13 de diciembre de 2019, 14:12:18
Opinión


Los indeseados resultados del debate: tres se mantienen, Rivera pierde y Abascal arrasa

Por Enrique Gomáriz Moraga


Los resultados de los sondeos sobre los resultados del debate son incontestables: en todos los medios Santiago Abascal es el gran triunfador. Incluso es destacable que conforme la participación en el sondeo es mayor, se incrementa la proporción de votos favorables al líder de VOX. Así, en la encuesta del diario El Mundo, con más de 400.000 participantes, Abascal se alza con el 52% de los votos. Pero resulta el ganador en el resto de los medios: en ABC con el 48%, El País con el 35,5%, La Vanguardia con el 37%, La Razón con un 48%, El Confidencial con el 43%; únicamente en los medios más inclinados a la izquierda, como eldiario.es, le arrebata el triunfo Pablo Iglesias. Y por el extremo opuesto, todos los sondeos también coinciden en que el menos favorecido es Albert Rivera, cuyo apoyo se sitúa en un promedio del 5% de los votos.

La valoración de estos resultados puede hacerse mediante tres factores principales: a) el influjo de la intención de voto previa, b) los objetivos y expectativas con que se llega al debate, c) el desempeño efectivo de la actuación del candidato en escena. Una valoración que puede hacerse para cada uno de los candidatos.

En el caso de Pedro Sánchez, las respuestas a su favor en los sondeos sobre el debate han guardado estrecha relación con su apreciable posición en las encuestas para las elecciones generales. Desde luego, también ha contado a su favor la posición institucional y la extendida idea de que podría continuar en ese cargo. Es decir, los votantes firmes del PSOE -como los de otros partidos- tienen la clara tendencia a decir que su candidato fue el triunfador del debate, mas allá de otras consideraciones. En cuanto a los objetivos y expectativas, puede afirmarse que Sánchez llegó al debate a la defensiva, puesto que era previsible que tuviera lugar un “todos contra Sánchez”. En este sentido, el objetivo era mucho más evitar la sangría de votos que padece que el de convencer a nuevos votantes, sobre todo entre los indecisos.

Al respecto, puede afirmarse que Sánchez salió bastante entero del debate, puesto que como se ha dicho todo sería ganancia si no salía claramente derrotado. Y fue así, entre otras razones, porque no hubo el temido todos contra uno, sino que las agrias controversias fueron más repartidas de lo esperado, lo que le permitió disimular bastante sus silencios sobre los temas espinosos, como Cataluña. Su actuación en escena fue desigual: en el campo argumental, introdujo nuevas medidas para afrontar los problemas, pero su lenguaje gestual fue defensivo y entregando poca confianza, con una mirada baja que trataba de evitar el contacto visual. En suma, Sánchez no perdió ni ganó, lo que significa un mantenimiento relativamente positivo.

El ascenso del PP en las encuestas suponía también una poderosa inclinación a decir que Pablo Casado era el ganador del debate. Esa dinámica general le era favorable. Y respecto del logro de sus objetivos, el líder del PP, no llegaba a la defensiva sino al contrario, quería mostrarse como la clara alternativa a un gobierno de Sánchez. Sin embargo, pronto tropezó con las andanadas de Albert Rivera que le descolocaron. Quizás no las esperaba ni tan pronto ni tan fuertes.

Y aunque colocó a Pedro Sánchez contra las cuerdas en varias ocasiones, el efecto se diluyó rápidamente por falta de concentración del protagonismo en su persona. Probablemente, el efecto hubiera sido mayor en un debate cara a cara. En cuanto a su actuación en escena, quizás hubo una cantidad excesiva de asuntos propuestos, algo que se noto sobre todo en el tramo final de política exterior. Y su pose reflejaba la ansiedad del aspirante mucho más que la confianza del ganador. Casado tampoco perdió pero no puede afirmarse que haya resultado ganador.

