5 de diciembre de 2019, 18:42:11
Opinión


En el bicentenario del Prado y el pasmo de Mérimée

Por Miguel Ángel Almodóvar


En la casi inmediata vecindad del doscientos aniversario de la apertura del Museo del Prado, venturosamente acaecida el 19 de noviembre de 1819, el balance del año en cuanto a celebraciones es verdaderamente apabullante tanto en número como en calidad y nivel, pero por el aquel de no cejar en el empeño de practicar a perpetuidad la cólera del español sentado, con la que Lope se refería al público tiquismiquis que a todo le tenía que encontrar un pero o una pega, alguien habrá echado de menos un tributo de pompa y circunstancia a Prosper Mérimée, el historiador, arqueólogo, políglota y escritor que, además de crear el mito universal de Carmen, fue uno de los primeros en dar a conocer al mundo la fabulosa dimensión artística de la pinacoteca madrileña, cuando llevaba poco más de diez años abierta.

Mérimée, con aureola de espíritu seco y corazón de hielo, llega a España en los primeros días de un caluroso julio de 1830 con el alma hecha trizas tras un tormentoso romance con Madame Lacoste, esposa de un antiguo funcionario del Imperio, y con un buen dominio del español, aprendido a conciencia en el colegio, que le ayudará enormemente a integrarse en la sociedad de un país que a poco le dejará de ser extraño en absoluto, a lo que también contribuye y en gran medida la estrecha amistad que pronto trabará con el conde de Teba y su esposa Manuela Kirkpatrick.

En España, ese pretendido gélido corazón encontrará su gran amor universalizado en la figura de Carmen, un personaje multidimensional y poliédrico porque al fin es la suma de muchísimas féminas.

Carmen es el compendio de todas esas muchachas de rompe y rasga, navaja en la liga y Arabia en los ojos, que atisba por boca de doña Manuela y de los romances de la literatura de cordel que ella le narra, pero también es la bonita gitana que conoce en una cueva flamenca granadina: “… bastante arisca con los cristianos pero que una moneda de un duro amansaba”; de la bella y seductora Carmencita con la que se topa en Valencia; de la jovencita que en Madrid y cerca de su residencia fabrica mondadientes de madera, y muy especialmente de la especiera que le embelesa en Gaucín, pueblecito del Valle del Genal y comarca de la Serranía de Ronda, mocita descarada, insinuante, sensual y capaz de sacarle de quicio.

Más, con todo, la mujer que prenda, anonada, flecha y pasma a Prosper no es una mujer de carne y hueso sino una que se posa en un lienzo de Tiziano, La bacanal de los andrios, que cuelga en las paredes del Museo del Prado.

La pinacoteca española deja sin aliento al francés y no lo recuperará hasta que, de vuelta a su país, publique el elogioso artículo Les grandes maîtres du Musée de Madrid, que, como se apuntó, abrirá a la galería una gran ventana al mundo de la cultura.

Mérimée se recrea con la visón de las obras de Velázquez y Murillo, de Rubens, de Van Dick y de Teniers, manifiesta su desdén hacia El Pasmo de Sicilia, de Rafael Sanzio, cuya fama considera desproporcionada, conoce y se admira ante Ribera, Zurbarán y Alonso Cano, pero el cuadro que más le impresiona, el que le produce más placer, como escribe textualmente, es ese Il Baccanale de gli Andri que Tiziano Vecellio pintó entre 1523 y 1526 para el duque de Ferrara y que terminaría en manos de la Corona española como parte del pago de los Estados Pontificios por la conquista y cesión del Estado de Piombino.

El lienzo, de 1,75 x 1,93 metros, representa un trasunto mitológico, una bacanal, fiesta como su nombre indica dedicada a Baco, dios del vino, en Andros, isla Cíclada del Mar Egeo, cuya inspiración literaria se sumerge en las obras de Filóstrato y de Cátulo.

Los personajes, en número de diecisiete, se mueven por toda la tela mientras charlan, beben vino, bailan agitando brazos y piernas para formar voluptuosas líneas, se pasan las copas de unos a otros y gozan de la fiesta, que se resume en el texto de una partitura donde reza la leyenda: “Quien bebe y no vuelve a beber, no sabe lo que es beber”.

Solo uno de los personajes está quieto, inmóvil, ajeno al bullicio y la jarana. Se trata de una mujer desnuda, muy al estilo de las Venus dormidas de Giorgione, de Artemisa Gentileschi o de Paul Delvaux, que bien podría ser Ariadna, la princesa cretense, “la más pura”, injusta y vilmente acusada por Dionisios/Baco.

Es ella la que deja pasmado a Merimée, quien plantado y sobrecogido ante el cuadro piensa y luego escribe: “El colorido más rico va unido a un dibujo correcto y lleno de gracia”, para centrase al poco en la gracia en cuero: “No sé con que artificio supo transmitir la idea de la firmeza de las carnes, pero jamás he visto nada más voluptuoso”.

Hoy, a casi noventa años vista de aquella visión del erudito francés, el pasmo está servido para cualquier visitante del Prado, en su bicentenario, que parece momento que ni pintado, valga la redundancia, para sentirlo en el propio almario.

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