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El ocaso del nacionalismo

lunes 05 de octubre de 2015, 09:40h
Cuando los mosaicos imperiales comienzan a ser sustituidos por los Estados Nación es cuando los micronacionalismos nacen, como reacción dispersiva contra el poder popular, con la creencia de que la crisis de los imperios suponía la debilidad o la muerte de los poderes soberanos y la disociación de las bases históricas unitarias. La pérdida de las últimas posesiones ultramarinas provocó el pesimismo de la generación del 98 del Siglo XIX y la tentación de separar una Cataluña rica de una España pobre. El nacionalismo absorbió y asimiló las frustraciones absolutistas y foralistas del carlismo, la insolidaridad de la nueva burguesía industrial y las vanidades de las elites locales, patrocinando como su partido preferente aquel que exaltaba los valores de cercanía y vecindad compatibles con un concepto plutocrático de la política. Pero, a pesar de las circunstancias favorables que suponía la desaparición de la economía colonial y la desmoralización provocada por las derrotas militares, dicho nacionalismo no encontró base popular suficiente para movilizar una fuerza insurreccional capaz de romper la legitimidad del Estado unitario. No existe independentismo triunfante sin violencia subversiva o pasión colectiva abrumadora. No se concibe una insurrección rompedora sin insurrectos. Las independencias no se logran tocando la gaita ni escribiendo lamentos sino luchando a brazo partido. El nacionalismo catalán considerado, con dudoso análisis, como moderado, se conformó con obtener beneficios económicos para su territorio manteniendo el independentismo como una meta ideal, prácticamente inalcanzable y solo válida como referencia lejana. La razón residía en que aquellos nacionalistas catalanes aburguesados sabían que no tenían al pueblo detrás y que, en el peor de los casos, aquel pueblo derivaba hacia las reivindicaciones sociales revolucionarias emergentes en el Siglo XX y hasta los excesos del anarquismo caótico antes que hacia su retórica folklórica de juegos florales. La “Renaixença” sabía que era poco más que el amable decorado de una oligarquía.

Consciente de su incapacidad insurreccional propia, el nacionalismo esperó momentos en que su fuerza relativa creciese, pero no por acumulación de respaldo popular sino por la debilidad o apatía del poder central. Así la declaración de la República Catalana por Maciá en 1931 no fue sino una traición a la naciente II República Española en los meses en que esta aún no había conseguido aprobar su Constitución ni consolidar electoralmente sus bases, tratando de imponerse por sorpresa y fracasando, a pesar de su oportunismo traicionero. Igual sucedió con el Estado Catalán de Companys en 1934 desbaratado por la República con el elemental procedimiento de emplazar un cañoncito frente al Palacio de la Generalitat en momentos en que los separatistas catalanes creían asediada y neutralizada la República por la subversión revolucionaria izquierdista. En esta estirpe sediciosa hay que situar, hoy en día, el intento de plebiscito trampa, precedido de falso referéndum, de Artur Mas en este año 2015. Un año en que el desleal presidente de la Generalitat creyó que la desafección política creada por una crisis socioeconómica con paro y rebaja del nivel de vida de las clases medias favorecía un ambiente hostil hacia el poder establecido “en Madrid”, dejando a salvo sus propias responsabilidades como gestor de un autogobierno ejercido con abuso y con ineficiencia. La amplitud del sistema democrático vigente permitió al presidente de la Generalitat y representante del Estado en Cataluña utilizar en beneficio de una causa constitucionalmente ilegal las facultades que le fueron concedidas por la Constitución que trató de dinamitar. Pero, esta vez, la presión oficiosa, la educación sectaria y la pobreza de la respuesta ideológica del poder central no fueron, todos juntos, factores suficientes para embarcar a la mayoría del pueblo catalán en una deriva catastrófica. La mayoría del pueblo catalán ha dado la espalda, con distintas motivaciones y matices, al conglomerado del “Junts pel sí” sin necesidad de pronunciamiento republicano ni de cañoncito.

Si buscamos una explicación habrá que tener en cuenta la corriente del río de la historia. Lejanos los tiempos nostálgicos de los valles dormidos en sus costumbres ancestrales, hoy vivimos un mundo de simultaneidad informativa, economía globalizada y mercado de trabajo libre, donde los rasgos sentimentales del nacionalismo decimonónico han perdido gran parte de su capacidad de seducción. Un trabajador de Barcelona no es hoy distinto de un trabajador de Valladolid y un bilingüe de Lérida no es distinto de un bilingüe de Pontevedra. El pretexto etno cultural no solo ha perdido sentido político sino que carece del enemigo contra el que combatir, pues el esfuerzo por mantener el valor pluralista de los factores diferenciales es aceptado por todos, sin distinciones partidistas, dejándole fuera de servicio como arma de contradicción al convertirse en un bien de interés general. Desprovisto de su aparato folklórico, el independentismo se enfrenta a las dificultades nacionales y supranacionales que encuentra cualquier camino hacia la insolidaridad en un mundo que marcha, trabajosa pero eficazmente, hacia un cosmopolitismo de sociedades homologables en las que los recursos financieros, la seguridad internacional, la salud y la información se están constituyendo en patrimonio común de la humanidad o, cuando menos, de la humanidad integrada en procesos democráticos. En tal ambiente, los nacionalismos constituyen reliquias de un tiempo sobrepasado en el que tampoco fue capaz de triunfar. Hoy solo le queda constatar su lento proceso de decadencia, escaño a escaño, como lo estamos viendo en Cataluña, a pesar de la irracional y desorbitada presión oficiosa consentida durante décadas por un déficit de formación educativa en el patriotismo constitucional. Afortunadamente, la corriente de la historia no soporta que la embalsen con presas artificiales construidas con materiales de ocasión, como son hoy las astucias y disfraces de los independentistas de oficio y beneficio dispuestos a prorrogar indefinidamente sus querellas.

“El rebelde” Artur Mas, como titular de una función pública, va a tener que comparecer judicialmente para afrontar responsabilidades por haber desobedecido la legalidad en un reciente pasado. Sus juriceos dicen que es un acto político cuando solo es un trance jurídico. El juicio político se lo deberá hacer el tribunal de su tribu, cuando comprendan que los ha traicionado, excluyendo la base partidaria del llamado nacionalismo moderado o negociador, arraigado durante un siglo en la tradición de la Cataluña acomodada. Lo que venga, de ahora en adelante, será otra cosa peor, menos rentable y condicionada por el extremismo anti sistemático.

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