13 de noviembre de 2019, 19:13:44
Opinión


La guerra del fútbol y el poderoso influjo de la Luna

Por Miguel Ángel Almodóvar


Verano este que se nos fue pródigo en reportajes y entrevistas en torno al histórico momento en el que el Hombre hizo realidad la inmemorial quimera de pisar y pasear la Luna. No era para menos la efeméride. Medio siglo ya desde aquel 20 de julio de 1969 en el que el Eagle, módulo lunar del Apolo 11, se posó sobre la superficie del satélite, coincidiendo con la entraba en vigor del alto el fuego entre los ejércitos de Honduras y El Salvador.

El reloj de aquel conflicto bélico que dos reporteros sobre el terreno, el polaco Ryszard Kapuściński y el jamaicano Bob Dickens, bautizaron como 'La Guerra del Fútbol', se paraba en un balance de cien horas de conflagración, entre cuatro mil y seis mil muertos, unos veinte mil heridos, una ingente cantidad de aldeas arrasadas, los aeropuertos internacionales de ambos países bombardeados e inutilizados, cincuenta y tantas mil personas cuyos hogares y tierras de labor se habían esfumado para siempre y unos ochenta mil campesinos salvadoreños que laboraban en Honduras obligados a retornar a su país de origen.

Así, mientras Neil A. Armstrong le recitaba al mundo la frase del pequeño paso para el hombre y salto para la humanidad, el gobierno salvadoreño exigía garantías para sus ciudadanos en tierras hondureñas y la OEA le conminaba a dejarse de zarandajas y retirar a sus bases hasta el último de sus efectivos.

La mecha de la Guerra del Fútbol, más allá de los conflictos de mayor calado que entre los dos países existían por la explotación agrícola de sus respectivos suelos y los fenómenos migratorios que por tal tenían lugar, se prendió oficialmente en el partido que, clasificatorio para la Copa Mundial de Fútbol a celebrar en México un año después, las selecciones futbolísticas de Honduras y El Salvador jugaron en Tegucigalpa el domingo 8 de junio de 1969.

La selección salvadoreña llegó el día anterior y se alojó en un hotel que durante toda la noche estuvo rodeado de hinchas que hacían sonar con estruendo miles de cláxones, batían con fuerza cacerolas, gritaban a pleno pulmón, lanzaban cohetes al aire y estallaban petardos contra el suelo y las paredes del establecimiento hostelero.

Los jugadores de El Salvador no pudieron descansar y a la hora del encuentro el estado del once titular era bastante lamentable. Aún así, el equipo consiguió llegar a las postrimerías del encuentro con empate a cero en el marcador, pero cuando el partido parecía decidido el delantero José Enrique Cardona, “La Coneja”, entonces en la plantilla del Atlético de Madrid, marcó el gol de la victoria para Honduras, uniendo a la población del país en un estruendoso grito alborozado.

Muy distinta, claro, fue la reacción entre la ciudadanía salvadoreña. En la capital, San Salvador, una joven de dieciocho años, Amelia Bolaño, frente al televisor cuando el balón rebasó la raya de gol, se levantó, fue al escritorio su padre guardaba una pistola, la montó y se suicidó disparándose en el corazón.

Al entierro, que se celebró al día siguiente y fue transmitido en directo por la televisión estatal, asistió toda la población de la ciudad y municipios limítrofes. En la comitiva, tras el féretro cubierto con la bandera nacional, la compañía de honor del ejército, el Presidente del Gobierno, todos sus ministros y los derrotados jugadores de la selección.

Una semana después se jugaba el partido de vuelta y está vez fue la selección de Honduras las que pasó las de Caín. A los cláxones atronando en la calle durante toda la noche se sumaron otras acciones, como la rotura de todas las ventanas del hotel donde los jugadores se alojaban y el bombardeo al interior ratas muertas y huevos podridos. Al día siguiente, 15 de junio, el traslado de los futbolistas al estadio se realizó en carros blindados en un ambiente prebélico, pero afortunadamente el encuentro acabó con una rotunda victoria por 3 a 0 del combinado local y los jugadores y directivos hondureños pudieron alcanzar el aeropuerto en los mismos carros de combate que les habían trasladado al reciento deportivo. Los aficionados que corrían hacia su frontera tuvieron peor suerte: dos murieron apaleados, varias decenas resultaron heridos y un centenar y medio de vehículos fueron pasto de las llamas. Inmediatamente empezaron los preparativos para una guerra abierta, cuyas consecuencias se resumían al principio.

Desde entonces las relaciones entre ambos países han sido complejas y tensas hasta que en septiembre de 2003 el ministro español de Defensa se plantó frente a una unidad militar de El Salvador destinada en Irak. En posición de firmes, con brisilla de Levante y voz estentórea dijo: “¡Les pido que griten Viva Honduras!”, y los salvadoreños lo hicieron al punto. Quizá con poca convicción, pero lo hicieron, lo cuál fue un pequeño traspiés para Trillo y un gran salto para la concordia entre los pueblos.

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