14 de diciembre de 2019, 16:57:15
Opinión


La nueva Comisión Europea

Por Javier Fernández Arribas


La Unión Europea cambia a los dirigentes de sus principales instituciones en un momento especialmente delicado, tanto en el terreno interno como en el internacional. Dentro de pocos días podremos comprobar quién ha ganado realmente la batalla de los nombramientos. No era el mejor momento para darle la vuelta a esta tortilla que ha venido deparando resultados aceptables en la gobernabilidad comunitaria, a pesar de los múltiples desafíos que han ido surgiendo tan graves como el Brexit, la rebelión de los países del Este frente a las medidas adoptadas frente a los refugiados y la inmigración.

En este punto, habría que puntualizar que los responsables de la Comisión Europea, el controvertido Jean Claude Juncker; del Consejo Europeo, el polaco Donald Tusk y la Alta Representantes para la Política Exterior, la italiana socialdemócrata Federica Mogherini han podido hacer lo que los países miembros les han permitido. En la mayor parte de los casos, lo que Alemania y Francia convenían que había que hacer. Llevamos varias legislaturas con unos dirigentes de las instituciones comunitarias con un perfil más bien bajo y moldeable, a gusto de los que realmente mandaban en Berlín y París.

Nada parecido a la época de grandes impulsos en la construcción europea con el francés Jacques Delors, al frente de la Comisión. ¿Tendrá la alemana Ursula Von der Leyen el carácter, la capacidad y la habilidad de tener cierto criterio propio a la hora de afrontar la nueva etapa que emprende la Unión Europea? Es nueva etapa porque tenemos nuevo presupuesto para los próximos seis años. Estos días no se negociaban tanto los nombramientos como el reparto de poder en todos los escalones del poder comunitario y, sobre todo, en la elaboración de un presupuesto que va a determinar políticas, acciones, determinaciones y el futuro más inmediato de muchos de los socios. No solo de aquellos sectores de los países afectados, sino de los dirigentes políticos que utilizan habitualmente, todos, los avatares y exigencias de Bruselas para justificar decisiones internas como recortes o reformas donde se juegan buena parte de su popularidad y de sus opciones electorales.

Aquí está el verdadero caballo de batalla de la denostada burocracia comunitaria que tanto ha servido para los hooligans británicos pro Brexit que tanto se han aprovechado del presupuesto comunitario para engordar sus cuentas personales. Más allá de la falta de capacidad de movimientos, de reacción ante los desafíos recientes, de pesados intereses adquiridos por demasiados burócratas que solo se preocupan de su buena jubilación, hay miles de funcionarios en todos los países conscientes del valor tan esencial que tiene la construcción de la unidad europea para un objetivo básico que a veces se olvida pero que es imprescindible recordar, como es preservar la paz en el viejo continente, escenario trágico y vergonzoso del origen de las dos Guerras Mundiales que ha sufrido la humanidad. Una paz que estuvo a punto de saltar por los aires en varias ocasiones, l más peligrosa fue con las guerras en los Balcanes, donde cada país europeo defendía unos intereses contrapuestos y a bandos enfrentados con una crueldad inenarrable: con grupos nacionalistas serbios (chetniks), croatas (ustachas) y bosnios (yihadistas de varios países) asesinando a civiles indefensos y protagonizando uno de los conflictos más crueles y despiadados que ha sufrido Europa. Ahora, la paz se ha por hecho, pero no debería ser así porque el auge de populismos y nacionalismos, de la mano de una crisis económica gravísima que no termina de superarse en las capas sociales menos favorecidas con menos sueldo que hace doce años, quien lo ha podido mantener, amenaza la estabilidad de varios países.

Uno de los grandes retos de la nueva Comisión, y de todos los socios, es recuperar la confianza de los europeos que han votado mayoritariamente a partidos convencionales dentro de los grupos popular, socialdemócrata, liberal o verdes que mantienen la ortodoxia del sistema. Los radicales que pugnaban por conseguir un tercio de los votos y bloquear el Parlamento no consiguieron su objetivo, pero su crecimiento supone una obligación diaria de las instituciones europeas por demostrar su utilidad, su vigencia, su necesidad para la gran mayoría de los ciudadanos europeos que no conocen, en demasiadas ocasiones, las acciones y beneficios de las políticas comunitarias, que, por ejemplo, han transformado países como España. Recuperar la fortaleza interna es básico para hacer frente a los desafíos internacionales que están planteando un nuevo reparto de las superpotencias de la mano del excéntrico Donald Trump, un presidente de los Estados Unidos a quien ya no le preocupa el petróleo de Oriente Próximo y empieza a volcar sus recursos en el control del Ártico, cuyo deshielo va a cambiar las relaciones internacionales con China en Asia y África; con Rusia en Oriente Próximo y el Mediterráneo y ¿Europa? Nos la jugamos y los dirigentes deben dar una talla que muy pocos demuestran.

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