19 de enero de 2020, 11:19:15
Opinión


La huella de Galdós en el crimen

Por Miguel Ángel Almodóvar


En estos venturosos días en que por fin, ya iba siendo hora, el Ayuntamiento de Madrid ha decidido otorgar el título de hijo predilecto a Benito Pérez Galdós; cronista sumo de la Villa y máximo fedatario de la historia y la intrahistoria de las gentes de Los Madriles a lo largo del siglo más turbulento que han conocido los siglos de España y su capital, convendría recordar alguna de su aportaciones pioneras en campos no estrictamente ligados a sus bien conocidas a la novelística.

De entre dichas aportaciones de Galdós, especialmente en tiempos en que casos como los de “La Manada”, “El Chicle” y otro buen puñado de patéticos émulos del “Horroroso crimen de Peñaranda del Campo”, se han convertido en el espectáculo mediático cotidiano, cabría destacar la crónica de sucesos, un género en el que don Benito fue ilustre precursor en las cartas que durante meses fue enviando al diario bonaerense La Prensa a propósito del conocido como “Crimen de la calle Fuencarral”, acaecido el primero de julio de 1888, en el número 109 de esa vía madrileña que hoy coincide con el 95 y la esquina de la calle Divino Pastor.

Decía Azorín que con Galdós entra por primera vez en España el sentido de lo concreto, y las cosas que antes estaban muertas empezaron a vivir. Algo relacionado con lo que Unamuno bautizaría como intrahistoria, la vida tradicional que sirve de decorado a la historia oficial; aquello que ocurre y cuenta, decía don Miguel y que posteriormente la americanista María Dolores Pérez Murillo puso en relación con los colectivos marginados o gentes sin historia.

En apresuradísima síntesis, la historia del afamado delito empieza cuando se descubre el cuerpo exánime y semi carbonizado de doña Luciana Borcino, viuda de Vázquez-Varela, capitalista cubano, y los dormidos por efectos narcóticos de la criada, Higinia Balaguer Ostelé y el perro de la casa, un bulldog cuyo nombre no consta en los relatos, y se desarrolla en unas largas pesquisas y un posterior juicio tenso en los que van apareciendo sospechosos, entre los que destacan la propia Higinia, dos probables colaboradoras, las hermanas Dolores y María Ávila, mujeres “de vida alegre y licenciosa”; el hijo de la finada, José Vázquez-Varela, un señorito calavera y con antecedentes delictivos conocido como “el Marquesito” y “el Pollo Varela”, recluido en esos días en la cárcel Modelo o Celular, sita en los terrenos que hoy ocupa el Cuartel General del Aire y el intercambiador de Moncloa, de la que parece salía y entrada a voluntad con la connivencia del director del penal, José Millán Astray, también directamente implicado en el proceso; dos compañeros de farra del hijo de la asesinada, Evaristo Medero y Avelino Gallego; y Fernando Blanco, amante de la criada, que en aquel tiempo vivía en Oviedo. Finalmente y tras numerosísimos testimonios extremadamente confusos de testigos e implicados y una veintena de declaraciones contradictorias de la principal acusada, Higinia Balaguer, ésta fue condenada a muerte y Dolores Ávila a dieciocho años de cárcel en su calidad de cómplice necesaria, resultando absueltos y libres de culpa el resto de señalados.

El crimen de la calle Fuencarral ocurrió a los tres años del inicio de la Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, madre del futuro Alfonso XIII, segunda esposa de Alfonso XII y ejecutora del testamento verbal de su egregio esposo en el lecho de muerte: “Cristinita, guarda el coño y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”, que iniciaría el vergonzante periodo político del “turnismo”, y un lustro después de la abolición de la censura previa de prensa, que explica el enorme impacto mediático del delito y la puesta sobre el tapete de una gran desconfianza social en el sistema de Justicia. Precisamente esos serán los dos grandes ejes en los que se apoyan los artículos y crónicas periodísticas que Galdós envía puntualmente al diario argentino, entre medidos de julio de 1888 y finales de mayo del año siguiente.

Don Benito, convertido en uno de los primeros y más brillantes cronistas de sucesos de la historia española, se opone abiertamente a la escama mediática y suspicacia social imperantes: “Por mucha que sea la desconfianza tradicional de la imparcialidad de los tribunales, no es posible que esa desconfianza persista ante el procedimiento que hoy se emplea para el esclarecimiento de los hechos”, y culpa en gran medida a la prensa de tal actitud, ya que, a su juicio, esta: “… trata de hacer atmósfera en contra de la justicia que han dado en llamar historia, de motejarla y rebajar su prestigio, considerando que el descrédito de la justicia ha de traer el de todos los altos poderes del Estado”.

También arremete Galdós contra los juicios paralelos que sociedad y medios realizan, en razonamientos que hoy siguen teniendo estremecedora vigencia: “El descubrimiento de la verdad del asunto que afecta al honor y a la vida de las personas que aún siendo estos presuntos criminales, no es cosa que se pueda conducir con la impaciencia y el ardor insano que la prensa pone comúnmente en los asuntos que excitan a la opinión. En vez de ser esta inspiradora de la prensa, era por ella inspirada y guiada hacia determinadas conclusiones (…) La prensa (…) obligada cada día a sostener y a apacentar la curiosidad del público, no puede ejercer de fiscal y menos de juez en asuntos criminales sin exponerse a cometer grandes e irreparables injusticias”.

Pero la prensa, subjetivamente dividida ante la opinión pública en “sensata” e “insensata”, presionó hasta la extenuación y la justicia dictó finalmente sentencia: largo talego para Dolores Blanco, garrote para Higinia y absolución entre numerosas dudas para el resto de los presuntos implicados.

El 19 de julio de 1890, a las ocho de la mañana y en el patio de la prisión madrileña, el verdugo hizo girar el tornillo acabado en bola que atravesó el collar de hierro ajustado al cuelo de la condenada, que un instante antes había gritado con todas sus fuerzas: “¡Dolores, catorce mil duros!”, sin que hasta el presente se haya podido determinar con total certidumbre el significado de aquel poster aullido.

Al espantoso espectáculo, la última ejecución que en España fue plenamente abierta al público, asistieron cientos, quizá miles de personas entre las que se encontraban personajes de la talla de Emilia Pardo Bazán o de Pío Baroja.

Eran otros tiempos.

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