23 de octubre de 2019, 22:18:05
Opinión


La estrategia de perdedor

Por José Manuel Pazos


Los mercados emergentes han vivido sesiones difíciles estos días. Fondos de renta fija y variable han acusado fuertes salidas y han sido muchas las divisas de estos países que han sufrido en su cotización. Entre las que más el yuan que ha perdido un 3% en las dos últimas semanas acercándose a la barrera de 7 por dólar, nivel en el que la psicología del mercado sitúa una seria señal de alerta. Con epicentro en el yuan, el temblor llegó con intensidad a otras divisas asiáticas y devolvió a los mercados el recuerdo de los días del pasado verano protagonizado entonces por la crisis de la lira turca y del peso argentino. Es un reflejo visible y temprano de la tensión generada por el desencuentro entre norteamericanos y chinos y podría darse por bien empleada si los daños se limitasen a esto.

Más allá de este tipo de réplicas a los avatares de una negociación entre dos potencias y sus líderes que por razones distintas se ven abocados a alcanzar un acuerdo, lo que subyace en esta negociación es más profundo. China ha pasado de ser considerada por Occidente un enorme mercado para sus productos a convertirse en un formidable competidor en muchas áreas, proceso en el que ha utilizado lo particular de su régimen político y legal para obtener de forma irregular conocimiento y favorecer a través de subsidios encubiertos, sus exportaciones. La actual competencia china en su doble acepción de competente y competidor dibuja el perfil de una potencia que está en fase de acrecentamiento de su influencia mundial y que amenaza directamente la hegemonía norteamericana. China iguala cuando no supera a Occidente en muchas áreas de modo que, como en su momento los norteamericanos, es en su propio interés defender el libre comercio mundial como el mejor instrumento para acelerar esta influencia. La nueva ruta de la seda en el ejemplo más conocido.

El comportamiento de EE.UU. refleja por el contrario una estrategia de defensa que bien podría asociarse a un perdedor. Imponer tarifas, además de ser lo más parecido en sus consecuencias económicas a incrementar impuestos, es establecer una protección artificial detrás de la cual es más difícil que se desarrollen nuevos productos con capacidad de competir en mercados abiertos, lo que a su vez lleva a que se necesiten cada vez más y más altas barreras. Occidente, y eso es particularmente aplicable a Europa, se esconde de la situación que ha contribuido por acción u omisión a generar, y con la única munición de su política monetaria pretende mantener la cabeza por encima del enorme nivel de deuda que acumula. Sin voluntad política para plantear a sus ciudadanos las reformas que permitirían mejorar la capacidad de competir, el único recurso es imponer la protección artificial que construyen en EE.UU. o al amparo de la llamada Moderna Teoría Monetaria incrementar los déficits públicos para tratar de mantener el crecimiento a través de instrumentos macroeconómicos aplicados como solución de cataplasma a problemas que exigen soluciones microeconómicas.

Es lo que Italia plantea, constituyendo la amenaza más clara de este tipo de soluciones. ¿Alguien cree que Europa está en disposición de hacer frente al desafío que plantea Italia dispuesta a violar las reglas del Tratado de Maastricht? Siempre quedará el BCE para comprar la deuda que sea precisa para estabilizar el barco, pero no será sin coste para el euro. Asistimos a algo más profundo que a la manifestación visible de un desencuentro comercial.

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