La condición de entrada de Albert Rivera era justamente la contraria. La caída en las encuestas le colocaba ante un gran riesgo de aparecer como el perdedor en el debate, mas allá de como se desempeñara realmente. Por otra parte, sus objetivos no ponían ser sino tremendamente ambiciosos: necesita evitar el trasiego evidente de votos de su partido hacia otras fuerzas, el PP principalmente. Por eso no tenía más remedio que colocar al bipartidismo como su enemigo principal y arremeter pronto contra el PP, aunque, dadas las circunstancias, pareció más bien un “Rivera contra todos”. Y consiguió obtener un protagonismo un tanto impostado. Pero su actuación en escena fue recargada. Quizás si no la hubiera hecho a pie forzado le hubiera salido menos sobreactuada, menos angustiosa. En resumen, Rivera tenía muchas circunstancias en contra y no pudo superarlas. Por eso aparece en los sondeos sobre los resultados del debate como el gran perdedor.

La forma en que llegaba al debate Pablo Iglesias era más inocua. Las últimas encuestas sobre las generales ya no mostraban la vertiginosa caída de Podemos como hace unas semanas. Y sus objetivos eran bastante mas delimitados: mantener a sus votantes o recuperarlos desde la abstención y arañar todos los posibles del cauce socialista. Solo tenía que mostrar su posición tradicional, de izquierda dura, y culpar a Sánchez de tener que ir a unas nuevas elecciones. Entre medias, tenia que dejar ver su mano tendida al PSOE. Y lo hizo bastante bien. Lastima que Pedro Sánchez no le dejo pasar ni una y que marcara una más que prudencial distancia del partido morado. Una sola cosa no le salió como esperaba. Sus invectivas contra VOX no resultaron tan eficaces como había supuesto. Quizás subestimó al contrincante. Sin embargo, su actuación en escena fue de las mejores del debate. Se ofreció como el que otorga racionalidad emocional, algo que no siempre se compatibiliza bien con algunas de sus propuestas extremas. Pero puede afirmarse que alcanzó bastante sus expectativas, de afirmarse entre los suyos, por lo que sólo consigue aparecer como ganador del debate en sus (reducidos) medios más afines.

El punto de partida de Santiago Abascal era bastante más halagüeño. Con las encuestas electorales en alza, se proponía -y así lo dijo públicamente- unos objetivos discretos y limitados: poder emitir su discurso y sus propuestas de manera directa y sin tergiversaciones ante toda la audiencia. No se planteaba ofrecerse como alternativa al Gobierno de Sánchez ni ser el más aventajado de la clase, para convencer a los suyos. Entre otras razones, porque sabe que cuenta con uno de los votos más fieles del arco electoral. Y, con unas formas educadas, consiguió destrozar la imagen creada por algunos medios de ser un fascista rabioso. Ancló todo su discurso en una defensa irrestricta de la Constitución vigente. Algo que descolocó a muchos. Y mostró una confianza apreciable para debatir con todos, incluso con los más puntudos, como Pablo Iglesias. Su lenguaje corporal, apoyándose plácidamente en el atril para escuchar al líder de Podemos, mirándole a la cara, fue de los mas afortunados de la noche. Así que todo parece indicar que la conjunción entre buenas condiciones de llegada, objetivos modestos, destrucción de una imagen satanizada y naturalidad en la escena, parece haber inclinado a una gran cantidad de teleespectadores a colocarle en los sondeos como el gran ganador del debate, a distancia de los otros participantes.

Claro, la cuestión es que también hay que ponderar la importancia de este único debate en el curso de la campaña electoral. Y, sin restarle importancia, creo que no será trascendental. Según el CIS, los debates movieron un 3,5% del voto en la campaña de abril. Pero insisto en que eso no es trasladable a la campaña actual. El alto riesgo de abstención y el previsible nivel de voto oculto, hacen que esa reducida cifra (3,5) todavía pueda ser menor. De hecho, el debate no ha resuelto ni la superación del bloqueo, ni la controversia entre los candidatos de cada bloque. Mas bien ha demostrado que todos los líderes colocan sus intereses electorales por encima de cualquier otra consideración. Todo queda pues en el aire: no solo el resultado de las elecciones del domingo, sino también los posibles pactos en los días siguientes.

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