4 de diciembre de 2020, 16:28:31
Opinión


Volver a socializar

Por Esther Ruiz Moya


¡Lunes! Comenzamos semana y podríamos decir que es un principio con sabor a final.

Ahora si que estamos en la cuenta atrás. Los últimos siete días del Estado de Alarma, ese que empezó por quince días y va a durar más de tres meses. La cuenta atrás para movernos entre provincias y por Europa. Para planear una escapada. Para olvidarnos de las fases procurando no caer en el desfase. Para los encuentros y reencuentros que nos faltan. Para dejar de echar de menos. Para disfrutar de nuestra extraordinaria normalidad. Y además última semana de la primavera.

Y es verdad que no nos podemos confiar, porque el COVID 19 ha llegado para ser uno más. Al menos hasta que encuentren una vacuna. Seguiremos con mascarillas, distanciados, embadurnados de geles hidroalcoholicos. Sin besarnos, sin abrazarnos, sin tocarnos, pero seguro que con las miradas y las palabras más sinceras y más intensas que nunca.

Y ahora en este principio del fin, pensamos en estos tres meses. En este confinamiento obligatorio que hemos vivido. En las emociones que hemos sentido. En la cantidad de sentimientos que nos han atrapado. En nuestras rutinas. En cómo pasamos de un día a otro a perder nuestra libertad. En el miedo. En la ansiedad. En las ausencias... Y ahora es cuando nos enfrentamos a lo contrario, a “las presencias”. Nos encontramos con la dificultad para retomar vínculos sociales, llegando en algunos casos, a suponernos un nuevo conflicto emocional.

Nos hemos acostumbrado a estar solos, a socializar a través de una pantalla o del teléfono y a nuestro ritmo. En estos días son muchas las personas con las que hablo y no les seduce lo más mínimo eso de empezar a salir y volver a rutinas de quedadas de los jueves, cenas de viernes, planes de finde... Es un poco como ¡No tan rápido! Teníamos muchas ganas y ahora necesitamos tiempo para volver a quedar.

Quienes han pasado el confinamiento solos sin contacto de amigos ni familiares en casa, han modificado sus hábitos. Han ido un poco por libre, sin tener en cuenta los convencionalismos sociales. Han aprendido a estar solos y le han cogido el gusto. Han descubierto el bienestar individual y han comprobado cómo se han quitado dependencia emocional de muchas personas. Y de repente lo que empezó siendo una angustiosa soledad ahora es más una compañera. Y esas ganas de reencuentro, ese deseo de quedar, ahora se ve como una obligación. Viven una sensación de atravesar un proceso inverso que les obliga a reincorporarse.

La soledad obligada ha hecho que quienes viven solos hayan tenido que aprender a convivir consigo mismos y al final se han convertido en los mejores amigos. Y a todo esto hay que añadirle “el engorro” que supone ahora salir de casa. La mascarilla, el gel, los guantes, no besar, no abrazar, colas en las tiendas, en las terrazas. Piensa qué te pones, arréglate, queda a una hora determinada, vuelve a casa y quítate todo, desinféctalo, lávalo... Y todo, aderezado con el omnipresente miedo al contagio. En fin, demasiados inconvenientes para salir un rato. Pero yo creo que todo esto no es malo, nos volveremos a juntar pero con más libertad y con menos obligaciones. Porque ya no saldremos por rutina, sino porque nos apetezca de verdad. Hemos tomado conciencia de lo que queremos hacer con nuestro tiempo y con quién lo queremos invertir en lugar de gastarlo.

Por eso cuando esto pase, que pasará... Recordaremos que hubo un virus que nos encerró en nuestras casas. Y que a mucha gente El Estado de Alarma les confinó en soledad, sin amigos, sin familiares y sin convivientes. Y que esa soledad comenzó siendo una amenaza y se terminó convirtiendo en una aliada. Y que después de más de tres meses, cuando la cuarentena se acababa y había que comenzar a retomar los vínculos sociales, lo que antes era una placentera rutina se veía como una obligación. Y fue entonces cuando fuimos conscientes de que todo llevaba su tiempo y que las relaciones y los vínculos emocionales también había que ordenarlos. Y que no pasaba nada si no queríamos salir cuando lo hacía todo el mundo. Y que no por eso teníamos que sentirnos culpables porque cada uno de éramos y somos únicos. Y precisamente por eso, cada uno necesitábamos nuestro proceso y nuestro tiempo para volver a socializar.

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