6 de diciembre de 2019, 6:58:25
Opinión


La coleta vicepresidencial

Por Gabriel Elorriaga F.


El preacuerdo que prepara un Gobierno sociocomunista, tramado de espaldas a las instituciones del Estado como recurso ante la sangría de votos que reducen las expectativas de futuro del PSOE y Podemos, es la última pirueta de quien no podía dormir con podemitas en el Gobierno porque tampoco dormirían tranquilos el 95% de los españoles. El preacuerdo parece retratado en la publicidad de “La Peste (La mano de la Garduña)” de Movistar+: “Todos miraban a las Cortes pero el poder estaba en otro sitio”. La España unida, reconstruida y próspera que parecía capaz de cumplir un siglo de progreso corre el riesgo de iniciar un declive histórico gracias a una manipulación de la política que interpreta la democracia como un baile de números de una contabilidad sin principios.

La auténtica democracia reside en el predominio de las ideas mayoritarias del pueblo que no admiten ser bloqueadas por los cálculos aritméticos de los manipuladores de un sistema electoral que suma fracasados y sediciosos. En las recientes elecciones generales, en la que estaba en juego la unidad nacional y la igualdad de los españoles como miembros de una comunidad política regida por una norma constitucional comúnmente aceptada, los votos de los electores, a salvo de sus diferentes posiciones ideológicas, fueron concurrentes en una voluntad no contradicha de vivir unidos y dentro de la legalidad. Esos votos que sumaron el 75% del electorado fueron de todas aquellas gentes que votaron a los partidos PSOE, PP, VOX, CS y algunas singularidades. Fuera de esa abrumadora mayoría solo quedaron unos neocomunistas disconformes con la economía vigente en Europa cuya agrupación de tropas perdió un tercio de los votos que tenía el pasado mes de abril, además de disfrazarse con la extravagante idea de llamarse Unidas Podemos como si se tratara de una organización formada exclusivamente por personas de sexo femenino.

Aquel Iglesias ayer menospreciado y hoy cortejado como vicecoletas de Pedro Sánchez necesita rodearse como cómplices de aquellos diversos partidos nacionalistas cuya única particularidad consiste en renegar de la unidad de España como nación y de su estructura como Estado. No se puede ni se debe olvidar que existe ese 25% de ciudadanos desperdigados en partidos localistas como consecuencia de una desorientación cultural dirigida, muchos de los cuales son cautivos de un ancestral complejo de tensión periferia-centro que se produce en todos los lugares del mundo fundada en la ignorancia de los límites de lo diferencial, en las frustraciones de lo menor ante lo mayor y en la identificación de lo de casa frente a lo lejano, sentimentalmente explotados por políticos incapaces de superar por su cortedad las áreas locales. En gran parte son víctimas de buena fe de un caciquismo de cercanías que les hace creer que lo suyo se defiende mejor envueltos en su cerrazón que compitiendo en los altos niveles de la economía y la diplomacia. Pero, sabiendo que se trata de personas temporalmente secuestradas por una grave distorsión de la realidad, no es moral apoyarse en sus prejuicios para resolver los problemas de un Estado puntero del primer mundo.

Por ello toda negociación pacto o componenda de los partidos componentes de ese 75% del electorado solo es admisible si sirve para desbloquear una situación excesivamente prolongada de desgobierno dentro del ámbito de la lealtad constitucional y el sentido del Estado. Es cierto que sería preferible conseguir convergencias naturales entre aquellos partidos capaces de asociarse preventivamente en torno a metas afines y es de lamentar que propuestas tan razonables como la de España Suma, que hubiese logrado una mayoría absoluta frente a la izquierda, no haya podido pasar de una experiencia frustrada en Navarra. Muy caro le costó a Ciudadanos su error que lo llevó desde el tercer al sexto puesto del arco parlamentario cuando podía haberse mantenido como pieza condicionante de una concentración victoriosa. Pero ahora estamos ante un desafío a la Constitución y no en un pleito entre izquierda y derecha y lo que es inaceptable es que Pedro Sánchez sacrifique a la socialdemocracia española contaminándola con un neocomunismo de corte cubano-venezolano.

No sirve de nada lamentarse por los errores pasados pero conviene prepararse para un futuro inmediato. No tendrá nada de democrático que uno de los partidos del arco parlamentario que se tiene por español y constitucional trate de parchear sus rotos usando como parches los materiales antisistemáticos del neomarxismo y el separatismo. Que el partido que perdió más de setecientos mil votantes desde el pasado mes de abril (PSOE) pretenda sumar una mayoría con otro que perdió otros setecientos mil (UP), añadiendo al saco cuanto de demoledor y separador encuentren en los basureros de la política. Es una operación vergonzosa para quien la promueve. Que quienes crecen no cuenten y quienes descienden se alimenten de marginales supone que no se está teniendo en cuenta la tendencia mayoritaria del electorado sino una suma inestable de factores de desconcierto.

Salir de un bloqueo apoyándose en los artificios del sistema proporcional que otorga escaños con menos votos a partidos sin visión de conjunto de los problemas actuales de España es una práctica antidemocrática. Aprovecharse de la división del voto conservador para disfrazar con el falso adjetivo de “progresista” la superposición de elementos antisistemáticos es una monstruosidad antidemocrática sin paliativos. Quien castigue a España con esta deriva traiciona a la conciencia de sus propios votantes y prepara un futuro inestable para todos. Pagará las consecuencias más pronto que tarde porque el pueblo español no se resignará a ser desgobernado mucho tiempo contra su bienestar y por el procedimiento de regresar a la época de las barricadas. La coleta vicepresidencial no es el remedio adecuado para superar la crisis territorial y económica que afrontará España los próximos años.

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