23 de octubre de 2019, 9:13:57
Sociedad


La profecía autocumplida: el famoso 'Efecto Pigmalión' en la educación

Por Fátima Martí


¿Y si todos estuviéramos convencidos de que tenemos una gran inteligencia? ¿Cambiaría nuestro destino? Es importante conocer nuestras capacidades, pero considero que más aún nuestras potencialidades.

Hoy día sabemos que las expectativas que tenemos sobre nuestras posibilidades en la vida, muchas veces llegan a cumplirse. Ése es el resultado de un experimento que llevaron a cabo en 1966, el psicólogo Robert Rosenthal y la directora del colegio Oak School, Lenore Jacobson; aplicaron una prueba de inteligencia inventada (“Test de Harvard de Adquisición Conjugada”) a niños de los cursos de primero a sexto.

Comentaron los resultados a los profesores, explicándoles que un determinado grupo de alumnos (elegidos al azar) tenían muchas posibilidades de tener éxito académico en el curso siguiente, aunque, en realidad, las pruebas no estaban diseñadas para esas conclusiones. Al finalizar el siguiente año escolar se demostró que, efectivamente, ese grupo había avanzado intelectualmente más que el resto y que, incluso, había aumentado su cociente intelectual. Demostraron que hay relación entre la expectativa del profesor y el rendimiento del alumno. Les dieron un trato diferente que impulsó un resultado también diferente.

Y es que las decisiones que tomamos los adultos condicionan enormemente el recorrido académico de nuestros hijos. Esto lo explicó muy bien Woody Allen en el corto 'Sounds from a Town I Love' cuando habla del futuro fracaso vital de una niña cuyos padres no consiguen matricular a su hija en la guardería que habían planificado.

Fíjense en el famoso 'Efecto Pigmalión' (que no efecto Puigdemont) de los padres sobre los hijos o de los profesores sobre el alumnado. El efecto Pigmalión puede ser positivo o negativo. Por eso es tan importante cuidar los comentarios, etiquetas, actitudes u opiniones que hacemos, para no generar en ellos la falsa creencia de que ese rasgo se deba cumplir en el tiempo, como un bajo rendimiento escolar, por ejemplo.

Este artículo tiene la intención de lograr que insistamos en sus puntos fuertes y les enseñemos a utilizarlos y así compensar sus posibles puntos débiles. Así es como deberían crecer, creyendo en sus habilidades y no en sus defectos.

La base para educar niños y niñas fuertes es que crean en sí mismos. Si les animamos a seguir, a probar, a cometer errores... les transmitimos seguridad para que se atrevan con los desafíos y superen los miedos propios de la vida.

Para el neurocientífico Francisco Mora, “si hay emoción, hay aprendizaje”. Así es. Nuestro cerebro aprende cuando siente: en el rendimiento académico intervienen no solo las variables cognitivas, sino también las afectivas. Eso es lo que conseguimos si pensamos que podemos. Al fin y al cabo, es lo que debemos transmitir los adultos a los niños y niñas para que confíen en sus posibilidades y potencien sus talentos. Por eso, para el trabajo en el aula resulta fundamental que esté presente el elemento motivador que facilite el aprendizaje significativo y que el profesorado genere un clima emocional más cercano. De esta forma les estaremos motivando hacia un buen rendimiento y un mejor aprendizaje.

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