaze. En él, uno de los hilos conductores era precisamente este debate entre la música y la palabra. El espectáculo consistía en rescatar piezas muy conocidas de la historia universal de la música (Bach, Wagner, Schumann o Debussy, entre otros), pero escuchándolas desde otra perspectiva: la que aportaba el relato que yo misma iba contando en escena. Al poner la palabra sobre la música, sin duda, el mensaje llega al receptor de otra manera. Es el mismo principio por el que se utiliza la música en la publicidad, o de lo que hacían en su día algunos nazis, que podían leer a Goethe o Rilke por la noche, al tiempo que podían tocar a Bach o a Schubert, e ir por la mañana a su trabajo en Auschwitz… A mí me parece muy interesante esta óptica y, por lo que pude ver, también se lo pareció a los muchos espectadores que acudieron los pocos días que estuvimos allí. El próximo 24 de Marzo, Alexis Delgado (el pianista) y yo, volvemos a presentar este espectáculo en el Auditorio Padre Soler de Leganés y esperamos que despierte tanto la curiosidad como el interés del público que no pudo acudir entonces”.

Forzado año sabático teatral

En esta temporada teatral, al menos hasta el momento no hay ninguna sala pública ni privada que tenga en su programación espectáculo alguno de Lola Blasco, una circunstancia inaudita tratándose de alguien con una trayectoria literaria tan notable. Lo tendrá en 2020, si todo discurre como debe. Ante esta circunstancia, cuando menos extraña, comentamos a Lola nuestra sorpresa por no verla siquiera en alguna sala del circuito off. La dramaturga nos dice que ha decidido retirarse durante todo este año para poder tener tiempo de escribir y de pensar. Y ello por tres razones bien distintas: “La primera es que tengo una hija y no puedo permitirme el lujo de perder dinero. La segunda, relacionada con la anterior, es que priorizo la atención a mi hija. Por mucho que ame el teatro creo que no debo –en realidad, no deberíamos ninguno…- trabajar en condiciones no profesionales”. Y la tercera, probablemente, por aquello de hacer de la necesidad virtud, puede que este sea el momento oportuno para dar ese empujón que anda necesitando su ya iniciada tesis doctoral. Tomando como modelo los trabajos de la filósofa María Zambrano sobre otros géneros, Blasco lo va a aplicar al teatro para analizar algo que no está nada estudiado: si puede existir una confesión en teatro. Blasco habla del término ‘confesión’ en la séptima de las acepciones que figuran en el Diccionario de la RAE, es decir, el ‘relato que alguien hace de su propia vida para explicarla a los demás’: “trabajo con algunos autores que me resultan interesantes –afirma Lola-, desde esa perspectiva confesional, y establezco unos parámetros para diferenciarlos de la autobiografía, o de otro tipo de géneros en teatro que vamos a ver en primera persona. Para ver, por ejemplo, como un monólogo clásico, para mí no es una confesión porque esta tiene que seguir una serie de pautas que tienen que ver con la construcción de la identidad, con dar ejemplo..., y una serie de características que serían propias de las confesiones y que no tienen que ver necesariamente con la realidad, sino que más bien aspiran a la verdad, y eso puede ser un pacto ficticio. San Agustín y Rousseau se inventan sus vidas con un objetivo concreto y, de alguna forma, me parece que hay algún tipo de teatro que podría encuadrarse también en esa línea…”.

¿Por qué dramaturga y no novelista o ensayista?, preguntamos ahora a la alicantina. Ella misma no encuentra tampoco una explicación inmediata: “eso mismo me pregunto yo de vez en cuando. He escrito algunos ensayos y, al mismo tiempo, algunas de mis obras teatrales, en cierta forma, se han acercado también a este género literario, probablemente, pero la razón última de que me haya decantado por el teatro es porque a mí no me gusta estar sola más allá de esa sensación de tremenda soledad que te inunda cuando escribes. En el teatro compartes lo que escribes con un equipo y con el público”.

Teatro y feminismo

Escribir teatro y ser mujer es, supongo, un poco más difícil, ¿no?: “es cierto. No nos dan visibilidad y, por tanto, no la tenemos. El boom de los nuevos dramaturgos sigue siendo machista. Siempre que salga un nuevo autor joven e interesante va a ser la nueva promesa… No acierto a encontrar la causa por la que se nos niega esa visibilidad a las mujeres dramaturgas”. No es una simple impresión de la alicantina porque basta con echar un vistazo a la cartelera teatral española para comprobar que la relación entre hombres y mujeres no es menor de 9 a 1. “Lo curioso –prosigue Lola- es que aquellos que programan no dejan de proclamarse públicamente como feministas quizás porque queda muy bien o porque es políticamente correcto. Acaso por eso mismo, y aunque yo siempre he sido feminista, y porque no sigo las modas, ahora es cuando más me pienso hacer una obra que tenga que ver con el feminismo. Por todo ese bombo que se da a algunos temas y, además, sin consistencia. No se pueden tratar temas como el feminismo sin darles voz a las mujeres. Y esa voz tiene que ser desde el discurso”.

