17 de octubre de 2019, 2:30:21
Opinión


Cambio en el riesgo político

Por José Manuel Pazos


Los inversores catalogan el riesgo de muchos modos. El más básico es el político, vinculado a la estabilidad institucional, la seguridad jurídica, la estabilidad social, o el uso medido de la fuerza, en definitiva, la confianza. En base a esa confianza discriminan sus inversiones entre las destinadas a los mercados desarrollados frente a los emergentes, donde se asume que pueden producirse de forma recurrente episodios de fuerte inestabilidad, sea institucional, regulatoria, económica, o volatilidad de la divisa, por no referirnos a conflictos sociales que pueden derivar en cambios de régimen cuando no en revoluciones o en conflictos armados. La confianza no es exactamente sinónimo de previsibilidad, pero al menos permite el ejercicio de estimar con razonabilidad los escenarios posibles, de modo que las economías se desarrollan de modo estable y los inversores exigen menores primas de riesgo, favoreciendo el crecimiento económico.

Una de las características del periodo postcrisis es el incremento de los riesgos de origen político en los países de democracia liberal con primacía de la economía de mercado. Tradicionalmente asociados a crecimientos estables y al desarrollo del estado del bienestar, en los últimos años emerge con protagonismo creciente, un paisaje cada vez más fragmentado en el que diferentes fuerzas, ya sea la disrupción de los equilibrios comerciales (EE.UU.), el cuestionamiento e incluso abandono de las instituciones (Reino Unido), o el envejecimiento de la población (Japón), alteran el paisaje hasta el punto de que las democracias occidentales ofrecen cada vez un entorno menos previsible, menos estable y por tanto menos favorable para el crecimiento.

Esta inestabilidad, percibida por los ciudadanos en diversos formatos, fuerza a las élites políticas a tratar de mantener a cualquier precio el crecimiento económico ante el temor a que el deterioro se acelere y revierta en un cambio de los valores básicos de las democracias desarrolladas. Esta percepción se acentúa cuando economías como la de China, caracterizada por la ausencia de libertades individuales, ofrecen al mundo la idea de que crecimiento y libertades pueden no ser un binomio que necesariamente ha de ir de la mano, dejando espacio para que se cuele la desafección y generando el caldo de cultivo preciso para cuestionar el régimen de libertades y respeto institucional en el que se basa la percepción de ausencia de riesgos políticos, dañando así la base de confianza que marca la diferencia entre entornos económicos previsibles y no previsibles.

No es evidente sin embargo, al menos hasta este momento, que los mercados estén incorporando prima alguna por este motivo. Es posible que el aparente asalto que pretende la Administración norteamericana sobre la Reserva Federal, cada vez más visible, despierte esa inquietud, del mismo modo que en Europa, y al margen del Brexit, la situación de Italia, cada vez más compleja, arroje más sombras sobre el futuro de la Unión y del euro.

Esto puede despertar el temor a que actitudes como la de Holanda, que se opone seriamente a una mayor integración europea, puedan extenderse a países de mayor peso. Hasta ahora poco ha ocurrido que sea irreversible, pero es evidente que, a pesar de los esfuerzos de los bancos centrales, la confianza en la que se asienta el actual modelo de crecimiento, es cada vez más frágil. Queda confiar en el buen juicio de los ciudadanos, el respeto a la Ley y la solidez de sus instituciones.

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