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De libros y cuadros

'Lágrimas de cocodrilo': Pintar la literatura, o al revés

"Lágrimas de cocodrilo": Pintar la literatura, o al revés

lunes 17 de diciembre de 2012, 14:36h
La relación entre la escritura y la pintura es muy estrecha. En algunos casos, como los que repasamos hoy, una pasa a ser el objeto del deseo de la otra. Y entonces, el trabajo del artista, pintor o escritor, puede adquirir una tensión insólita.

En Mr. Gwyn, la inquietante y sorprendente novela de Alessandro Baricco, el turinés hace un curioso intento. Su protagonista, que es un escritor -y cómo me gustan las novelas de escritores- que está bloqueado, decide desaparecer, después de tres o cuatro novelas publicadas. Conozco bien esa situación. Y también la zozobra que sigue a esa decisión, que en su caso va acompañada de una quema de naves que ni Hernán Cortés. Por supuesto, la raíz de ese tormento está en el principio de todo: la necesidad (vital) de escribir, que es la única manera de amueblar -ordenar- su relación de hombre solitario con el mundo y con las ideas. Y, entonces, una visita a una exposición, la vista de esos cuadros -que yo me imagino de Lucien Freud, aunque no da ninguna pista- le enciende una luz. Como esto pasa en los primeros folios, no estoy destripando nada. La historia crecerá en una estructura de espiral....inversa, del infinito al doble punto de partida, así que la lentitud expansiva del principio, se irá concentrando y acelerando al final hasta lo casi insoportable. Y lo digo para incitarles a leerla.

Pero lo que me interesa hoy de lo leído es lo que llamaría la envidia de la pintura. Curiosa la relación entre estas dos artes, que, cuando consiguen acercarse a la excelencia, hablan de movimientos del alma. Parecería, y es, que pintores y escritores, están obligados a afilar su técnica por un lado, pero por otro, a investigar en esa "historia qué contar" que tienen dentro, y  que es lo que interesa, al final, en cualquiera que empuña la pluma o el pincel -léase el teclado o hasta la cámara de vídeo. Ese cambio de envidias, porque también hay pintores que tienen envidia de la literatura. Lucien Freud -y no estoy afirmando que sea el modelo de Baricco, porque no lo sé, pero apostaría dólares contra galletas- sería uno de ellos.

Por ejemplo, la pintura de José Hernández podría haber inspirado al mismísimo Harper Gwyn en su agónica búsqueda. La exposición, que se puede ver hasta finales de enero en la galería Leandro Navarro, va incluso más lejos de donde no les he contado que va Baricco: no sólo cuenta historias finales de sus personajes, sino que los oculta. Cuenta los espacios que hay entre ellos. Cuenta las cosas, que también son historias. O mejor, ese momento en que las cosas son ellas y otras al mismo tiempo y en el mismo sentido. Cuenta el tiempo.  O mejor: cuenta la usura del tiempo, desde las cosas que lo sufren. Cosas: intermedios entre los tres reinos de la naturaleza. Intermedios entre especies de cada uno de esos reinos. Una no sabe si es rama o pata, si  se arrastraba o nadaba, volaba o pensaba, si es piedra o carne. Y esos colores pardos que los reúnen a todos, y que es el color de la tierra. ¿Literatura? Bueno: una historia qué contar acerca de los movimientos del alma. Una historia pintada. Algunas veces, sobre papel.

Cambiando de tercio y de luces, pero no de literatura -es otra su historia qué contar- por toda esta semana sigue expuesta la obra última sobre papel de Miguel Condé en la galería José R. Ortega, de la calle de Villanueva, de Madrid. Aquí no son retratos ni cosas: son escenas, en que los personajes, con ese dibujo suyo, y unos colores que a mí me suenan a renacentistas, igual por las ropas anacrónicas y ambiguas, o por los rostros venecianos, pero que son modernos, parecen estar haciendo algo, y sobre todo, hablando. La mudez, el silencio de la superficie pintada, es puesta de relieve por lo que se ve que hacen: bailes, instrumentos tañidos, bocas abiertas y miradas. Como si la imagen necesitara sonar. Y no suena. Como si el pintor necesitara que se oyera a esos personajes, un poco teatrales, un poco haciendo de si mismos. Literatura también. Pintada.

Me doy cuenta de que he cometido un galicismo, que sin embargo mantengo: envidia de literatura, o de pintura, debería ser leído como ganas. Necesidad. Vacío. Sincio. Envie. Y volviendo a Baricco, en la presentación de su novela, publicada por Anagrama, en la Librería La Central, me di cuenta de algo curioso que no sé si es muy significativo, pero que no me resisto a poner en su consideración. El público. El público era de distinto tipo que el que va a las inauguraciones, incluso que el que solía ir a las presentaciones. No había un grupo de colegas, críticos, gente del medio, coleccionistas. Era un grupo de lectores. A lo mejor, en las exposiciones, uno va a impregnarse de ese aura de la obra única de que hablaba Walter Benjamin, y los libros siempre son seriados. Y entonces me di cuenta de una cosa: la participación en el aura de la obra del escritor -que es una- se daba en su pura presencia y, si acaso y sobre todo, en la firma del ejemplar. Es decir, en el nombre -el del propietario- que aparecía en la dedicatoria, que es lo que presumiblemente lo diferenciaba de los otros miles.

 

Hay algo de mitomanía, claro. Por eso no me resisto a anunciarles que en la misma Librería, la central de Callao, Manolo Campo Vidal presentará el último libro de ese genio de la teoría de la comunicación que es Manuel Castells, este martes, a las 12.30. Redes de indignación y esperanza, publicado por Alianza Editorial, describe la ola de protesta desarrollada en este último par de años, en todo el mundo, y el papel que han jugado en ellas las llamadas "redes sociales". De las primaveras árabes al 15M y el movimiento indignado, de anonymous a WikiLeaks, el autor del insustituible La era de la información (Siglo XXI, 1999) cuenta cómo, de pronto, "la gente derrocaba dictaduras solo con sus manos" y  "los magos de las finanzas pasaron de ser objeto de envidia pública a objetivo del desprecio universal". "La humillación causada por el ci­nismo y la arrogancia de los poderosos, tanto del ámbito financiero como en el político y cultural, es lo que unió a aquellos que transformaron el miedo en indignación y la indignación en la esperanza de una humanidad mejor". Yo todavía no lo he leído, pero son sus palabras, y de Castells me fío.

 

Lea también:

 

- Ediciones anteriores de 'Lágrimas de cocodrilo'

 

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