26 de febrero de 2021, 20:14:16
Opinión


Adiós 2020

Por Esther Ruiz Moya


Último día de este inolvidable 2020, un año que empezó en miércoles y acaba en jueves. Quizás es una buena señal que el 2021 empiece en viernes.

Hace un año brindábamos felices despidiendo el 2019 y dando la bienvenida al prometedor y próspero 2020. Cambiábamos de año y de década, estrenábamos Gobierno, el primero de coalición. Ya lo teníamos todo planificado y ordenado: nuestros puentes, nuestra Semana Santa, nuestras vacaciones, nuestras escapadas, nuestras ferias, nuestros cumpleaños, nuestras bodas, también las de plata y las de oro. Nuestras comuniones, nuestros bautizos, nuestros viajes, nuestras reuniones, el calendario escolar y laboral. Nuestro gimnasio pagado durante un año, las reservas en un restaurante de esas que hay que hacer con meses de antelación... Seguíamos con nuestra prisa, con nuestras urgencias, con nuestras rutinas. Y no habían pasado ni tres meses cuando de repente, todo se paró, cuando a la vida le dio por improvisar sacudiéndonos sin dejarnos reaccionar. Cuando entendimos que la globalización era también que un virus del otro lado del mundo llegara a nuestras casas y se apoderara de nuestras vidas y en el peor de los casos nos las arrebatara. Y fue entonces cuando empezó realmente el nuevo año, el año que cambió nuestras vidas.

El año en que la mayor certeza fue la incertidumbre, el año en el que perdimos nuestras libertades, el año en el que se apagaron casi 70.000 sonrisas y al resto nos las enmascararon. El año en el que vivimos en fases, el año en el que fuimos aplazando la vida, el año de los abrazos perdidos, el año de los besos no dados, el año de la distancia, el año de echar de menos, el año de las ausencias, el año en el que nos privaron de las despedidas, el año en el que nos quitaron la piel. El año en el que vimos la vida a través de una pantalla y de una ventana, el año en el que nuestra salida más emocionante fue dar un paseo de una hora, el año en el que nuestros perros nos permitieron respirar. El año en el que no tuvimos Semana Santa ni ferias ni fiestas ni verbenas ni tradiciones, ni fútbol, ni lotería, ni bares, ni restaurantes, ni peluquerías, ni cines, ni teatros, ni conciertos, ni musicales, ni museos...

El año en el que aprendimos un nuevo vocabulario con una palabra estrella: confinamiento. El año en el que dejamos de tener parentesco para ser convivientes y hasta allegados. El año de los días raros. El año en el que desaprendimos para aprender, el año en el que el ayer y el mañana eran un permanente hoy. El año en el que teletrabajamos, teleestudiamos, teleaprendimos, teleaperitiveamos, telecompramos, videollamamos y hasta videoamamos. El año en el que vivimos en una continua montaña rusa de emociones. El año de los aplausos, el año de los balcones, el año en el que le pusimos cara y hasta nombre a nuestros vecinos. El año que cambiamos el perfume por gel hidroalcohólico, el año en el que muchos se quedaron atrás, el año de los ERTES, de las colas y la necesidad, el año del miedo, el año del dolor, el año de la soledad, el año del insomnio, el año del pellizco en el alma, el año de los anhelos...

Pero también ha sido el año de mirarnos por dentro para valorar lo de fuera, el año de la solidaridad, el año de desear, el año de sentir, el año de descubrir lo importante, el año de sobrevivir para vivir, el año de la esperanza, el año de parar para avanzar, el año de perdernos para encontrarnos, el año de soñar infinito, el año de ilusionarnos con un final para nuevamente comenzar, el año de las primeras veces. El año de las miradas, el año de los instantes, el año en que lo pequeño se volvió enormemente grande, el año en que lo normal fue extraordinario, el año en el que supimos que el futuro se iba escribiendo cada día. El año en el que nos dimos cuenta de que no era lo que teníamos sino a quién teníamos. El año en el que supimos que la muerte está tan presente en nuestra vida que es la mejor razón para vivirla.

¡FELIZ 2021! ¡FELIZ VIDA!

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