23 de octubre de 2021, 8:37:37
Ocio


Quinto aniversario del fallecimiento de Harper Lee, la autora de 'Matar a un Ruiseñor'

Por María Viedma


Ve y pon un centinela son palabras del Antiguo Testamento -Isaías 21:2- pero también el título de una novela de Nelle Harper Lee (Monroeville, 28 de abril de 1926- Monroeville, 19 de Febrero de 2016) publicada en 2015, cuando esta se encontraba hemipléjica y postrada en una silla de ruedas. Imagine el revuelo: Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor, se descolgaba después de 40 años de silencio y agrafía con una (¿nueva?) obra de ficción.

Como en Estados Unidos (y en el mundo entero) la adoraban, hubo librerías que esa semana tuvieron tantas ventas que cerraron las puertas a media noche. Pero no, no era una novela nueva (o sí)… se trataba de la primera versión de Matar a un ruiseñor. Y en ella -sorpresiva y/o decepcionantemente-, el noble Atticus Finch era un anciano oscuro y amargo, y Scout no era una chiquilla asilvestrada, sino una mujer en la treintena. El manuscrito, dijeron, anduvo perdido cuatro décadas y de pronto a alguien le pareció buen negocio desempolvarlo. También a Harper Lee, que dio su consentimiento y concedió entrevistas, y eso que desde 1964 no hablaba con la prensa.

Fue gracias a ese borrador perdido -y hallado como niño en el templo- que nos enteramos por boca de Harper Lee, que cuando a finales de los cincuenta lo presentó a su editora, esta -con buen criterio y mejor ojo de urraca- opinó que era un diamante en bruto y le indicó que lo puliera y reescribiera desde los ojos y el palpitar de una cría de seis años. Seguir aquel consejo valió su esfuerzo en oro. En 1961 la novela ganó el premio Putlitzer y vendió más de treinta millones de ejemplares.

Déjeme contarle que la clave del éxito de matar a un ruiseñor es precisamente el “centinela”. Sí, el centinela…el suyo, el mío, el de su vecino y el de la señora de la esquina. Ese centinela no es otro que la conciencia -nuestra conciencia individual- tema que atraviesa esta maravillosa novela, deliciosa en fondo y forma. “…Para poder vivir con otras personas tengo que poder vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno”. La conciencia es la lucidez que nos permite enfrentarnos a un entorno obstinadamente ciego.

Matar a un ruiseñor es, pues, la novela unigénita de Nelle (nombre de su abuela al revés) Harper Lee. Ella negó que fuera una pieza autobiográfica y yo lo creo a pies juntillas, por mucho que esté inspirada en un conflicto racista acontecido en Scottsboro durante su niñez, o por mucho que uno de los personajes contenga retazos de la vida de su amigo de infancia Truman Capote (en esto, Capote -que era menos humilde- hizo mayor hincapié que Lee). Verá, el mal escritor siempre habla de sí mismo, martiriza a los demás con el relato de su vida, sus andanzas, sus frustraciones, sus heridas mal curadas. Concibe la literatura como una terapia (con la indecencia añadida de que hace pagar al lector por servirle de terapeuta en diferido). En cambio, el buen escritor habla siempre de los demás aunque hable de sí mismo. Escribir es explicar (se) el mundo y Harper Lee nos explicó la disfuncionalidad de una sociedad -la de los años treinta y cuarenta en Estados Unidos- trufada de violencia racista, de mutua desconfianza visceral y de irracionalidad extrema. El padre de la protagonista, el abogado Aticcus Finch (un trasunto del de la autora, también jurista) se enfrenta al rechazo y a la incomprensión de las gentes de su pueblo por asumir la defensa de un hombre negro acusado falsamente de violar a una mujer blanca. Atticus es un héroe que movido por su sentido del deber, elige defenderlo, aun a sabiendas de que no podrá ganar. Atticus es, además, una suerte de Sócrates que mantiene con sus hijos Scout y Jem, diálogos éticamente tan provechosos que durante décadas hicieron de Matar a un ruiseñor material de lectura en las escuelas secundarias, hasta que la miopía de la corrección política, llevada a sus más altas cumbres de la estulticia tiquismiquis, decidió que era inadecuado el modo en que algunos personajes hablaban de los negros (lenguaje, por cierto, revelador de la disfuncionalidad de la sociedad racista de entonces), y que la novela era un ejercicio de condescendencia porque presentaba al blanco como salvador del negro. ¡Ja! ¿No le parece a usted que habría sido un ejercicio de inverosimilitud presentar a un abogado “afrodescendiente” o “de color” (permítame la ironía) en una pequeña localidad sureña en los años treinta? La pregunta se la formulo a usted y no a Netflix, ni a los creadores de la serie Los Bridgerton, ni a los amantes de las anacronías modelizadoras. Lo que Harper Lee pretendió y logró con su preciosa novela (pero lacerante en algunas escenas) fue despertar a nuestro centinela interior, abrirle los ojos, ponerlo en alerta. Y fue por esa importante contribución a la convivencia interracial por lo que en 2005 le fue otorgada la medalla presidencial de las libertades.

Si no ha leído Matar a un ruiseñor, seguramente sí que habrá visto el largometraje homónimo dirigido en 1962 por Robert Mulligan, con Gregory Peck (ganó el óscar al mejor actor) en el papel de Atticus. Una cinta que hace justicia a la novela; de hecho su guión cinematográfico también resultó oscarizado. Véala de nuevo, (re)léala…

“Matar a un ruiseñor es pecado”, ¿lo sabía? “Los ruiseñores sólo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar a un ruiseñor”, explica un personaje.

Tras aquel tremendo éxito en las letras, Harper Lee sintió que “solo podía ir hacia abajo” y no volvió a escribir. Agarró la escopeta y le pegó un tiro a su ruiseñor. Dios te lo perdone, querida Scout. Nos arrebataste tu voz.

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