Y, de lo general, Blasco desciende a lo particular, al feminismo en el teatro de aquí y de ahora: “todo esto de las cuotas resulta muy falso porque ‘hecha la ley, hecha la trampa’. Los teatros se dicen que tienen que tener un 50 por ciento de mujeres en su programación. ¿Y qué hacen? Sí, lo tienen, pero esas mujeres están en sala pequeña, pocos días, sin producción, solamente en exhibición… Todo esto es lo que también hay que analizar cuando nos acercamos a una cartelera. Hay mujeres, pero ¿en qué condiciones están? ¿cómo serían sus obras si hubieran tenido otras condiciones de trabajo más favorables? Y esto no es justificación pero es que, muchas veces, se nos pide a nosotras la excelencia, cuando no se nos dan ningunos medios para alcanzarla… Muchas veces no cobras por hacer tu trabajo e, incluso, hasta tienes que poner dinero. No estás trabajando como lo están haciendo otros compañeros, con su tiempo de ensayo, sus salas, su dinero, sino en condiciones precarias… ¡Y, encima, se te exige que seas excelente! O se te mide desde fuera, como es lógico, con el mismo baremo que si hubieras tenido una producción detrás, o un apoyo, cuando no lo has tenido. Y, claro, la persona que viene desde fuera (el público, la crítica) lo que va a ver es el resultado. Pero, desde dentro, este es uno de los problemas serios que tenemos, que hay que hacerlo todo prácticamente solas, y sin ningún apoyo, al menos en la mayor parte de las ocasiones…”.

Acaso sea por todos estos inconvenientes y desventajas tan patentes y continuados por lo que Blasco se ha planteado varias veces dejarlo todo: “esta es una profesión que duele. Estas trabajando duramente, quieres mostrar lo que has hecho, porque lo has escrito para compartirlo, pero muchas veces pienso que mejor te sientas en casa y te pones a hacer una novela, o un ensayo. Ahí no necesitas todo este complejo mecanismo que exige el teatro, que también está vinculado a las ‘familias teatrales’ y a las ‘relaciones públicas’. La cosa se pone peor si no tienes tiempo para dedicar a este asunto, o tienes cierto pánico social, como a veces me pasa a mí, que prefiero acudir siempre a ver los montajes cualquier otro día distinto al del estreno”. Por otro lado, y aunque no parezca muy directamente relacionado con lo anterior, Blasco asegura también que “tener una hija me ha ayudado mucho en mi escritura porque me ha hecho colocarme en un lugar muy diferente en el mundo. Tienes que asumir una serie de responsabilidades que alguna gente prefiere eludir. Y esas responsabilidades pueden llegar hasta el punto de hacer muchas cosas por tus hijos que nunca harías por ti. Y, al mismo tiempo, me ha hecho comprenderme mejor a mí misma, incluso tratarme mejor. Cuando ves a un hijo y sientes un amor incomparable con cualquier otro tipo de cariño, un amor de entrega total, te acuerdas de ti misma de pequeña y eso te hace tratarte con más indulgencia. Diría, incluso, que me ha hecho escribir de otra manera. El amor de pareja, sin embargo, es muy distinto, al final se trata de una transacción en la que siempre se espera algo del otro, es inevitable’”.

“Si hay que plagiar, que sea a los grandes de verdad”

Aunque Lola ha escrito textos sobre memoria histórica, recurre también con frecuencia al aquí y al ahora. Según ella “porque esa es también una forma de construir lo que será el futuro. En realidad, solo tenemos presente. Todo lo demás es ilusión y estamos construyendo siempre a partir del presente. Pero tampoco hay que desdeñar la ficción porque la ficción también construye el mundo. Se pueden hacer campañas políticas con falsedades, como hace Trump, hablar de hechos alternativos y con ello posibilitar que el mundo cambie a partir de una ficción. Quienes nos dedicamos a la ficción deberíamos de tener en cuenta que esta es también un arma muy poderosa. Escribir relatos de ficción aquí y ahora también posibilita un cambio en el mundo, dentro de nuestro pequeño ámbito, que es el teatro”.

Escribir es aún más difícil si aspiras a ser entendido por todos (el lector culto, el letrado, el iletrado, el espectador asiduo o el esporádico). Supongo que es lo que persigue todo escritor y, más aún, todo dramaturgo. ¿Es posible alcanzar esa meta, o hay que elegir necesariamente y decantarse por uno u otro camino?, planteamos ahora a Blasco: “ser un genio no es nada fácil, evidentemente –responde-, y, además, eso no se escoge, pero yo creo que se puede conjugar el rigor y la seriedad con la voluntad de llegar a más gente. Te mentiría si te dijese que no quiero llegar a todo el mundo. Más aún si, como es mi caso, vienes de donde vienes, es decir, de un ámbito nada elitista. Mis padres o mis hermanos entienden más de lo que mucha gente, supuestamente culta, dice entender. A veces te viene gente con cierta formación y te dice que lo que haces es complicado, y por otro lado, viene mi madre, que es ama de casa, y lo entiende. No siempre es fiable esa devolución que recibimos… A mí, repito, sí que me gustaría llegar a mucha gente y trato de hacer más sencillo el discurso, no menos complejo y sí más esencial… Cuando empiezas escribiendo quieres demostrar todo lo que sabes y durante todo el tiempo, tirando permanentemente de citas (¡y encima aún más si eres mujer y rubia!, comenta irónica, riéndose de sí misma…)… Pero esto se cura con el tiempo. Por eso aspiro a que mi discurso sea cada vez más esencial y, aunque sea complejo, resulte sencillo entenderlo y sea más accesible. La mayoría de los escritores que me gustan lo han hecho así y si hay que plagiar, que sea a los grandes de verdad”.

Y entre esos grandes a los que Blasco admira, uno de los lugares más destacados lo ocupa J.M. Coetzee, el escritor sudafricano a quien concedieron el Nobel de Literatura: “también él hace un alarde de técnica literaria en sus primeros escritos y, al final, llega a sus Siete cuentos morales o a La Infancia de Jesús en un lenguaje radicalmente distinto y mucho más simple de cuanto había escrito anteriormente. Son textos inocentes, por así decirlo, pero nada infantiles. Su lenguaje es cada vez más accesible y está totalmente despojado de referencias filosóficas, que te obligan a conocer algo de esa disciplina para poder entenderlo”. Pero hay muchos otros ebscritores en quien fijarse: “me interesa también mucho el teatro de Elfriede Jelinek –que será también minoritaria, pero comparte el Nobel de Literatura, con Coetzee-, que hace un teatro muy feminista, pero también cercano a lo musical. Y también son muy interesantes sus novelas. Soy también seguidora de Heiner Müller, pero vuelvo también con frecuencia a William Shakespeare para plagiar sus construcciones teatrales (Ríe abiertamente), y soy más de Cervantes y de Calderón que de Lope de Vega, aunque también me gusta mucho. Sus comedias son muy divertidas, y a mí me gusta mucho divertirme también en el teatro, aunque parezca muy cultureta (vuelve a reírse de nuevo)”.

Además de intentar terminar cuanto antes su tesis doctoral, Blasco tiene en mente una novela que, tarde o temprano, acabará de escribir y publicar. Son las consecuencias lógicas de evitar la frustración de escribir teatro y no poder subirlo al escenario con ciertas garantías de excelencia final: “la novela puedes hacerla tú en tu casa, con un ordenador delante, y se acabó… El problema viene luego, cuando decides presentarla a un concurso literario de cierta relevancia –el Nadal, el Planeta, el Ateneo de Sevilla o el Café Gijón, me da igual…-. Los jurados en los que yo he estado me han parecido bastante azarosos, y la suerte también influye, y mucho, en que un texto sea premiado. Siempre he pensado que para que te acaben otorgando un premio han de darse un conjunto de elementos. Obviamente la obra no puede estar mal escrita porque entonces ni siquiera la van a valorar. Pero no se trata sólo de eso, sino también de que la obra le caiga en gracia a quien le tenga que caer en ese momento, y que además las personas que estén allí la apoyen… Son muchos los factores que concurren para que sea uno y no otro quien acabe recibiendo un premio. Yo, como jurado, he vivido casos de verdadera injusticia. La conclusión es muy clara: uno tiene que hacer un trabajo porque quiere hacerlo, porque lo necesita, y no vivir pensando en el posible premio que pueda acabar recibiendo, o en el reconocimiento que va a conseguir”.

La pregunta surge de forma espontánea: entonces, ¿tú disfrutas o sufres escribiendo?: “¡disfruto mucho, muchísimo! Cuando escribo me río, lloro… Vivo todo intensamente y, además, puedo vivir mil vidas”.

Eso es lo bonito de escribir y que no te da la interpretación ni la dirección, profesiones que también son muy bonitas y que me gustan mucho, pero ¡como la escritura ninguna! Cuando escribo, esas dificultades que tengo con mi cuerpo, con no sentirme por fuera como siento por dentro, con la escritura no me pasa porque puedo ser todas las personas a la vez, aunque solo sea por un momento”.

Claro que luego, al abandonar la escritura, viene otra vez la realidad, el aquí y el ahora, eso puede conducirte a un cierto pozo de melancolía -comentamos a la dramaturga-, y ella, entre sonrisas, lo admite al tiempo que se reafirma: “sí, pero, al menos, las has vivido por un momento y eso es muy gratificante”.

Y así dejamos a esta alicantina instalada en la treintena, madre, dramaturga, profesora y, en breve plazo, también novelista. Entre clase y clase en la Carlos III, y entre entrenamiento y entrenamiento de Muay thai en el gimnasio del barrio, seguirá ficcionando, imaginando y dando vida a cientos de situaciones y personajes. Que finalmente suban o no a un escenario, ya no depende de ella.

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